CREO QUE LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CRUCE DE MÚLTIPLES VARIABLES. SIN EMBARGO, FRENTE A DICHA ALEATORIEDAD, LOS SERES HUMANOS TENEMOS EL PODER CADA DÍA DE CREAR O DESTRUIR. DE ENTREGAR O RETENER.Y ESTE SITIO ESTÁ DEDICADO A TODOS QUIENES HAN OPTADO POR CREAR, SEA DONDE SEA...
De que la música de Amon amarth fue perdiendo peso y frescura con el paso de los años para nadie es secreto. Tras una tríada de álbumes publicados a fines de los años noventa en donde los suecos supieron desarrollar un death melódico de alto tonelaje (aunque algo monocorde, digámoslo) poco a poco la banda fue afinando la fórmula, acercándose a canciones más amenas que básicamente soltaron el componente death para acercarse a algo incluso más familiarizado con el powermetal. El antes/después claramente lo marcó la pasada por With oden on our side (2006) + Twilight of the thunder god (2008), álbumes que les convirtieron en una especie de Sabaton o Powerwolf de mayor peso, el problema es lo que vino después, una seguidilla de discos en exceso cómodos, carentes de ideas y completamente olvidables, álbumes cada vez menos inspirados que durante una década se dedicaron más que nada a reiterar un manual. Desde ahí, era poco lo que esperábamos de este álbum número trece para la banda, sin embargo, nobleza obliga: sin ser tampoco una maravilla (las cosas por su nombre), este The allfather awakensrepresenta lo mejor que la banda ha grabado en casi quince años, digamos, al menos desde Surtur rising (2013).
Lo dicho entonces, que estas diez canciones muestran a unos Amon amarth bastante más inspirados que lo habitual, y es que si bien la banda abre los fuegos recurriendo al manual mediante una veloz 'Gjallarhorn' rápidamente comprobaremos que el asunto acá no solo apunta a algo mucho más diverso sino que además a canciones realmente interesantes en cuanto a arreglos. La cabalgata que propone 'Eight legs of thunder', por ejemplo, incluyendo ese trabajo de guitarras que acaba explotando en un exquisito solo ascendente o la oscura'Kvasir's blood' (la mejor de todo el álbum con claridad, ojalá a futuro exploraran por acá), con un Johan Hegg yendo muy abajo con los guturales, hablan de que estos suecos al fin volvieron a encontrarse con la musa inspiradora. De hecho, es tanta la confianza que derrochan que se han atrevido a meter en el nudo del disco un tema acústico como 'Upphaf' así como cerrar el trabajo con los casi siete minutos de 'Ascending like an eagle'.
Más allá de la otra mitad del álbum se dedique meramente a cumplir mediante sólidos lugares comunes, ya solo por las cinco antes mencionadas, sumadas al excelente medio tiempo 'Die with a war cry', este disco vale totalmente la pena y se enmarca como lo más destacado que Amon amarth han publicado en más de una década.
¿Canciones? 'Eight legs of thunder', 'Kvasir's blood' y 'Upphaf'.
"Un limbo entre la vanguardia y la radio fórmula..."
La figura de Robyn emergió finalizando los años noventa, en tiempos donde la ola conservadora pegaba un coletazo de vuelta tras un período en que la rebeldía e irreverencia habían dominado la escena. De esta forma, la industria pasó de entregar cobertura a figuras femeninas tales como Alanis Morissette, Björk, PJ Harvey o Tori Amos a plagar los medios con chicas absolutamente normativas (rubias, delgadas y de apariencia adolescente) como Britney Spears o Christina Aguilera. En dicho contexto, los primeros álbumes de esta sueca tendieron a ajustarse a dicho target, sin embargo, ya a mediados de la siguiente década tanto en Don't stop the music (2002) y sobre todo en el homónimo de 2005 la vocalista comenzó a enfocarse en un sonido mucho más intimista y sofisticado, aspectos que se exacerbaron en Body talk (2010), un disco que definitivamente la consagró como artista "de culto". Es complicado eso si cargar con tamaña mochila, que el público inevitablemente tiende a esperar algo especial en cada lanzamiento, más cuando tardas ocho años en publicar como viene siendo el caso de Robyn durante estas dos décadas...
Lo anterior a propósito de Sexistential, un álbum breve, directo, identitario y personal, pero en ningún caso un disco que venga a revolucionar la escena. Lo que encontramos en estas nueve canciones es media hora de música con una carga inconfundible pues la sueca continúa desarrollando ese synthpop que se encuentra en un complejo limbo entre la vanguardia y la radio fórmula. Dicho en simple: lo de Robyn jamás han sido las melodías inmediatas (y si, sé que existe 'Call your girlfriend', pero vamos, que esta es claramente una excepción a su regla), pero acá hay canciones que se acercan a aquello . Insisto, se acercan. Ahí tienes cosas como 'Really real', 'Dopamine', 'Talk to me', 'Light up' o 'Into the sun' , cinco joyitas electrónicas perfectamente disfrutables (y bailables), aunque probablemente ninguna te volará la cabeza. El resto de la lista se completará con momentos no tan afortunados, un refrito de 'Blow my mind' (originalmente publicada en 2002 y que acá aparece en una versión más activa), una interesante 'Sucker for love' con una vibra latina en sus percusiones, una reiterativa 'It don't mean a thing' y una juguetona 'Sexistential' en donde la vocalista se entrega a contar la historia de su reciente fecundación in vitro. Todas estas acaban armando un conjunto que se deja oír, que cuenta con puntos altos, otros no tanto, pero que jamás golpea como uno esperaría, dejando una sensación algo extraña en su andar.
El problema quizás esté en que el séptimo álbum de Robyn acaba tirando por lo obvio, y es que sin que esto sea algo necesariamente negativo, se percibía algo más de exploración en el anterior Honey (2018). El tiempo dirá si al conjunto le faltó algo más de fuerza o es un problema de expectativas...
¿Canciones? 'Really real', 'Light up' o 'Into the sun'
In somnolent ruin es el álbum que marca el regreso de Lisa Johansson a las voces de Draconian tras quince años de distancia, esto en reemplazo de Heike Langhans, junto a quien la banda alcanzó a grabar dos sólidos álbumes como fueron Sovran (2015) y Under a godless veil (2020). Y bueno, como era de esperar en este tipo de casos, digamos, cuando un integrante emblemático retorna a una banda, los suecos nos entregan un disco marca de la casa, un trabajo que para bien y para mal no presenta transgresión alguna a su sonido característico.
Lo que encontramos acá por tanto es una hora de una fórmula bastante probada a estas alturas, es decir, ese ir y venir constante marcado por oleadas de riffs que se suceden lentamente uno tras otro mientras Lisa + Arders Jacobsson desarrollan sus (ya) clásicos duelos vocales, la primera aportando su dulce canto de sirena mientras el segundo vomita terroríficos guturales. El cóctel funciona, claro que si, entregando puntos altos en 'The monochrome blade', la sentida 'I gave you wings' o en ese cierre maravilloso e intenso que logran mediante 'Lethe'. De igual forma en 'Anima' el duelo vocal es limpio gracias a la colaboración de Daniel Änghede (miembro de Ison, banda donde también participa la ahora ex vocalista Heike) mientras que en cosas como 'I welcome thy arrow' , 'The face of god' o 'Cold heavens' (donde Lisa sube el registro por única vez en todo el disco) la fórmula se desarrolla con comodidad y solidez armando así un compendio que dentro del canon de la banda funciona a la perfección.
Estamos por tanto ante el clásico disco que "te gustará si te gusta la banda". Sin más. Esto porque In somnolent ruin no es en ningún caso un álbum que explore nuevas tesituras ni escape a lo que conocemos de Draconian. Los suecos van a lo suyo y lo hacen bien. Para un oyente casual seguro todas las canciones parecerán la misma pues efectivamente la fórmula es bastante reiterativa, sin embargo, este es también uno de esos trabajos en donde hay que escarbar, sumergirse con paciencia en la propuesta para descubrir la belleza que se esconde tras cada melancólico pasaje, que vaya que la hay.
Cuesta en ocasiones dejar de lado la contingencia a la hora de analizar un álbum, y bueno, este es uno de esos casos. Pioneros en esto del death melódico, los suecos At the gates acabaron por dejar una piedra fundamental en el camino (Slaughter of the soul, 1995) para luego pausar por casi veinte años, regresando en 2014 con el objetivo de reafirmar su legado. Fieles a lo suyo la banda había entregado tres sólidos álbumes hasta dar a conocer la trágica noticia del cáncer de paladar sufrido por Tomas "Tompa" Lindberg. Y bueno, tras su lamentable muerte a los 52 años de edad en septiembre pasado supimos que el vocalista había alcanzado a plasmar un registro para que el sería el próximo lanzamiento de la banda. Esta colección de canciones funcionan por tanto a modo de epitafio para un músico de aporte invaluable, una especie de Innuendo (el último álbum de Queen), dígase, un disco donde el vocalista entregó lo último de sí antes de someterse a varias intervenciones quirúrgicas de inciertos resultados.
Fuera del elemento emocional (insisto, imposible de dejar de lado al oír cada una de estas canciones), lo que encontramos en The ghost of a future dead es una colección de doce piezas directas breves y efectivas (todas rondan los tres minutos) en donde At the gatesinsisten sobre colecciones de riffs propias del estilo que ellos mismos supieron tan bien desarrollar décadas atrás. No hay sorpresas por tanto en esta lista que peca de monótona ciertamente (al sexto o séptimo tema te pasa que sientes que estás escuchando siempre el mismo) debido a la velocidad crucero que la banda imprime en canciones como 'The fever mask', 'The dissonant void' o 'A ritual of wasted', siendo breves momentos en 'Det Oerhörda', 'Parisitical hive' o 'The phantom gospel' aquellos que aportan un pequeño matiz al colocar el peso por sobre la velocidad, dejándonos un álbum que en lo suyo ciertamente cumple pero que inevitablemente se valora de mejor forma debido al factor emotivo que implica la partida del emblemático Tompa.
Cuando perdemos a un músico el duelo es especial. Fuera de lo humano propiamente tal también está el lamentarnos por la música que nunca llegaremos a recibir a causa del deceso. Este es uno de esos casos. The nightmare of being (2021) había sido un disco notable en donde At the gates habían podido dar pasos fuera de la caja. Aquello, sin embargo, ha quedado truncado. The ghost of a future dead por supuesto que está lejos de ser un desastre pero al estar influenciado por el trágico momento, la banda inevitablemente ha acabado por tirar de lo obvio, dejándonos un álbum de peso emocional pero que desde lo musical se encuentra un peldaño abajo respecto a cualquiera de sus antecesores.
¿Canciones? 'Parisitical hive' y 'The phantom gospel'
Respecto a Soen, nuestros peores temores se han vuelto realidad: tal parece que ha llegado la hora de bajar las expectativas. Se intuía tras Memorial (2023) el que la banda se había estancado, que se habían conformado con replicar y simplificar las fórmulas alcanzadas en la pasada por Lotus (2019) + Imperial (2021) , y bueno, aquellas sensaciones se confirman mediante este nuevo Reliance, un álbum correcto que encuentra uno que otro momento grato pero en general navega sobre aguas totalmente conocidas y seguras, dígase: otro disco de producción limpia, ejecutado con precisión pero donde el peso siempre suena contenido, sin desates ni arranques sorpresivos. Todo fríamente calculado.
En contra juega totalmente la partida del álbum, 'Primal' + 'Mercenary' son dos canciones absolutamente olvidables, medios tiempos que llevan peso en su andar pero que se limitan a desarrollar estructuras obvias que llegando al coro te han entregado todo lo que tenían. En dicho sentido la cosa mejora con 'Discordia', que si bien se plantea como otra balada de manual, al menos a medio tema introduce un quiebre de bajo + guitarras + teclado que te recuerda que quienes interpretan acá son humanos y no máquinas, lo mismo con 'Axis' y la aceleración que propone. Lo anterior vaya que se agradece, sin embargo, rápidamente el disco retomará su tendencia a las baladas con peso en otra monótona pasada por 'Huntress' + 'Unbound', dos que definitivamente te terminan de sacar de un disco donde todo lo que resta en realidad da igual, que esto no va a repuntar. Y si, que 'Indifferent' está bonita (solo incluido) pero es muy poco para un trabajo que constantemente se conforma con repetir patrones y fórmulas.
Todo parece indicar que Soen se ha transformado en una de esas bandas que tras haber encontrado una propuesta en sus primeros álbumes han decidido conscientemente estancarse ahí, repitiendo el mismo álbum una y otra vez. El problema es que hoy existe demasiada buena música (y particularmente en el mundo del metal) como para seguir atentos a una banda que tan joven decidió dejar de crecer.
Tras la partida de Peter Dolving y Anders Bjöler en 2012 (quien se abocó de lleno al regreso formal de At the gates) podríamos afirmar que The haunted vivió una especie de renacer, tanto en cuanto al reseteo de integrantes (se incorporaron Ola Englund en guitarra, Adrian Erlandsson en batería y Marco Aro regresó a las voces tras una década de alejamiento) como en lo creativo, pues la banda abandonó la senda nu metal para abrazar un metal de corte más death/groove, primero con un acelerado y violento Exit wounds (2014) y luego con un Strength in numbers (2017) que corregía todos los errores del antecesor (fue un disco más breve de tan solo diez canciones y también más diverso). En este camino Songs of last resort (que llega tras ocho años de silencio) parece ser otro álbum que intenta retomar la senda más acelerada de la banda, doce canciones bastante efectivas que apuntan con fuerza al death melódico, con el problema eso si de por momentos caer en la monotonía y lo predecible del sonido.
Me explico. Desde que el álbum abre, para bien y para mal, no habrá espacio acá para medias tintas. Canciones como 'Warhead', 'In fire reborn' o 'Death to the crown' dan muestras de ejecuciones prolijas (el nivel de los músicos que acá tocan es innegable, ¡máquinas!), de producción exquisita y que encajan ese mix que oscila entre el thrash y el groove. Lo complicado con el disco es que pasando por 'Unbound', 'Hell is wasted on the dead' y'Through the fire' el asunto comienza a dejarse sonar pero sin entregar demasiados matices. La velocidad y potencia están pero el disco inevitablemente abusa de los lugares comunes entregando canciones que podríamos oír en cualquier álbum de Lamb of god, por dar un ejemplo. De hecho, cuando más se disfruta el conjunto es cuando la banda decide bajar revoluciones y apostar por melodías algo más reconocibles en cosas como 'To bleed out', así como en el cierre a cargo de 'Labyrinth of lies' + 'Letters of last resort', todas estas canciones que sin abandonar el filo logran sonar bastante más cercanas que el resto.
Evidentemente Songs of last resort está lejos de ser un mal disco pero si es uno que pisa el palito y en el afán de tratar de sonar agresivo acaba cayendo en la monotonía durante gran parte del trayecto. Entiendo que habiendo estado tantos años en silencio existía una necesidad acá de volver con bastante material, sin embargo, dado lo genérico del producto es inevitable pensar que con dos o tres menos canciones quizás el viaje habría sido más llevadero. Finalmente, cierro con una provocación: por más despreciado que haya resultado un álbum como Unseen (2011), yo a ese disco vuelvo de vez en cuando y vaya que lo disfruto, sin embargo, ¿alguien volverá a este disco dentro de diez años más? Lo dudo.
¿Canciones? 'Warhead', 'To bleed out' y 'Letters of last resort'.
Los noventeros tuvimos a Green day o The offspring como referentes de ese punk pop jovial de buen rollo, y bueno, los dosmileros seguro tuvieron (y siguen teniendo) a The hives, quienes disco a disco continúan proponiéndose el entregar un rock de garage directo y juvenil (no avanza el tiempo para ellos claramente) dispuesto a funcionar en sus conciertos y en tus oídos transformarse en un verdadero shot de adrenalina. No hay muchas novedades por tanto en un álbum que llega tan solo dos años después del correcto The death of Randy Fitzsimmons (2023) y tampoco es que las esperásemos, sabemos muy bien por donde van los suecos y ellos continúan limitándose a aquello.
A destacar eso si la producción de este álbum, que sabe sabido sacar buen provecho a las sucias guitarras de la banda sin sonar tarriento entre un conjunto de canciones llenas de dinámicas como 'Enough is enough', la hiper veloz 'Hooray hooray hooray', ese momento en que se disfrazan de los primeros ACDC (era Bon Scott) para hacer algo como 'Bad call' o una pasada más punketa en 'Paint a picture' + 'O.C.D.O.D'. Por supuesto que en medida que estas once canciones (+ dos interludios) se sucedan inevitablemente el álbum irá perdiendo sorpresa de la mano de un sonido que toma como absoluta referencia a los Ramones (ese cierre con 'The hives forever forever The hives' no puede ser más juguetón), sin embargo, de todas formas en la segunda parte cositas como 'They can't hear the music' vaya que alimentan la vida.
Pues lo dicho, que las intenciones de The hives entendemos van por el derroche de energía y ahí ciertamente no fallan. Nos han vuelto a entregar un disco plenamente disfrutable, veloz todo el tiempo y que desde un comienzo tiene muy claro por donde ir.
¿Canciones? 'Enough is enough', 'Hooray hooray hooray' y 'They can't hear the music'.
Que la carrera de Katatonia viene a tumbos desde un buen tiempo a la fecha no es secreto. Se dice y no pasa nada. También el que comienzan a quedar cada vez más lejos sus mejores años creativos (estamos a veinte años casi de The great cold distance de 2006). Sin embargo, un disco como Sky void of stars (2023) no estuvo nada mal, conjugando momentos dinámicos y luminosos con otros más profundos y reflexivos, enmarcados todos estos en un sonido elegante y pleno en cuanto a identidad. Tras este vino eso si la partida de Anders Nyström (guitarrista y miembro fundador de la banda), lo cual acabó por confirmar a Jonas Renkse como absoluto director de orquesta en Katatonia, quien acá ha compuesto y ejercido de productor al mando de cuatro integrantes que básicamente se encuentran a sus órdenes. Como consecuencia de lo anterior es que este Nightmares as extensions of the waking stateluce efectivamente como un álbum sin contrapesos, un disco tremendamente espeso, oscuro pero que inevitablemente se vuelve algo monótono en su andar a causa de su falta de gancho.
Dicho lo anterior, sería fácil venir y ponerse a escribir barbaridades respecto a este trabajo: que es aburrido, que no luce inspirado, que es un desastre y un largo etcétera, obviando con ello el que acá efectivamente hay una intención premeditada por parte del artista. El título, de hecho, anticipa: "Pesadillas como extensiones de un estado de vigilia". Estamos por tanto ante un trabajo que pretende internarse en terrenos sombríos, en aquellas noches en donde la cabeza no te permite dormir y sabes que de lograrlo, tus sueños tampoco te dejarán tranquilo. De ahí lo lúgubre de la propuesta de estas diez canciones que en casi cincuenta minutos insisten en tocar la misma tecla, abriendo con una sólida 'Thrice', que centra su poderío entre guitarras y teclados (exquisito lo que hacen pasado los dos minutos) pero claro, desde ahí dejándosela difícil al auditor al ligar una serie de piezas complicadas de seguir debido a la falta de chispa que poseen.
Sin ir muy lejos, toda la pasada entre 'The liquid eye' y 'Warden' (que son seis canciones, bastante...) peca donde mismo, en la falta de momentos emocionales o intensos (y de metal ni hablemos, que eso ya es materia olvidada al parecer para Renkse). Los temas no están mal ejecutados (son todos estos grandes músicos, no hay dudas ahí) y suenan bien, sin embargo ni Jonas Renkse logra vocalmente elevarlos (va cada vez más cortito de voz, los años hacen lo suyo) ni las estructuras despegan por lo que nos dejan una lista que tiende a la monotonía, donde más allá de algún pasaje que regala una canción como 'Temporal', todo luce bastante plano y predecible.
La producción tampoco ayuda y eso se aprecia con claridad en la recta final, cuando suena 'The light which I bleed', la mejor de todas con unas atmósferas dramáticas que por segundos recuerdan a sus compatriotas Opeth pero quelamentablemente se oyen totalmente opacadas por una mezcla de sonido que en lugar de elevar el tema, lo aplasta y oculta. Por si esto fuese poco, la falta de creatividad acá se hace tan evidente que la canción cierra en un penoso fade out. Con todo, es una buena canción que agradecemos, así como el cierre a cargo de la electrónica 'Efter solen' seguida de las sólidas guitarras de 'In the event of', finalizando un disco que curiosamente encuentra sus mejores momentos cuando ya casi acaba.
Lo último de Katatonia no es un desastre pero si una idea fallida. Un trabajo que ha optado por mantenerse intencionalmente abajo pero en su camino no logra emocionarnos como debería. De todas formas hay una que otra canción sobresaliente (en el comienzo y cierre del disco) que permite que el viaje al menos en ciertos momentos muestre que algo de la leyenda aún permanece con vida.
¿Canciones? 'Thrice', 'The light which I bleed' y 'Efter out'.
Anticipo desde ya: escribo respecto al mejor disco debut que habremos oído este 2025. Se trata de este trío sueco que hace uso de la libertad que promueve el escenario actual para hacer un mix entre una serie de estilos, abriendo el abanico y esparciéndose entre momentos cargados al post rock, coqueteando con el peso del slugde aunque siempre de la mano de un desate irreverente post punk, planteando así un verdadero viaje de ocho canciones donde todo suena compacto, cohesionado y atrevido.
Por sobre todas las cosas, si algo me ha transmitido este I. Ancestral es la desfachatez que proporciona la juventud, el descaro de quien nada tiene que perder. Esto se aprecia con claridad bastante avanzado el disco, cuando suenan cosas como 'Wailing blood' o la dinámica 'Whispering hand' (el momento más luminoso y contagioso en todo el disco claramente), pasajes que me recuerdan ese post punketa de los primeros Cloud nothings (esos de 2012, era Attack on memory), son momentos en donde el trío derrocha energía pero también crudeza. El tema y lo interesante acá es que la banda embalsama ese sonido desenfadado y visceral con una serie de influencias bastante más oscuras y que les acercan al metal. Un ejemplo claro de lo que menciono es 'The north passage', cinco minutos en donde Kazea muestran credenciales abordando un sonido tétrico que incorpora guturales en sus coros pero donde jamás abandonan esa idea melódica de la canción, solo la empapan de oscuridad.
Por lo mismo, el álbum habrá abierto media hora antes con notable elegancia recitando un pasaje de Bodas de sangre de Federico García Lorca para bruscamente entregarse al peso del post rock en los doce minutos que construyen 'Pale city skin' + 'Trenches', esta última eso si mostrando los primeros gestos amigables al entregar un coro bastante reconocible e incluso contagioso. En el nudo del disco habrán pasado por una lúgubre 'A strange burial' y acabarán el álbum de manera emocional en la espectacular 'Seamlessly woven', siete minutos en donde abrazan una atmósfera marcadamente sentimental.
Solo se vive una vez. Los primeros discos de una banda llegan para mostrarnos algo que jamás volveremos a percibir de la misma forma. Por lo mismo, queda en nosotros el gozar de comienzo a fin un álbum como este, que es crudeza y pureza a la vez. Habrá que ver hacia donde disparan estos suecos, si logran sostener el nivel o incluso disparar hacia latitudes que les hagan crecer (o lo contrario), sin embargo, lo que nadie jamás borrará es la belleza de este I. Ancestral, un debutazo de altísimo nivel. Aunque el mundo no se entere...
¿Canciones? 'Trenches', 'Wailing blood' y 'Seamlessly woven'.
Siendo francos, no hay mucho que analizar respecto al más reciente álbum de Ghost. Conocido es que los de Tobias Forge comenzaron a realizar un giro en su sonido con Meliora (2015), siendo este el parteaguas en la carrera de los suecos. En aquel trabajo si bien la banda seguía conservando cierta oscuridad en su propuesta, esta se conjugó con una búsqueda de canciones melódicamente más atractivas y luminosas respecto a lo que fueron sus primeros dos discos (temas como 'Majesty' o 'Absolution' parecieron marcar la ruta a seguir). Y lo que vino ya es parte de la historia contemporánea: un sólido Prequelle (2018), el éxito en tik tok de un golazo como 'Mary on a cross' y la definitiva consolidación mediante el excelente Impera (2022). Hoy la máquina está plenamente engrasada y funciona como reloj, de ahí un disco de clara continuidad como Skeletá, un puñado de buenas canciones que se dejan oír sin problemas y que te gustarán si te gusta el Ghost de estos últimos años. Sin más.
La partida es débil, digámoslo, 'Peacefield' (con claro aroma en los coros a 'Separate ways' de Journey) es un tema correcto pero no posee la impronta de 'Rats' ni mucho menos la fuerza avasalladora de 'Kaisarion', sin embargo, desde entonces la banda sabrá desenfundar una seguidilla de singles (as usual...) realmente incontestables que por si solos logran que la experiencia salga a flote. En dicho sentido Tobias Forge es un tipo inteligente y sabe muy bien acá lo que tiene, nos instala por tanto y de entrada las dos canciones más pegajosas del álbum, 'Lachryma' y 'Satanized'. En ambas disfrutamos del tino melódico y la gracia de una banda que entiende a la perfección donde está jugando, insinuando un peso en las guitarras para acabar desenfundando un verdadero homenaje al estrofa/puente/coro de alto nivel, a la radio-fórmula recordable. Luego el manual dice que tras los singles debe venir la balada y ellos muy obedientes así hacen mediante 'Guiding lights', donde van a las cuerdas y pretenden la emoción que en el pasado lograron con cosas como 'He is' (probablemente la mejor canción en la carrera de Ghost), y casi casi que la alcanzan, porque el coro (y ya van...) es buenísimo, sin embargo, se pasan de azúcar entrando al solo y ese final abrupto deja la sensación de que no han sabido como cerrarla.
Entrando al nudo la sensación que transmite este Skeletá es que las cartas ya se han mostrado por lo que solo resta poner el piloto automático. De ahí que (demasiado pronto) comiencen a a sucederse canciones correctas que no impactan pero tampoco molestan, ahora, ahí es también donde se verifica que este álbum está un par de peldaños por debajo de Impera, cuya segunda línea era implacable. Dicho en simple: acá no encuentras un 'Hunter's moon', un 'Watcher in the sky' ni un cierre del nivel de 'Respite on the spitafields', más bien cositas agradables como 'Cenotaph' o 'Marks of the evil one', siendo la dinámica de 'Umbra' el único momento del álbum en que sientes que el asunto sale de la zona segura, particularmente en ese minuto (post 3:30) donde incluso meten un teclado en el solo y por única vez suenan algo más espontáneos y no tan cerebrales.
"Equipo que gana, repite..." - decimos los futboleros. Y de eso se trata Skeletá. No es en absoluto un mal disco pero la sensación de que estiran la cuerda es bastante clara y ciertamente: otro disco en esta línea sería de plano asumir que lo mejor de la banda ha quedado atrás y ahora solo queda repetir el esquema. Veremos...
Había dudas respecto a la continuidad de este supergrupo, el cual había debutado correctamente unos años atrás mediante Days of the lost (2022) y se encuentra compuesto básicamente por cuatro ex miembros de In flames + la participación de Mikael Stanne de Dark tranquillity como vocalista. El caso es que acá los tenemos y como era de esperar, han tirado por lo obvio: un death melódico de buen nivel que entrega lo que uno esperaría de este conjunto. Para bien y para mal por tanto, nos encontramos ante un disco absolutamente de manual, doce canciones de tres a cuatro minutos cada una y que durante un total de cuarenta y cuatro recurren a los trucos que mejor manejan estos músicos suecos.
Estamos entonces frente al clásico álbum que te gustará si eres amante del género pues sorpresas acá no hay y la sensación de que las líneas se trazan en las tres primeras canciones es evidente. Sin ir muy lejos, el asunto ahí abrirá de manera activa mediante 'Conspire to deceive' y ese teclado que va marcando la melodía desde un comienzo a lo cual suma una dinámica cabalgata, 'Detonate' será una que acelerará más a fondo mientras que 'Our channel to the darkness' entrará en la lógica del medio tiempo que en los coros impondrá rapidez, dejándonos así un tridente inicial que marca claro camino para lo que sonará en adelante, un disco que en lo suyo funciona con ejecuciones precisas, un Mikael Stanne sólido en voces y donde nada parece haber sido dejado al azar. De esta forma, el álbum entregará momentos veloces en 'March of the unheard' (que emula en su riff inicial el 'Message in a bottle' de The police) o 'Forever astray' mientras que apostará por un relato algo más oscuro en cosas como 'Between directions', quizás la más singular del conjunto gracias a los fraseos limpios y la incorporación de vientos. Verdad sea dicha eso si, tras esta el disco entrará en una recta final bastante olvidable (incluso aburrida) que solo se salva por el pasaje instrumental acústico con que cierra el disco.
Nadie podría alegar que el segundo disco de The halo effect está ni remotamente mal: el disco responde totalmente a las expectativas. Sin embargo, tampoco escapa de aquello pues este es uno de esos casos en donde el género y la fórmula parece encorsetar el resultado, lo cual inevitablemente deja una espinita clavada en aquel público que espera un álbumes que no jueguen TAN a la segura.
¿Canciones? 'Conspire to deceive', 'Detonate' y 'Our channel to the darkness'.
Puede que el giro que Opeth realizó allá por 2011 mediante Heritage haya resultado complejo de aceptar por varios de sus seguidores, principalmente porque la banda tomó brusca distancia del death para abrazar una serie de influencias del progresivo setentero, sin embargo, algo que no se puede negar es que la banda (y particularmente Mikael Akerfeldt) necesitaba refrescar la inspiración. Y si bien el camino pareció justificarse mediante un álbum como Pale communion (2014), los posteriores Sorceress (2016) + In cauda venenum (2019) sin ser malos discos, volvieron a dejar a la banda en un callejón sin salida en términos creativos. De ahí que cinco años más tarde regresen con una mirada más amplia en un álbum conceptual que suena tan complejo y sesudo como siempre pero que les acerca a esa arista más oscura de su sonido.
The last will and testament es ante todo un trabajo que entrega tanta importancia a lo musical como a la historia que se relata, de ahí que las canciones no tengan títulos si no que estén simplemente enumeradas mediante una sigla, dando a entender que más que un ente individual todas son capítulos que forman parte de un todo. Yendo a la música, basta darle play a algo como '§1' para verificar que el sonido esta vez viene más crudo y agresivo con un Akerfeldt que, por cierto, retoma los guturales tras más de una década. Sin embargo, lo interesante acá es que los momentos más oscuros y afilados que entrega tanto esta primera canción como más adelante '§4'o '§5'son eso, momentos, explosiones que aparecen de vez en cuando más que nada para aportar ciertas atmósferas a un relato que va y viene todo el tiempo. Lo mismo con los brillantes seis minutos de '§6', donde Opeth pareciesen desatar todo lo aprendido durante el último tiempo, acelerando a placer, jugando con los tiempos y unos arreglos fenomenales llenos de detalles que suman (esos teclados que van abajo acompañando, por ejemplo).
Dicho lo anterior, quien a partir del primer tema del disco esperaba que el álbum funcionase como "el regreso definitivo de Opeth al death progresivo" vivirá una leve decepción pues el trabajo es muchísimo más que eso.
De hecho, así como existen instantes agresivos, habrán otros que vuelven a conectar con la última década de la banda: '§2'es casi un relato musicalizado (con participación de Ian Anderson de Jethro tull), '§3' retoma los caminos intrincados sobre sonidos limpios, con un trabajo de arreglos exquisito por cierto, mientras que el cierre llegará en forma de balada mediante 'A story never told', en el momento más marcadamente emotivo del disco y que solo por ese arreglo de guitarra final (post 4:40) ya vale absolutamente la pena. Al disco le pesará eso si un tanto la extensión, la ya mencionada '§3'luce algo débil dentro del conjunto, así como '§7' meramente redunda y suena algo innecesaria, sobre todo considerando que el sonido ya había sido logrado a la perfección con las tres que le anteceden.
Se le pueden encontrar "peros" a lo más reciente de Opeth, seguro. Detalles eso si ante un álbum imponente, atrevido y desafiante. Uno de esos discos en donde el cliché de que "requiere tiempo" aplica. Un trabajo donde la banda ha sabido rescatar elementos del viaje emprendido durante la pasada década y equilibrarlos con pasajes precisos de agresividad. El resultado se enmarca como lo mejor que han grabado en largo tiempo.
No deja de llamar la atención el como estos suecos han podido sortear con calma la partida de miembros insignes, primero Martin Henriksson (guitarra) en 2016 y luego Anders Jivars (batería) en 2021, dejando hoy unicamente a la dupla Mikael Stanne + Martin Brändström como integrantes clásicos de Dark tranquillity. El caso es que en medio de estos recientes sismos la banda se ha entregado a la producción de tres discos bastante regulares y que han funcionado en una línea similar: Atoma (2016), Moment (2020) y este reciente Endtime signals, álbumes cargados a ese death melódico bastante controlado, bien ejecutado y producido, siendo este último uno que no entrega sorpresas (tampoco las esperábamos, digámoslo) y que más allá de uno que otro grato momento puntual transmite una señal de continuidad (¿o estancamiento?) que solo se disculpa por el respeto que se le tiene a la banda.
Los elementos acá están y aparecen desde el primer minuto, también la diversidad. 'Shivers and voids' es, por ejemplo, un medio tiempo melódico bastante clásico de la banda mientras que en 'Unforgivable' acelerarán para entregar una versión algo más agresiva y oscura. En 'Neuronal face' los teclados adoptan mayor protagonismo (sobre todo en ese meloso coro, que me ha gustado bastante) para luego ir declaradamente a la balada en 'Not nothing', donde emergen por primera vez las voces limpias en estrofas. El disco va y viene entonces encontrando su mejor momento en la tríada marcada por la agresividad de 'The last imagination'+'Enforced perspective' (esta última con un exquisito trabajo de teclados) seguida de la reflexiva 'Our disconnect', probablemente la canción que mejor transmite un sentir melancólico en todo el disco mediante esa letra que aborda el terror existencial ("Buscamos lo inexplorado para tejer una historia no contada / Anhelando paz interior / ¿Y qué es lo que nos hace dudar? / ¿Cuál es nuestra necesidad de que las cosas acaben? / Dejándonos vacíos / Es un regalo y una maldición..."), con arreglos que nos recuerdan que esta no es cualquier banda.
El problema es que más allá de estos tres o cuatro momentos puntuales, rápidamente el álbum pareciese quedarse sin demasiada magia por lo que entrando al nudo la repetición comienza a hacer mella, buscando la velocidad en 'Drowned out voices' oderechamente aburriendo en una balada como 'One of us is gone' (cliché a más no poder). De igual forma la recta final no da con alguna tecla que emocione y redunda en ideas que alargan al disco innecesariamente hasta los cincuenta minutos, dejándonos un álbum de continuidad que se mueve en la línea de sus antecesores pero donde lamentablemente abundan lugares comunes inofensivos. Las cosas como son.
¿Canciones? 'Neuronal fire', 'Enforced perspective' y 'Our disconnect'.
Los inicios de los suecos Therion estuvieron fuertemente ligados al death metal (ahí están sus primeros dos a tres discos), sin embargo, lentamente la banda fue girando hacia un sonido más sinfónico con pinceladas operísticas/teatrales, asunto que explayaron en un álbum como Theli (1996) y definitivamente en Vovin (1998). Y bueno, dada la óptima recepción de ahí nadie más los sacó. Christofer Johnsson (líder indiscutido del proyecto) decidió sobre explotar por aquellos años la fórmula (disco en 1998, 1999 y 2000), confiando ciegamente en sus capacidades al punto de rozar el hartazgo y el exceso en ciertos momentos, llegando en 2018 a la publicación del álbum TRIPLEBeloved antichrist, con una extensión de cuarenta y seis canciones en ciento ochenta minutos. Que decir, ni Billy Corgan se atrevió a tanto (¿o si...?). En fin, el caso es que no conforme con aquello, en 2021 Therion volvió a dar puntapie inicial al lanzamiento de una nueva trilogía (si, otra más) , publicando Leviathan, el cual sería complementado un año más tarde por Leviathan II. Es difícil saber cuanto de la fría respuesta obtenida por ambos responde al nivel de los álbumes y cuanto al agote de un proyecto que claramente luce excesivo a estas alturas, pero como sea, el proyecto ha tendido a la indiferencia por parte del público. Dicho todo lo anterior, nobleza obliga a admitir que este Leviathan III es lo más atractivo que la banda ha compuesto en largo tiempo. Así, como suena.
Los poco más de cincuenta minutos que los suecos acá entregan suenan efectivamente al Therion más clásico pero lo más importante es que cuentan con suficiente diversidad como para mantenerte atento. El disco no te saca, que es lo típico que venía ocurriendo con la banda debido al exceso de paciencia que se requería abordar cualquiera de sus antecesores inmediatos. Acá, comenzando por el redoble de 'Ninkigal' te encuentras con una dinámica atractiva, con Lori Lewis entrando de manera impecable en las estrofas y la banda sonando efectivamente poderosa, lo cual enlazará perfecto con la pasada por 'Ruler of Tamag' (nuevamente con Lori inmensa) + 'An unsung lament', mucho más densa en su extensión (cada una supera los seis minutos) pero con suficientes elementos épicos bien trabajados como para mantenerte disfrutando.
Los primeros veinte minutos de disco ya nos tienen inmersos pero para sorpresa de varios (donde me cuento), el nivel no decaerá en adelante. Nuevamente entregarán un tema corto y efectivo como 'Maleficium', senda cercana al power metal que se retomará más adelante en cosas como 'Baccanale' o 'Nummo', no sin antes entrelazar con algo más complejo como 'Ayahuasca', casi ocho minutos que muestran al Therion más iluminado que habrás oído en largo tiempo, con influencias de la cultura latina (algo que volveremos a oír en 'Duende'). Por supuesto que Chistofer Johnsson no sería él si no se excediese con algunas cosas, metiendo canciones como 'Midsommarblot' o 'What was lost shall be lost no more' que claramente no están al nivel del resto, pero esto no resta demasiado a un álbum que por lo general suena sólido, por momentos poderoso y en otros interesante, sobre todo en su primera mitad.
Es altamente probable que dado el bajo interés que existe hoy con Therion (a causa del evidente exceso de material publicado), un disco como Leviathan III acabe perdiéndose en el anonimato, sin embargo, quedará ahí el registro de que terminando 2023 la banda fue capaz de re encantarnos con su magia tras mucho, mucho tiempo sin hacerlo.
¿Canciones? 'Ninkigal', 'Ruler of Tamag' y 'An unsung lament'.
"Amos y señores, por sobre cualquier contingencia..."
En medio de una constante polémica, algunas de ellas ya habituales (como la suspensión de conciertos en Latinoamérica durante la gira de 2018) y otras completamente evitables (el bajista Lindholmborracho en un show de 2023, haciendo el gesto nazi al público, siendo expulsado de la banda días después), Marduk están de regreso. Vuelven por cierto tras un tiempo inédito de pausa (cinco años) pero con álbum que ha hecho valer la espera, digamos, lo más sólido en largo tiempo, lo cual no es poco considerando el que los suecos desde hace varios álbumes son apuesta segura, amos y señores de un black consolidado y putrefacto, uno que venía enfocándose trabajo tras trabajo en temáticas bélicas pero que esta vez se lanza a reflexionar respecto a la (inevitable) muerte y el paso del tiempo, esto condimentado por supuesto por ese elemento blasfemo característico de una banda que esta vez se ha propuesto no dejar títere con cabeza mediante un sonido salvaje y desatado.
Y si bien Memento mori es un álbum que funciona con el acelerador puesto a fondo prácticamente durante sus cuarenta minutos de duración, una canción que aparece como clave en la lista es 'Shovel beats sceptre', precisamente de lo poco que baja un tanto las revoluciones y apunta al medio tiempo. Esta cuenta con una terrorífica introducción por parte de un Mortuus que nos recuerda que "la vida es un reloj de arena", la cual darápaso a una banda en pleno que sucederá estrofas hasta llegar a la repetición de una idea: no olvidar el que "nunca estuvimos tan viejos...", todo en una clara reflexión respecto al inevitable avance del tiempo.
Antes y después de esta, sin embargo, el disco no entregará tregua ni segundo de respiro. El viaje habrá comenzado mediante un tridente absolutamente demoledor centrado en cabalgatas veloces y furiosas, sonarán las breves 'Memento mori' + 'Heart of the funeral' y luego 'Blood of the funeral', un poco más extensa (llega a los cinco minutos), con un Mortuus nuevamente protagonista entre alaridos (¡ese subidón del 2:40!). De igual forma en el nudo del álbum aparecerá'Charlatan', exquisita en su blasfemia con líneas dedicadas al personaje bíblico Abraham ("¡Te desterramos de vuelta a la arena!"), seguida de 'Coffin Carol', dos que suenan particularmente parecidas en sus riffs y que antecederán a una recta final que sostiene la bandera de la brutalidad mediante 'Marching bones' + Year of the maggot'. Por cierto, ¡lo que en batería en esta última el debutante Simon Schilling es enorme!
Finalmente volverán a bajar revoluciones con la genial 'As we are' (con participación en voces del fallecido Lars Goran Petrov), cerrando un álbum notable que trae de regreso al Marduk más desenfadado y brutal, uno que no oíamos desde hace bastante. Independiente de cuanta polémica les rodee y por sobre cualquier contingencia, un disco como Memento mori no hace sino remarcar el carácter de leyenda de estos grandes de la historia del metal.
¿Canciones? 'Shovel beats sceptre', 'Charlatan' y 'As we are'.
Mirado a distancia, Lykaia (2017) fue el álbum con que Soen comenzaron a dar pasos en serio en búsqueda de una identidad, demasiado marcada por el sonido de Tool en sus primeros dos álbumes. El rock de la banda, que comenzó a mostrar cosas de Opeth (el más suave evidentemente)o Steven Wilson en el marco de un sonido con marcadamente más melódico, encontró luego en la excelente pasada por Lotus (2019) + Imperial (2021) ese reconocimiento mediático y popular siempre necesario como para avanzar con mayor confianza. En ese camino, sin embargo, un álbum como Memorial huele por primera vez en su carrera a estancamiento, uno que incluso asusta. Y es que dicho en simple: para un disco continuista ya teníamos a Imperial y quizás lo que esperábamos para un sexto álbum de la banda era que se tomasen algo más de tiempo con el fin de entregar un trabajo que efectivamente los situase en otra liga. A diferencia de esto la banda ha optado por no dejar que el plato se enfríe y empujar el carro con un "más de lo mismo" descarado. El objetivo es uno solo: mantener la base de fans y así poder seguir en gira. ¿Válido? Absolutamente. ¿Pobre en materia de resultados? También.
La extensión de los álbumes de Soen viene dando señales respecto a por donde van los tiros para la banda. En el caso de Memorial hablamos de diez canciones en cuarenta minutos de música, es decir, cuatro minutos por canción, menos que los cinco que promediaba Imperial y los seis de Lotus. ¿Es que necesariamente canciones más largas implican mayor calidad? No, para nada, pero el fenómeno si te habla de piezas con menos vueltas y por ende, también predecibles. Hay casos patéticos en esta lista, sobre todo en la segunda mitad del álbum, inundada por cosas sosas a más no poder como 'Memorial' (la canción) o 'Incendiary', a la que ni siquiera su simpático trabajo de batería y exquisita producción alcanza a salvar del letargo. Antes de estas habrá sonado una seguidilla que constantemente quiere pero no puede, o derechamente no quiere. A destacar lo que hacen en 'Violence' , en las guitarras de 'Fortress' o casi en el cierre con 'Icon', los únicos momentos del disco donde se huele algo de mal rollo, sin embargo todo lo demás estará embalsamado por una ausencia de riesgo que espanta.
'Sincere' cuenta con una partida muy similar al 'The grugde' de Tool (aunque evidentemente sin todo lo demás que engrandeció a los de Maynard James Keenan) pero prontamente se volverá un tema dramáticamente meloso y poco agraciado, lo mismo que el pop descarado de 'Unbreakable' o baladas forzadas en el álbum de tanto en tanto como 'Hollowed (Elisa)' o 'Tragedian', cual de las dos más flojas.
La sensación tras oír Memorial es que Soen han tocado techo, no en 2023 sino que cinco años atrás. La incógnita por tanto es verificar si desde ahora se transforman en una banda de rock/pop que replica este tipo de cosas, apuntándole de vez en cuando, o intentan ir por más haciéndose cargo de las expectativas que alguna vez generaron.
Tras cinco álbumes de estudio, once años atrás la carrera de los suecos The hives pareció quedar estancada. Las razones son fáciles de asumir: aquella escena de rock garage que ayudaron a forjar a comienzos de siglo de pronto había quedado completamente en off side. Varios de sus pares daban coletazos de ahogado (Franz Ferdinand), otros quedaban en tierra de nadie (The strokes) y algunos derechamente habían dejado de existir (The white stripes). La banda de pronto quedó con poco y nada que decir tras un álbum como Lex hives (2012) por lo que la pausa resultó inevitable. El caso es que una década ha pasado desde ya, tiempo suficiente como para acumular un puñado de gratas canciones y volver a la carga, que es lo que han hecho en The death of Randy Fitzsimmons, entregándonos lo que sabemos pueden dar, sin medias tintas ni adornos, media hora de guitarras que van al hueso. Ni más ni menos.
Dinámicas frenéticas y aceleradas serán por tanto las que abundan en este nuevo disco de los suecos, regalando singles efectivos que rinden auto homenaje a sus mejores años, como 'Bogus operandi', la ramonesca 'Smoke & mirrors', 'Rigor mortis radio' o la sólida 'Two kinds of trouble', canciones donde la banda apelará a los distintos argumentos que han abundado en su carrera, entiéndase coros a varias voces, aplausos que llevan el ritmo o ese sonido sucio de guitarras tan característico. El problema (?) es que bastante de esto también lo podíamos oír en lo que fue Lex hives, por lo que cabe la legítima duda respecto a si el disco efectivamente responda a un ansia por entregar algo genuino o es una mera excusa para poder salir de gira (válido de todas formas, si de algo hay que vivir).
En el cierre del disco, entre el completo frenesí de cosas como 'The bomb' o 'Step out of the way' sonarán los teclados de algo como 'What did I ever do to you?', marcando el único momento en que el trabajo efectivamente apunta a salir del corral. ¿Insinuación respecto a por donde podrían ir los tiros en un futuro trabajo? (el título del álbum realiza referencia a la muerte de su ficticio principal compositor). El tiempo dirá. Por ahora nos quedamos con este correcto álbum que trae de vuelta a The hives en su más pura esencia, sin novedades ni sorpresas pero con un conjunto tremendamente efectivo.
¿Canciones? 'Bogus operandi', 'Rigor mortis radio' y 'What did I ever do to you?'
2025: Una Nueva Derrota.
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Tras la derrota en el plebiscito constitucional de 2022 no quise más con la
política por un buen rato. Dejé de escribir acá por lo mismo. El escenario ...