CREO QUE LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CRUCE DE MÚLTIPLES VARIABLES. SIN EMBARGO, FRENTE A DICHA ALEATORIEDAD, LOS SERES HUMANOS TENEMOS EL PODER CADA DÍA DE CREAR O DESTRUIR. DE ENTREGAR O RETENER.Y ESTE SITIO ESTÁ DEDICADO A TODOS QUIENES HAN OPTADO POR CREAR, SEA DONDE SEA...
La historia es conocida: durante los años noventa tanto Rob Halford como Judas priest desarrollan caminos por separado. El vocalista coqueteó primero con el groove metal mediante el proyecto Fight (reclutando a Scott Travis en batería), luego experimentó con la electrónica en Two (acompañándose de John 5) para finalmente reencontrarse con un heavy metal de corte más tradicional con Halford (la banda). En dicho sentido, si algo no se le puede criticar al buen Rob es que durante aquellos años se mantuvo en constante búsqueda, sin embargo, los resultados fueron irregulares. Digamos que le costó hacer pie. Ahora, curiosamente cuando mejor le estaba yendo (con Halford publicó dos álbumes y había logrado re encantar al fin a nuevas generaciones) llegó la noticia en 2004 de un posible reencuentro junto a Judas priest, quienes habían extraviado completamente el norte con Tim Owens como vocalista, publicando dos álbumes de baja repercusión como Jugulator (1997) y Demolition (2001). Quedaba en el aire por tanto la incógnita respecto a quien ganaba con esta vuelta, ¿podrían juntos dar un paso hacia adelante o esto se transformaría en un mero guiño a la nostalgia?
Finalmente junto a Roy Z en producción finalmente Judas priest se lanzan en la búsqueda de un álbum que justificase el regreso y ahí el resultado acaba siendo de dulce y agraz. Esto porque si bien las canciones que componen este Angel of retribution en general son sólidas y funcionan, como conjunto desprenden cierta sensación de complacencia. De hecho, tan así es el asunto que lo mejor de este disco se encuentra en su segunda parte, en su recta final, pues antes la banda se esforzó más que nada en afirmar el terreno entregando una serie de lugares comunes de su sonido, dígase, temas relativamente agresivos como 'Judas is rising' o 'Demonizer', sostenidos ambos en el redoble constante del siempre sólido Scott Travis, así como rocanroles "motoqueros" estilo 'Deal with the devil', 'Worth fighting' for' o 'Wheels of fire', medios tiempos melódicos (en la primera acelerando un poco más) que se dejan oír pero que ciertamente suenan bastante inofensivos. Paradójicamente dentro de toda esta primera parte la canción en donde más riesgos corrieron fue la que peor resolvieron: 'Revolution', un tema que muestra varias interesantes ideas en el camino (esa partida con el bajo de Ian Hill, por ejemplo) pero jamás encuentra la fuerza que requería, quedándose en un resultado insípido. Por cierto, extraño el que tras quince años de separación hayan decidido que una canción como 'Revolution' fuese el primer single del disco. Curioso y confuso.
Dicho todo lo anterior, si hay un momento en que el álbum se muestra inspirado y encuentra notables momentos es en su recta final. La balada 'Angel', por ejemplo, cuenta con una partida acústica que recuerda un tanto la mítica 'Beyond the realms of death' para luego ir ganando fuerza y emocionalidad, 'Hellrider' se impone al mostrar una cara más agresiva de la banda mientras que 'Eulogy' + 'Lochness' aportan quince minutos rebosantes en épica en un tipo de canción espesa y empapada en melancolía, atmósferas que por cierto la banda intentaría unos años más tarde profundizar en el polémico Nostradamus (2008).
Mirado a distancia, Angel of retribution es un disco que cumple. También es un trabajo al que inevitablemente todos quienes amamos a la banda le tendremos siempre un cariño especial, sin embargo, objetivamente representa también un conjunto irregular que intenta abarcar muchas aristas sin lograr encuadrarlas como corresponde.
¿Canciones? 'Angel', 'Hellrider' y 'Eulogy' + 'Lochness'.
Antes que todo, un anticipo: quiero que este octubre de 2025 sea un mes dedicado al metal acá en el blog. De comienzo a fin. Y me parece no puede haber mejor disco para comenzar que este, un verdadero histórico del género...
Abramos haciendo algo de historia. Los años ochenta fueron una década de masificación y consolidación para Judas priest, quienes tras el éxito de British steel (1980) supieron encajar una pasada gloriosa mediante Screaming for vengeance (1982) + Defenders of the faith (1984). No es nada fácil reinventarse en el éxito, sin embargo, por lo que tras estos los ingleses dieron pasos erráticos, primero coqueteando con sonidos descaradamente comerciales en Turbo (1986) para luego intentar recuperar fuerzas con el potente Ram it down (1988), disco que decantó hacia sonidos más duros, encaminado hacia afiladas guitarras y un Rob Halford pletórico en cuanto a interpretaciones vocales exigentes, ahí quedan 'Ram it down' (la canción), 'Heavy metal' o la fantástica 'Blood red skies' como pruebas de lo dicho.
Ram it down estuvo (muy) bien pero existía aún un pequeño gran detalle: salvo contados momentos, la banda seguía sonando a heavy metal ochentero y para una siguiente jugada necesitaban correr el cerco, a lo cual se sumó la renuncia al proyecto de Tom Allen (quien produjo todos sus discos previos entre 1980 y 1988) y el baterista Dave Holland, quienes comunicaron para 1989 que por diversas razones no seguirían trabajando con la banda. Digamos que todo se confabuló para la existencia de un álbum tan brutal como Painkiller, esta vez con Chris Tsangaridesen producción (quien había trabajado como ingeniero para ellos en Sad wings of destiny) y el debut en batería de un joven Scott Travis. Finalmente con todo dispuesto, quien diría que la banda acabaría por parir no solo su trabajo más duro a la fecha si no que toda una obra maestra del metal, un conjunto sin ripio alguno que supo conjugar fiereza con emocionalidad como pocas veces se ha visto.
Painkiller es todo aciertos, comenzando por la duración: solo nueve canciones + una breve intro. ¿Para qué más? Conscientes seguramente del nivel de material que tenían en sus manos no quisieron arruinarlo con relleno insustancial (como si ocurrió en Ram it down) y más bien entregarnos un puñetazo directo al cerebro. Y para muestra, la absolutamente increíble apertura con 'Painkiller' (la canción), seis minutos que muestran a toda la banda completamente desquiciada en su metro cuadrado, construyendo una estructura que avanza a la velocidad que la batería de Scott Travis propone, con un Halford extraordinario y las guitarras de Glenn Tipton + K.K Downing regalando una serie de duelos sencillamente impresionantes. Que decir, mejor comienzo imposible.
Habiendo declarado intenciones, en adelante el álbum se debatirá entre canciones que son un desborde de energía pero centran su poderío en el trabajo melódico, como 'Hell patrol', 'All guns blazing' o la increíble 'Night crawler' (¡bendito seas Rob!) y otras en donde el asunto volverá a desatarse privilegiando la velocidad ante todo pero aportando un elemento de oscuridad y violencia en el sonido, algo inaudito en Judas priest hasta 1990, ahí tienes 'Leather rebel' o 'Metal meltdown' como ejemplos (Scott Travis está gigante en ambas) . Ya en la recta final del álbum tanto 'Between the hammer & the anvil' como 'One shot of glory' aparecen como dos temas algo más genéricos y que se limitan a cerrar el álbum de manera contundente, aunque entre estas aparecerá la singular y emocional 'A touch of evil', un tema sensacional que oscila entre los toques vampirescos y una atmósfera sexy que la banda sabe reproducir de manera genial recurriendo a los teclados.
No deja de ser curioso que habiendo llegado tan alto tras casi veinte años de carrera (lo cual vuelve aún más meritorio un disco como Painkiller) la banda haya abruptamente se haya disuelto. Cuenta la leyenda que Rob Halford comenzó a desarrollar nuevas inquietudes musicales (desarrolladas posteriormente en el proyecto Fight a partir de 1993), asunto poco aceptado por el resto de la banda, lo que terminó provocando el inevitable quiebre. Sin embargo, en la historia había quedado ya tallada en piedra está increíble jugada, motivo de eterna admiración dentro del mundo del metal.
¿Canciones? 'Painkiller', 'Hell patrol', 'Night crawler' y 'A touch of evil'.
"Un regalo para las nuevas (y no tan nuevas) generaciones..."
En septiembre de 1990 los británicos de Judas priest editaban un histórico y brillante Painkiller, disco que profundizaba el agresivo giro que habían iniciado unos años atrás con el soberbio Ram it down (que en mayo cumple treinta años de vida por lo que espero poder escribir algo al respecto), sin embargo y curiosamente, la banda se despediría de nosotros en medio del éxito y las buenas críticas. Diferencias creativas separarían a Rob Halford de Judas, quien se desempeñaría durante la siguiente década en tres proyectos diferentes (Fight, Halford y Two) mientras sus ex compañeros reclutaban a Tim "Ripper" Owen en las voces para grabar un sub valorado Jugulator (1997) y un fallido Demolition (2001). Finalmente y como todos sabemos, en 2004 el metal god regresó a Judas priest y desde entonces tres álbumes han visto la luz: un correcto Angel of retribution (2005), el controversial Nostradamus (2008), disco que en lo personal sigo defendiendo pese a admitir lo excesivo y pesado que resulta como conjunto, y un realmente mediocre Redeemer of souls (2014). Toda esta introducción la redacto con el fin de sostener un punto: el que la carrera de estos británicos venía sosteniéndose sobre lairregularidad y, más aún, entregándonos discos cada vez más discretos. Necesitaban(mos) por tanto un álbum como Firepower, disco que no solo los revitaliza, sino que les vuelve a colocar en un nivel que se condice con su historia, ¡qué Judas priest es una banda muy pero muy grande! Y las nuevas generaciones deben enterarse de aquello sin necesidad de recurrir a viejos álbumes. Pues bien, respiremos y agradezcamos todos, que ese disco que les reivindica con su presente (al fin) ya vive entre nosotros.
Han vuelto a trabajar con Tom Allom (mítico productor de la banda hasta Ram it down) quien claramente ha sabido sacar a flote lo mejor que cada integrante podía dar a estas alturas, proporcionándonos así un álbum potente, ejecutado e interpretado con precisión y que en todo momento huele a priest sin necesidad de auto versionarse o abusar de evidentes lugares comunes. Los adelantos que fuimos conociendo mes a mes adelantaban un posible gran disco pero había que verificar el que efectivamente estos no fuesen únicamente voladores de luces, y así ha sido, Firepower es sin lugar a duda el mejor álbum de Judas priest desde la edición de Painkiller en 1990.
Los fuegos abren con la demoledora dupla 'Firepower' (la canción) + 'Lightning strike', dos temas de mucho gancho que desde ya dan muestras del camino que el disco irá demarcando: exquisitos duelos de guitarra entre el inmortal Glenn Tipton y el joven Richie Faulkner (que esta vez si se muestra), una batería dispuesta a machacar cerebros a cargo del siempre notable Scott Travis y un Rob Halford que saca brillo a cada uno de sus recursos vocales (que no son pocos) de gran forma. Más adelante nos encontraremos con otros temas de corte ágil y que seguramente serán manjar para quienes aman el sonido clásico de Judas priest, ahí canciones como 'Evil never dies', 'Necromancer' o 'Flame thrower' emocionarán a más de alguno, recuperando un filo que no oíamos realmente hace mucho, sin embargo, serán medios tiempos como 'Never the heroes', 'Children of the sun', 'Spectre' (que los hermana con el sonido de Black Sabbath) o 'Rising from ruins' los que acabarán por convencernos del gran disco que tenemos enfrente, temas donde la banda adopta tonos épicos que trascienden gracias a notables ejecuciones y no necesariamente por poseer coros con gancho o una dinámica veloz.
Puede que algunos critiquen la extensión del álbum, son catorce temas donde claramente en la recta final la banda no ha temido el colocarlo todo, sin embargo, ¿alguien podría afirmar que el notable machaque de 'Traitors gate' sobra?, donde la banda vuelve a explotar sus posibilidades con un Halford que destaca notablemente con sus fraseos, ¿que el himno de superación 'No surrender' no funciona? ¿Qué el cierre a cargo de 'Sea of red' no aporta un necesario momento de emotividad? La pesada 'Lone wolf', sin ser un mal tema, puede sea la única que no destaque como el resto del conjunto y efectivamente sea la única que efectivamente podrían haberse ahorrado. No alcanzan esos detalles eso si a restarle demasiado a un trabajo que jamás desciende del notable, que en enmarca como el mejor álbum de Judas priest desde el regreso de Rob Halford a la banda en 2004 y uno que probablemente (al menos acá) será mencionado como uno de los grandes discos que nos habrá entregado 2018.
Es cierto que el futuro para la banda es incierto. Sabido es que K.K. Downing abandonó el barco unos años atrás y la reciente noticia de que Glenn Tipton se tomará un parón (quizás definitivo) a causa de su lamentable enfermedad. Todas estas situaciones no pueden sino llamarnos a agradecer con profunda emoción la llegada de un disco como Firepower, prueba de vida por parte de una leyenda que pese al paso de los años se niega a dejarnos. Benditos sean por aquello.
Ya lo había anticipado Glenn Tipton durante comienzos de año: "No habrá experimentos en nuestro nuevo álbum, nos enfocaremos en lo que mejor sabemos hacer... ". Palabras que sonaban casi a modo de disculpas luego de la aventura fallida (¿?) que significó el conceptual Nostradamus (2008), un álbum ambicioso, detallista y barroco, de difícil llegada con el fan de metal tradicional y que por esto mismo recibió una fría (e inmerecida) recepción. La banda sintió el golpe, incluso la mítica guitarra de K.K Downing abandonó el buque, y aquello se ve reflejado en los sesenta minutos de música que nos han entregado esta vez, los cuales van en dirección completamente opuesta a lo que su antecesor, es decir, si Nostradamus fue una obra compleja y que apostaba por la contundencia, Redeemer of soulspretende ser simple y efectivo, el problema es que si tu apuesta es ir a la segura entregando un sonido puro y directo, el resultado debe ser excepcional o al menos atractivo en su gran parte, cosa que acá no ocurre. En la mayoría de los temas que componen este nuevo álbumse percibe a una banda en piloto automático, donde trece temas parecen ser demasiadas y por largos pasajes se evidencia una espantosa falta de ideas.
Comencemos mencionando eso si que no todo en este álbum es negativo, de hecho hay grandes momentos (aunque breves). La pasada por "Halls of Valhalla" y "Sword of Damocles" es absolutamente fantástica (ojo a la labor de Scott Travis en batería, un manjar) y da muestras del nivel que se espera oír en un álbum de Judas Priest, la primera conjuga velocidad con potencia mientras que la segunda es pura épica. También dentro de los temas que son metal directo, la partida a cargo de "Dragonaut" o la veloz "Metalizer", sin maravillar, al menos cumplen. Pero eso es todo, no hay más. Cuatro de trece canciones tienen algo más o menos interesante, el resto se mueve entre intentos fallidos ("Battle cry", "Redeemer of souls" o "March of the dammed"), canciones que derechamente parecen estar sacadas de un álbum en solitario de Rob Halfordpero que de Judas Priest tienen muy poco ("Secrets of the dead" o "Crossfire") y algunas que derechamente aburren a cualquiera ("Hell & back", "Cold blooded", "Beginning of the end"). Si a esto agregamos la horrenda producción y mezcla, con un sonido opaco, apagado, que no saca partido a los instrumentos, que decir, el resultado no contagia.
¿Han faltado las ideas de K.K Downing? ¿Rob Halford ya evidencia demasiado su agotamiento vocal? ¿La banda se volvió temerosa luego del mal recibimiento obtenido por Nostradamus? Todas las anteriores quizás. Lo cierto es que (y esto duele escribirlo eh?) Redeemer of souls debe estar entre lo más bajo en la carrera de Judas Priest, un disco falto de chispa, carente de filo y magia. Y no se trata de un cuento de edad, basta escuchar el último de Saxon o U.D.O para verificar que no, esto no tiene nada que ver con la edad.
¿Canciones? "Halls of Valhalla" y "Sword of Damocles"
2025: Una Nueva Derrota.
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Tras la derrota en el plebiscito constitucional de 2022 no quise más con la
política por un buen rato. Dejé de escribir acá por lo mismo. El escenario ...