CREO QUE LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CRUCE DE MÚLTIPLES VARIABLES. SIN EMBARGO, FRENTE A DICHA ALEATORIEDAD, LOS SERES HUMANOS TENEMOS EL PODER CADA DÍA DE CREAR O DESTRUIR. DE ENTREGAR O RETENER.Y ESTE SITIO ESTÁ DEDICADO A TODOS QUIENES HAN OPTADO POR CREAR, SEA DONDE SEA...
Atrás han quedado los tiempos en que Bruce Dickinson debutaba en solitario mediante un sólido Tattooed millionaire (1990) mientras casi en paralelo publicaba el tremendo Seventh son of a seventh son (1988) junto a Iron maiden. Su hambre en aquel entonces daba para trabajar prácticamente en simultáneo dos proyectos igual de fascinantes. Lo cierto es que no pasaría demasiado para que el vocalista ambicionase más y abandonase a su banda madre, al punto de llegar a superarle publicando cosas tan notables como Accidenth of birth (1997) + The chemical wedding (1998) mientras los de Steve Harris quemaban tiempo (y confusión) en la pasada por The x- factor (1995) + Virtual XI (1998). En ese sentido, pese a que todos en su momento abrazamos con fervor y emoción la idea, no deja de llamar la atención el pensar en las razones que habrán motivado a Bruce Dickinson para volver a Iron maiden en 1999, más que nada considerando que la sensación de "ya no necesitarlos" estaba patente. La historia, sin embargo, dejará bien parado su regreso a la doncella: en estos más de veinte años hemos tenido el privilegio de vivenciar a unos Iron maiden en plena forma con cinco álbumes bajo el brazo que gustarán más o menos pero siempre han llegado con algo interesante que decir.
El caso es que con el regreso de Dickinson a Iron maiden muchos creímos sepultada su carrera en solitario (y no dejábamos de lamentarlo), su último disco databa de casi veinte años atrás, un Tyranny of souls (2005) que transmitió la sensación de haber estado compuesto por sobras o retazos, un disco grabado "a la rápida" entre giras y discos de su banda principal, con canciones efectivas y baladas que no entregaban nada particularmente atractivo en cuanto a arreglos, sonido o estructuras. Pues bien, con The mandrake project ocurre lo mismo (y peor). El mismo Bruce ha reconocido que este se compone de algunas canciones que datan de veinticinco años atrás, que es un álbum que habría querido grabar hace cinco o seis años pero la contingencia (pandemia incluida) se lo impidió por lo que ahora se decidió a grabarlo a como diese lugar. Noble labor, que se agradece y valora, sin embargo, el resultado ni siquiera le ha alcanzado como para cumplir, un conjunto irregular que se deja oír pero que no logra momentos de verdadero impacto. Y digámoslo, tampoco ayuda la producción de Roy Z, en exceso opaca.
Conocíamos ya como anticipo 'Afterglow of Ragnarok', que sin ser nada que invite a descorchar champaña provocaba al menos el seguir ahí gracias a su atractivo puente + coro sumado a la oscuridad de su sonido. El problema es que el disco abre con esta, y digámoslo desde ya: mucho más no te entrega. Se sucederá una montaña rusa que a ratos te agarra para luego soltarte. Una sección resultona con 'Many doors to hell' + 'Rain on the graves', que funcionan gracias a sus riffs y nuevamente coros atractivos, seguida de la plana y simplona 'Resurrection men' (de lo peor en todo el disco). Luego 'Fingers in the wounds' apostará por un sonido más contundente, aunque sobre cargado, mientras que 'Mistress of mercy' será la única en todo el disco que desprenderá el filo y mal rollo de su período 1997/98. Entre estas sonará una incomprensible 'Eternity has failed' (canción ya publicada junto a Iron maiden años atrás pero que Bruce ha querido recuperar en una versión que incorpora algunas diferencias pero nada que justifique su incorporación) para acabar cerrando con veinte minutos de baladas, aburridas todas.
Ya en 2005 nuestro adorado Bruce había hecho carne aquello de que quien mucho abarca, poco aprieta, asunto que ha vuelto a evidenciarse veinte años más tarde. La carrera en solitario del histórico vocalista funcionó cuando su dedicación era total pero como paréntesis en medio de la carrera de Iron maiden el resultado tiende a la mediocridad. Es lo que es...
¿Canciones? 'Afterglow of Ragnarok' y 'Mistress of mercy'.
5/10
Nada muy especial...
Otras reseñas de Bruce Dickinson (junto a Iron Maiden):
Ha llegado el momento de hablar de todo un clásico para la música contemporánea, particularmente el mundo del metal. Y es que el mítico The number of the beast ha cumplido semanas atrás nada más ni nada menos que cuarenta años de vida (pues si, joderrrr....) por lo que corresponde dedicarle algunas líneas al álbum que llegó para re definir el sonido de Iron maiden y de paso comenzar a instalar la leyenda de Bruce Dickinson entre nosotros. Todos sabemos que la banda venía de dos sólidos álbumes como el homónimo de 1980 y Killers (1981), ambos con Paul Di'Anno en las voces, quien tras una serie de conflictos relacionados con el abuso de alcohol fue forzado a abandonar la banda. Emerge así la figura de Dickinson, quien desde aquella mítica audición demostró tener plenas cualidades para no solo abordar aquello que Iron Maiden había grabado con Paul Di'Anno sino para incluso llevar el sonido de la banda hacia otro nivel, que es lo que precisamente ocurrió con The number of the beast.
La agrupación venía de dos álbumes soberbios pero hay consenso en que es con su tercer álbum donde los ingleses demuestran estar para palabras mayores, iniciando un camino glorioso que acabaría abarcando toda aquella década. Y méritos hay muchos pero el principal radica en como la dupla Steve Harris (cerebro de Iron maiden desde siempre) + Martin Birch (que ya había producido Killers y trabajaría junto a la banda por diez años más) supo en tan solo ocho canciones (el número perfecto, un gran disco de rock no necesita más) explotar todo el potencial que la banda poseía en ese entonces, desarrollando un disco ambicioso donde cada integrante parece tener su espacio y saber hacer uso de este.
Y hablando de la lista de canciones, esta abre con 'Invaders', una canción ágil y efectiva (y la más corriente del trabajo me atrevería a decir), cuyo sonido bebe de la era Di'Anno pero funciona como una perfecta carta de presentación para que Bruce Dickinson muestre sus dotes, yendo muy arriba en sus veloces estrofas + coros. Sin embargo, serán los cuatro minutos de 'Children of the damned' donde el vocalista demostrará el estar en otra liga, siendo capaz de generar épica en su relato junto a una agrupación que suena inspirada, con mención especial para Clive Burr en batería, quien se despediría tras este álbum. La Cara A del disco se completará con las primeras apariciones en composición de Adrian Smith, primero con la notablemente melódica 'The prisoner' (que maravilla de coro), que da muestras de la ambición de la banda en materia de estructuras con ese quiebre instrumental (3:42) desde donde se desarrolla un exquisito duelo de guitarras que hoy identificamos como una marca registrada para Iron maiden, y luego con '22 Acacia avenue', otra que también sabe a canciones de años anteriores en sus momentos acelerados pero destaca en toda su segunda mitad gracias a sus idas y vueltas, las cuales acercan con fuerza a la banda a elementos progresivos.
Ahora, por si todo lo anterior fuese poco, la Cara B del disco es una cosa de otro planeta y donde, cosa curiosa, decidieron concentrar los números fuertes del trabajo en términos comerciales. 'The number of the beast' no necesita presentación alguna, un verdadero clásico con mayúsculas desde esa intro histórica (a cargo del actor Barry Clayton) con el versículo bíblico, pasando por ese riff eterno y todo el posterior desate que acabará encontrando perfecto complemento en la cabalgata que propone 'Run to the hills' (nuevamente inolvidable Clive Burr), de la mano de una dura crítica al colonialismo inglés que llegó a América "violando mujeres, malgastando al hombre...". Finalmente, una veloz e injustamente olvidada 'Gangland' acabará dando paso a la extraordinaria'Hallowed be thy name', siete minutos magistrales que nuevamente se explican por si solos, una de las mejores (si es que no la mejor) canciones en la carrera de Iron maiden y ciertamente la mejor interpretación en la vida de Bruce Dickinson.
Se cierra así un trabajo magistral, y es que si hoy hablamos de Iron maiden de la manera en lo que lo hacemos, si tantas generaciones han sabido de ellos y les disculpamos cuanto descalabro se les ocurre publicar, en parte importante es gracias a The number of the beast y el camino que desde acá comenzó a trazarse, el cual de cierta forma culminó años más tarde con la publicación de Seventh son of a seventh son (1988). A cuarenta años de su publicación el álbum suena tan vigente como en aquel 1982 y emociona volverlo a oír. Benditos sean por eso.
¿Canciones? 'The prisoner', 'The number of the beast', 'Hallowed by thy name'.
Hay que distinguir. Una cosa es el respeto (fanatismo, cariño incluso) que alguien pueda profesarle a una banda y otra muy distinta es el no ser capaz de admitir lo evidente. Esto a propósito de lo nuevo de Iron Maiden, quienes ya habían patinado groseramente en The book of souls (2015) y seis años más tarde, aunque parezca mentira, vuelven a cometer el mismo error. Porque uno podrá tener reparos respecto a los álbumes que la banda editó junto a Blaze Bayley entre 1995 y 1998, los posteriores Dance of death (2003) y The final frontier (2010), o reconocer que A matter of life and death (2006) fue excesivamente barroco, sin embargo, todos esos discos algo tenían que permitía defenderlos, y de Brave new world (2000) ni hablar, que sin estar cerca de ser una obra maestra ha acabado por representar el último gran disco de los ingleses.
El caso es que en 2015 llegaron a un punto muerto con un trabajo ambicioso pero tedioso y agotador, un disco innecesariamente largo en lo individual y que, digámoslo, no dejó buen recuerdo. Uno habría esperado por tanto el que habiendo transcurrido casi siete años desde aquel disco, Steve Harris hubiese sido capaz de escuchar al ambiente, pero no, lejos de aquello Senjutsutropieza con la misma piedra una y otra vez, un conjunto que se alarga hasta más no poder, ochenta y un minutos de piezas que pretenden conjugar peso, épica y complejidad pero no hacen sino saber a plato re cocido. Para muestra un botón: 'Senjutsu' (la canción) y sus ocho minutos con que el disco abre. Nicko McBrian entra redoblando, Bruce Dickinson relata, el bajo de Steve Harris se oye (era que no) siempre (muy) presente y las guitarras acompañan correctamente, todo marcha relativamente bien hasta el segundo coro (3:30) donde la canción decide detenerse y alargar el asunto mediante una secuencia melódica que se repite y se repite para tras casi tres minutos (!!!) retomar el coro y dar dos vueltas más, meter otro solo (7:25) y así, artificialmente hacer lucir progresivo algo que es únicamente tedio.
El problema, y hay que decirlo con todas sus letras, es Steve Harris. Un grande en la historia del heavy metal, que duda cabe, pero que al mando de Iron Maiden ha insistido no soltar el timón lastrando evidentemente el nivel la banda. Por esto, cuando su nombre está a cargo de la composición (siete de las diez canciones son suyas) el disco en general se cae, ocurre en la obvia cabalgata de 'Stratego' (el típico tema ganchero de la banda) o en 'Lost in a lost world', una pieza que a los cinco minutos ya te tiene mirando el reloj constatando que aún le faltan cuatro. De hecho, en la primera mitad del disco, la única que resulta atractiva es 'The writing on the wall', a cargo de Bruce Dickinson + Adrian Smith, quienes no se complican y durante seis minutos hacen lo que saben hacer: construir épica en una canción sencilla en su estructura (estrofa/coro + estrofa/coro + solos/coro) pero con suficientes matices melódicos como para generar gancho en el auditor. En palabras simples: funciona.
Tras otra que pretende ser corta pero efectiva 'Days of future past' (que convence más que 'Stratego', además de acelerar de buena forma hacia su cierre), la Cara B del álbum abre con 'The time machine', que no está nada mal pero a mi no me la cuelan, que la pausa que Harris compone en el 4:30 es la misma que quince años atrás realizaron en 'The longest day' (4:48 por favor) así como la marcha del 5:32 es la de 'Sign of the cross' (9:20) o de tantas otras en realidad, en un acto de auto plagio que volverá a ser (¡demasiado!) evidente en los diez minutos de 'Death of the celts', que no es otra cosa que una versión remozada de 'The clansman' (lo del 1:14 acelerando la guitarra acústica + bajo llega a causar gracia, faltó el "¡freeeeedom!" más adelante y el cóctel era completo). Antes de esta, sonará 'Darkest hour', donde la dupla Dickinson/Smith insiste en la tecla de 'The writing on the wall' aunque con menores resultados y el cierre del álbum llegará con 'The parchment' (que hacia el final es 'Afraid to shoot strangers', en otro auto plagio) + 'Hell on earth'.
Y acá me quiero detener, que esta última debe ser lo más contundente y mejor logrado en todo el trabajo, el tema es un "himno de aquellos", dueño de una estructura fantástica, llena de momentos intensos en donde todo funciona de maravillas. El problema es que esta suena cuando el disco nos tiene absolutamente agotados en su ir y venir, por lo que la reflexión cae de cajón ¿No habría sido mejor el publicar un álbum de cinco a seis canciones y cuarenta minutos de duración en lugar de este dinosaurio marcado por el exceso? Me parece se habría entendido y disfrutado de mejor forma.
Tan solo las tres últimas de Senjutsu se comen treinta y tantos minutos (compuestas y escritas todas por Steve Harris en solitario), en un ejercicio de soberbia dispuesto a agotar la paciencia de cualquiera y donde el bajista insiste en hacer pasar a Iron Maiden por una banda de metal progresivo (algo que viene intentando desde The X factor a la fecha). Alguien debería explicarle que el extender canciones más allá de lo necesario no vuelve necesariamente más interesante ni compleja la música, solo la vuelve aburrida, mecánica y predecible. En Senjutsu, sin embargo, hay material de alto nivel, el problema es que hay que tener demasiada paciencia para encontrarlo.
¿Canciones? 'The writing on the wall' y 'The time machine'.
Los años noventa fueron fabulosos, tiempos que como pocas veces en la historia de la música se prestaron para una abierta experimentación. Sin ir muy lejos, en el mundo del heavy metal no deja de ser curioso que dos vocalistas tan enormes como Bruce Dickinson y Rob Halford hayan experimentado años tan similares en términos creativos. Ambos a comienzos de década por razones creativas decidieron romper el cerco de su zona de confort, abandonar la gloria y fama para lanzarse al vacío en búsqueda de nuevas musas. En ese camino Bruce nos regaló Skunkworks (1996) y tras el rechazo obtenido (el cual se sabe lo sufrió bastante, dada la entrega puesta en dicho trabajo) decidió regresar al metal con álbumes fantásticos como Accident of birth (1997) o el sensacional The chemical wedding (1998), a los cuales ya me referiré en algún momento acá en mi querido blog. En paralelo, Rob Halford vivió quizás una vuelta algo más larga, intentando indagar en el mundo del groove metal junto a Fight mediante la publicación deWar of words (1994) + un ignorado A small deadly spaces (1996), para luego romperlo absolutamente todo mediante el proyecto rock/electrónico/industrial Two (también conocido como 2wo) en 1998. Y bueno, tras toda esta vorágine no quedaba más que el regreso a las raíces, situación que se materializó entrando en el nuevo siglo con la creación de Halford, banda que le permitió al vocalista encontrar a sus cincuenta años aires renovados en el mundo del heavy metal.
Y es que si en Fight el vocalista vomitó toda su ira y en Two liberó sus ataduras, con Halford encontró su propia redención, asunto que se expresa con absoluta claridad en el álbum debut del proyecto: desde el título, la estética (vuelta al cuero y la motocicleta), líricas y sonido, todo en Resurrection habla del renacer con nuevos aires. Lo hace además mediante un conjunto fenomenal de canciones, producidas de manera impecable por Roy Z (quien antes trabajó como guitarrista en la banda de Bruce Dickinson) que apelan por momentos a la agresividad del metal, con una afilada dupla en guitarras compuesta por Mike Chlasciak y Patrick Lachman (que más adelante formaría Damageplan junto a Dimebag Darrell), pero que también dan muestras del camino recorrido por el artista, conectando por momentos con lo trabajado junto a Fight.
De esta forma el disco abre con una dupla absolutamente incontestable, suena primero 'Resurrection', una canción demoledora en donde Rob Halford apela a sus impresionantes agudos para transmitir desesperación en su relato ("Estoy cavando a fondo en mi alma / Para traerme de regreso desde ese maldito hoyo / Eliminé los demonios de mi corazón / Y encontré la verdad que estaba conmigo desde siempre..."), seguida de 'Made in hell', una cabalgata incesante que rinde culto en sus líricas al heavy metal y anuncia con letras mayúsculas el retorno del Metal God. Por cierto, en vivo esta canción es una jodida obra de arte...
Más adelante el álbum volverá a apelar a la velocidad como arma en canciones como 'Cyberworld', 'Savior' o 'The one you love to hate' (donde colabora en voces Bruce Dickinson), sin embargo, otra mitad del álbum correrá por una linea diferente, cargada al medio tiempo y en un tono profundamente reflexivo. Así, sonarán canciones oscuras como 'Locked and loaded' (una oda a la venganza), 'Night fall' (con esos exquisitos filtros vocales que aportan a la atmósfera del tema) o la fantástica 'Slow down', una verdadera pequeña joya oculta en este álbum en donde el vocalista clama en su búsqueda de paz ("Estoy tratando de todas las formas posibles / Estoy haciendo daño, lo entiendo...") y esperanza ("Estoy aquí para darme una oportunidad más / Esa opción está descansando en mis manos..."), mientras que en el nudo del disco encontraremos sin lugar a dudas la canción que define el espíritu de Resurrection en toda su magnitud: 'Silent screams', siete minutos de perfección en donde Rob Halford abre en plan balada acústica reflexionando en torno a la búsqueda de su verdad ("Lo que hoy soy es todo lo que importa / Las mentiras se han ido..."), explicando en los coros el porque vuelve al metal ("El mundo se mueve / En todo lo que se ha convertido / Y yo aún grito por dentro / Porque todo el dolor interno no ha cambiado...") para en la recta final estallar en velocidad encontrando un diálogo consigo mismo fascinante que cierra con esa maravillosa e inolvidable línea: "Porque cada vez que grito estoy matando mi dolor...".
No todo será perfecto eso si. El álbum complementará toda esta emocional pasada con una recta final que entregará los puntos más débiles del registro. Ahí Halford se lanza al groove y suena algo falto de chispa y repetitivo en canciones como 'Temptation', 'Drive' o 'Twist'. Como dato curioso cabe mencionar que años más adelante Rob Halford decidió renovar su catalogo, re mezclando sus discos y en esa pasada, agregó algunos extras al álbum que aparece en plataformas streaming, pese a no haber sido incluidas en el disco original de 2000, como las demoledoras 'Hell's last survivor' + 'Sad wings' (que aparecieron más adelante en versiones increíbles incluidas en el vivo Live Insurrection de 2001) o las curiosas 'God bringer of death' + 'Fetish' que definivamente parecen ser descartes de su era Fight.
En definitiva, Resurrection representó en 2000 el regreso al metal de un Rob Halford de energías renovadas, que vocalmente deseaba demostrarse aún vigente (y vaya que lo estaba, esa gira fue brutal en términos de voz) y creativamente fresco. Un disco fabuloso que por todo lo que involucró y que dio pie para que el Metal God conectará a sus entonces cincuenta años con nuevas generaciones.
Hay momentos especiales en la vida, y escribir respecto a este álbum vaya que en lo personal lo es... ¡Vamos allá!
Diferencias creativas terminaron por distanciar a Bruce Dickinson de Iron maiden en 1993, lo cual durante aquella década derivó en la construcción de caminos paralelos por parte de ambos lados. En aquella ruta claramente el vocalista acabó mejor parado al haber sido capaz de desarrollar una carrera que fue de menos a más y que incluyó desde álbumes exploratorios algo incomprendidos (Skunkworks, 1996) hasta otros de corte más clásico y que generaron excelentes resultados (Accident of birth, 1997 o The chemical wedding, 1998). Mientras tanto Iron maiden, con un cuestionado y poco aceptado Blaze Bayley en voces, publicó The X factor (1995) y Virtual XI (1998), dos álbumes con tintes progresivos que mirados a la luz del tiempo han dejado la sensación de que con Bruce al frente habrían funcionado mejor en todo sentido. De esta forma el fin de siglo planteaba la siguiente disonancia: Bruce Dickinson se encontraba en un excelente momento creativo pero no contaba con arrastre suficiente como para llenar grandes estadios, por su parte Iron maiden contaba con un nombre y prestigio pero en materia artística había perdido varios cuerpos durante los últimos años (más aún si consideramos el confuso contexto que vivía el heavy metal en aquellos años, un género de capa caída claramente). Ambas partes se necesitaban, lo cual acabó provocando un acercamiento entre Steve Harris y Bruce, más posterior acuerdo donde el vocalista exigía mayor participación en materia de composición musical además de regresar a la banda junto a Adrian Smith, su compañero en guitarras durante los últimos años y quien también había abandonado a Iron maiden años atrás (en 1990 para ser más exactos).
De esta forma, la re incorporación de Bruce Dickinson + Adrian Smithse hizo efectiva en 1999 mediante una gira de "grandes éxitos" en donde la banda (ahora convertida en un sexteto, con tres guitarristas) durante tres meses recorrió EEUU y Europa calentando motores con su nueva formación.
Tras esto, rapidamente Steve Harris (amo y señor en Iron maiden, se sabe) decidió partir al estudio a grabar el que sería el duodécimo álbum de la banda: Brave new world, diez canciones que en sesenta y seis minutos resumen de manera fantástica todo el intenso proceso anteriormente mencionado. Para esta labor contrató a Kevin Shirley en producción, todo un acierto ya que este no solo fue capaz de exponer todo el potencial sonoro de esta nueva formación (solo por mencionar un punto: ¡que maravilla como suena la batería en este disco!) sino que además generó un producto que luce tremendamente maduro pese al poco tiempo en que se trabajó. Un dato: el álbum se grabó con todos los integrantes tocando juntos en el estudio, de ahí la consistencia del sonido. Todo mérito de un Shirley que no por nada acompañó a la banda en cada uno de sus posteriores trabajos.
En este sentido, todas las canciones que componen Brave new world suenan impecables y trabajadas al detalle, sin ripios ni aspectos que reprochar. Los recursos instrumentales están aprovechados al máximo y la voz de Bruce Dickinson, quizás ya no tan agresiva como una década atrás, transmite calidez y soltura en cada interpretación. En materia creativa, dado que el vocalista se venía apenas re incorporando, el álbum esta compuesto por canciones que provenían de la era Blaze, y que traían la épica de dicho período, como también otras en donde Bruce Dickinson participó en la composición. De esta forma, Brave new world equilibra piezas muy directas que apuntan a la médula heavy metal como 'The wicker man', 'The mercenary' o 'The fallen angel' con otras que extienden un poco más las estructuras para entregar mayor protagonismo a los juegos de guitarras, como 'Ghost of the navigator', 'Brave new world' u 'Out of the silent planet'.
Otra sección del disco estará cargada a la emocionalidad, ahí 'Blood blothers' y 'Dream of mirrors' (ambas vienen de la era Virtual XI y responden al patrón de canciones como la mítica 'The clansman') aportaran una sensibilidad necesaria en el trabajo, mientras que en una arista más progresiva (y que la banda intentaría desarrollar con mayor énfasis años más tarde en trabajos como A matter of life and death) sonarán las enormes 'Nomad' o 'The thin line between love and hate', dos canciones colosales que se extienden casi por diez minutos cada una.
A Brave new world se le podrá criticar el que no aportó demasiados elementos sorpresivos o novedosos al sonido tradicional de la banda (años después Iron maiden intentaría re inventar su rueda en el mencionado A matter of life and death o en el reciente The book of souls), sin embargo, cabe mencionar que sea como sea, nunca los ingleses volvieron a sonar en este nivel de equilibrio y contundencia. Finalmente el álbum quedará grabado en la historia con letras doradas como el fantástico reencuentro de Bruce Dickinson con unos Iron maiden dispuestos a seguir abriendo caminos.
"Nobles intenciones para un resultado discreto..."
"Pero los dinosaurios van a desaparecer... "- dijo sabiamente Charly alguna vez. Y no pasa nada, eh? Que el descenso es inevitable para todos y aquello es lo único que esta vida nos asegura desde un comienzo. Llega a dar miedo eso si el imaginar este mundo sin los dinosaurios del rock que aún nos quedan en activo. Cuesta imaginar una vida sin ACDC, sin los Stones, sin Paul, Gilmour ni Plant.... o sin Iron Maiden. Pero llegará, ese día inevitablemente llegará y las señales son cada vez más claras. Algunos grandes aún son capaces de entregar agradables sorpresas mientras que otros lo intentan sin ser efectivamente capaces, y por aquellos lares deambula desde hace un buen tiempo la dama de hierro, entre discos irregulares comoDance of death(2003) o The final frontier (2010) y otros exageradamente ambiciosos como A matter of life and death (2006).Lamentablemente en esta última categoría (y peor) encaja The book of souls, el más reciente quiero pero no puedo de una de las leyendas más grandes de la historia del heavy. Un disco que avanza en la misma linea de sus dos antecesores, intentando convencer con sus múltiples juegos de guitarras y estructuras que superan incluso los diez minutos de duración pero que termina ahogándose en medio del innegable tedio.
A diferencia de Judas Priest, quienes jugaron a la segura (?) recientemente con un mediocre Redeemer of souls (2014), Iron Maiden persiste en su intento por trabajar un sonido barroco, lleno de idas y vueltas aparentemente complejas pero en donde la banda acaba perdiéndose en si misma. Para muestra los insufribles seis minutos (que parecen diez) de 'The great unknown' o las eternas estrofas + coros de 'The book of souls' (la canción), a la que ni siquiera el predecible cambio de velocidad que vive a los seis minutos logra rescatar. En esa línea, un caso curioso es 'The red and the black', que son más de trece minutos en donde Steve Harris lleva a la banda a experimentar al extremo con las estructuras (o sea, el comienzo de la canción suena a final) en un ejercicio que resulta efectivamente interesante pero que da tantas vueltas que termina agotando. El caso es que solamente entre las tres mencionadas hay treinta minutos de música, suficiente como para tener una clara idea de los reiterativos pasos que da el álbum.
El resto son las clásicas cabalgatas marca de la casa, las cuales curiosamente acaban siendo lo más disfrutable (?) que contiene el disco, quien lo diría. Ahí 'Speed of light' , 'When the river runs deep' o 'Death or glory' algo entretienen, también cumple la partida a cargo de 'If eternity should fail'. Ahora, del auto plagio descarado de 'Shadows of the valley' ni hablar (es 'Wasted years' + 'Benjamin Breeg' + 'The fallen angel'), una señal más de que se han quedado sin ideas.
Instrumentalmente la banda es sólida, y aquello probablemente sea lo más rescatable que encontremos en el disco, el que estos tipos técnicamente continúan cumpliendo de sobra no entregando señales de cansancio alguno. Y bueno, Bruce Dickinson es tema aparte, seguimos hablando de uno de los vocalistas más importantes de la historia. El resto: monótono, predecible y muy poco atractivo.
¿Canciones? 'The red and the black', por lo interesante del experimento.
He quedado helado con la noticia: Bruce Dickinson combate desde diciembre pasado un cáncer en su lengua detectado recientemente. Las informaciones mencionan que su cuerpo médico se encuentra optimista luego de siete semanas de quimioterapia y se espera que en mayo próximo el histórico vocalista se encuentre en condiciones de volver a las pistas. De todas maneras es inevitable el no sentirse conmovido por la noticia, la cual una vez más nos mueve a reflexionar con respecto a la fragilidad de la vida.
Mi hermano buscando tranquilizarme ha usado un muy buen argumento: "Bruce es un hombre tremendamente inteligente, por lo que todo estará bien". Y bueno, mucha razón tiene. No cualquiera pilotea aviones, no cualquiera logra detectarse un cáncer en un control rutinario y no cualquiera compone un álbum como The chemical wedding (1996). Así que si, confiemos en que todo estará bien...
Hoy amanecí con ganas de hablar de leyendas en vida como es el caso de Iron Maiden, Van Halen y Judas Priest. Hay novedades con respecto a estos tres monstruos del rock y su futuro, aunque ninguna de estas novedades será para 2013 sino como mínimo para un año más.
Comencemos mencionando que fue el mismísimo Bruce Dickinson quien hace tan solo unos días dio señales acerca de lo que se viene con Iron Maiden. Tal parece que el discretísimo The final frontier (2010)no será el último trabajo original de la banda ya que Bruce ha confirmado que finalizando la gira que realizarán este 2013 (y que los traerá una vez más a Latinoamérica) se meterán de lleno al estudio para generar un nuevo disco que debería ver la luz en 2014. No sabemos la linea que este trabajo contendrá, si dará retomará el sonido progresivo que intentaron desarrollar en A matter of life and death (2006) o intentarán volver con algo más clásico. La gran pregunta vendría a ser : ¿tendrá Iron Maiden algo nuevo que decir a estas alturas de su carrera? ¿Tendremos un disco digno de la altura de la banda o simplemente una nueva excusa para salir de gira a tocar los mismos clásicos de siempre? El tiempo lo dirá...
Los dejo por mientras con un video que trae una mala noticia de la mano: la voz de Bruce va cuesta abajo. Ya en la gira de 2011 lo vi débil y basta oír este "Aces high" de 2012 para confirmar el hecho. Si bien esta situación era esperable (ninguna voz puede aguantar el ritmo de giras al que Iron Maiden se somete) no deja de ser una pérdida el tener a Bruce en un menor nivel al habitual. Espero Steve Harris entienda que el dinero no lo es todo en la vida y le de descanzo al vocalista de manera que enfrente el nuevo disco en óptimas condiciones.
En 2012 Van Halen volvió a las pistas con David Lee Roth en las voces. Regresaron con A different kind of truth, un disco más que digno pero que siendo francos tanto mérito no tenía ya que los mismos Van Halen reconocieron que gran parte de su material eran temas descartados de hace más de 20 años. Ahora, Lee Roth ha comentado recientemente que la banda planea volver a grabar a partir de Junio de este año pero le ha pedido paciencia a los fans ya que desean entregar algo de calidad. Textualmente ha dicho : "En junio nos reuniremos en estudio para empezar a hablar de ideas, canciones nuevas… Con la intención de programar el trabajo de forma coherente con nuestro pasado y nuestro manera de crear y escribir música. Queremos publicar algo fuerte y con un nivel artístico poderoso, será un disco que nacerá con la intención de ofrecer canciones capaces de aguantar el paso del tiempo. Ningún discurso comercial, para sacar un álbum de un nivel superior hace falta tiempo. Por ello pedimos paciencia a los fans, tres años y tendrán un nuevo gran disco de Van Halen“.
¡Tres años! ¿Habrá que esperar hasta 2015 como mínimo? Pues bien, los esperaremos entonces pero siendo honestos y mirando el video que comparto a continuación... ¿aguantarán los miembros de Van Halen a David Lee Roth hasta 2015? Duda razonable , no? Chequeen el video y opinen...
Finalmente me doy un gusto personal. En esto de la música supongo que todos tenemos categorías, están las bandas que admiramos, algunas que nos gustan y algunas que están en la cima de nuestro sentir. Ahí está Judas Priest para mi, dueños de un sonido que impacta mis neuronas y sentimientos cada vez que los escucho. Y bueno, tras la partida de su guitarrista K.K Downing en 2011 la banda decidió continuar e incluso han comentado el estar en proceso de recopilación de ideas para un nuevo trabajo, el primero con el joven Richie Faulkner en las guitarras. Rob Halford ha dicho : "Va a ser realmente emocionante reunirse en una nueva dimensión de escritura de temas, Glenn Tipton, Richie, y yo, pondremos todas nuestras ideas juntas en el nuevo material. Ya veremos lo que podemos hacer durante el próximo par de meses, ordenar todo y luego iniciar el duro trabajo de escoger el mejor material para el disco” . Sería la continuación de Nostradamus, el album conceptual que Judas Priest editó en 2008 y que hasta ahora es lo más reciente que hemos tenido de ellos. Lo inmediato que se viene con Judas Priest es la edición a fines de mayo de "Epitaph", un DVD que muestra lo que la banda interpretó durante 2012 en lo que promocionaron como su última gira, la cual tuve el placer de vivir y presenciar. Acá el trailer del concierto grabado en Londres con lo que me despido por hoy hasta una próxima entrega.
Acaba de comenzar el "Final Frontier Tour", gira que traerá a Iron Maiden de regreso a nuestro continente en el próximo mes de abril. Lamentablemente no hay demasiadas sorpresas en torno a lo que la banda ha decidido interpretar en vivo (puedes revisar el repertorio del debut en Moscú acá) por lo que en lo personal he decidido pasar de esta presentación y juntar el dinerito para ver a agrupaciones que muestren mayor novedad en vivo. Sin embargo una noticia interesante ronda el comienzo de la presente gira. Se trata de la próxima edición de Iron Maiden: In the studio, un libro redactado por el biógrafo musical Jake Brown y que en 288 páginas relatará inéditos detalles acerca de la grabación de cada uno de los discos de la agrupación inglesa. Desde sus primeros discos con Paul Di'annoen las voces, pasando por el período junto a Blaze Bayley y finalizando con esta más reciente etapa en la que Bruce Dickinson regresó como vocalista de la banda. Sin duda un excepcional texto de colección.
Me gustaría realizar una última reflexión antes de terminar esta nota: hemos disfrutado demasiado tiempo de la voz de Bruce Dickinson en buen estado, sin embargo nada es eterno en esta vida y llegará el momento en que Bruce comience a decaer. Es por esto que lamento tanto el que se desgaste gira tras gira interpretando las mismas canciones. Podemos apreciar en el video que a continuación presento que su voz ya está comenzando a flaquear. Esta situación se acentuará con el correr del tiempo ¿Porqué entonces no aprovechar su voz de una vez por todas?
Judas Priest: Disco por disco
Poco a poco se van conociendo más detalles en relación a la que será la gira de despedida de los grandísimos Judas Priest: Epitaph Tour. Hace poco leía la noticia de que en el contexto de esta últimas presentaciones realizarán una serie de conciertos en España y parte de Europa junto a Motorhead y Saxon. Buen panorama ¿no?
Además, en la página de la banda por estos días se puede leer el siguiente mensaje: "Estamos planeando tocar una canción de cada uno de nuestros discos en esta gira . Por eso queremos saber cuales son sus favoritas y quizás escojamos algunas de ellas" . Para esto han habilitado un post oficial en el foro del sitio en donde los fanáticos pueden opinar. Cabe consignar el que 16 son los discos que Judas Priest tiene editados hasta hoy, por lo que claramente algunos de ellos tendrán más una canción representativa en la gira, sin embargo la oportunidad se presta para oír algunas joyitas escondidas en la discografía de la agrupación.
A continuación les dejo una canción que en lo personal me encantaría oír en vivo en esta gira.
Hablar de Iron Maiden es hablar de trascendencia dentro de mundo del rock. Es hablar probablemente de la banda de heavy metal más importante de la historia de la música, si tomamos en cuenta su influencia y masividad. Es hablar de un conjunto que ha sido capaz de llevar su sonido a oídos de diferentes generaciones. Aquello, que muy pocas bandas logran, sin duda tiene enorme mérito. Por todo esto es siempre difícil tener claro que es lo que se debe esperar de un nuevo trabajo de Iron Maiden. Una reinvención de su sonido luego de 30 años de carrera sin duda es exagerado, sin embargo, quienes conocen a la banda bien saben el espíritu inquieto que los ingleses siempre han mostrado, algo que se expresó con claridad en un álbum como A matter of life and death (2006), un disco que pretendió expandir los límites de la banda yendo hacia un sonido progresivo (conectando de cierta forma con The X-Factor, de 1995 y con Blaze Bayley en las vocales). Las reacciones fueron divididas, existimos quienes, pese a los evidentes defectos (a varias canciones le sobran minutos y vueltas), disfrutamos del atrevimiento mientras que muchos arquearon ceja. Por todo lo anterior, caía de cajón el que en un siguiente trabajo la banda debería recular y acercarse un tanto más a su sonido tradicional, que es por momentos han hecho en The final frontier.
El disco posee dos almas por tanto, una primera marcada por canciones cortas y directas, ahí destaca por sobre cualquier otra la emotividad de 'Coming home', con un Bruce Dickinson que una vez transmite como nadie, pero también funciona el auto homenaje a 'Aces high' que es 'The alchemist' o 'Mother of mercy', mientras que algo como 'The final frontier' (la canción) suena completamente innecesaria y aburre debido a su exceso de manual.
En otra arista encontraremos continuidad a lo trabajado en A matter of life and death, es decir, canciones extensas y con varias vueltas, algunas de ellas con intros eternas, sobre un bajo en 'Isle of avalon', una guitarra acústica en 'The talisman' o un relato en 'The man who would be king' (oído a lo que hacen pasado el minuto 4 en esta, sencillamente espectacular), yotras donde la emotividad es el elemento preponderante, como ocurre en el cierre de once minutos a cargo de 'When the wild wind blows' o en 'El Dorado, que con sus casi siete minutos encuentra el equilibrio perfecto a la propuesta, volviendo a entregar una versión colosal de la banda y absolutamente imponente en cuanto a lo instrumental. Por cierto, mención aparte merece la apertura instrumental titulada 'Satellite 15', que recuerda bastante con sus tambores a 'Eat the rich' de Aerosmith, en una rareza a la que ojalá le hubiesen sacado mayor partido.
Le juega en contra al álbum el desarrollar un estilo de canción que la banda viene tocando desde hace bastante. ¿Redunda a ratos? Seguramente. Nuevamente con dos o tres canciones menos el disco lucía mejor, sin embargo, el nivel está, los arreglos y melodías también. Desde ahí, por tanto, demasiadas quejas no pueden haber. La leyenda sigue viva.
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