miércoles, 3 de diciembre de 2025

Florence + The Machine : Everybody Scream (2025)

 "Desequilibrado..."

Tras un par de álbumes iniciales cargados al pop, las melodías gloriosas, reconocibles y recordables, mensajes de superación o historias de desamor, la inglesa Florence Welch decidió dar un giro hacia los rincones más íntimos y oscuros de su sentir. Algo de esto se insinuó en el magnífico How big, how blue, how beautiful (2015) para luego profundizarse mediante el lúgubre High as hope (2018), llegando así a un punto donde de no retorno en Dance fever (2022), un trabajo en donde la música se puso al servicio del mensaje, experiencia o idea que se deseaba transmitir. Aquello vuelve a ocurrir en este Everybody scream e incluso se intensifica, dejándonos un disco que si bien alcanza cotas enormes en algunos pasajes, en general acaba perdiéndose en sí mismo a causa de su falta de gancho.  Dicho en simple: este es uno de esos álbumes que no tiene mucho sentido oír sin ir siguiendo las letras (las cuales son brillantes, todo sea dicho) pero que desde lo musical queda en deuda. Principalmente debido a la monotonía en que cae en medida que avanza. 

Yendo a las temáticas, el sexto álbum de Florence + the machine se encuentra marcado por la compleja experiencia del embarazo ectópico sufrido por la artista en 2023, lo cual le ha llevado a reflexionar profundamente respecto a su presente. Abre el disco por tanto con 'Everybody scream' refiriéndose a ella misma en tercera persona, a su alter ego sobre el escenario, y como este personaje le funciona a modo de desahogo ("Ella me lo da todo / Ya no siento dolor / Me derrumbo, me levanto / Y lo vuelvo a hacer / Porque nunca es suficiente / Me hace sentir amada / Podría venir aquí y gritar tan fuerte como quiera..."), esto para rápidamente entregar la GRAN canción del disco, la más ambiciosa claramente y también la más directa en cuanto a su mensaje: 'One of the greats'. En esta, unicamente sobre una sutil pero cruda guitarra eléctrica, Florence se refiere a lo cerca que estuvo de la muerte ("Salí arrastrándome debajo de la tierra / Con las uñas rotas y tosiendo tierra / Escupiendo canciones para que las cantes conmigo..."), realiza un recorrido por su período más oscuro ("Solo era hermosa bajo las luces / Solo así era poderosa / Me quemé a los treinta y seis...") para luego enfocarse en lo que significa ser una mujer dentro de la industria musical ("Debe ser grato ser hombre y componer música aburrida, solo porque puedes..."), esto dentro de una estructura que juega a absoluto placer con las intensidades. 

La partida es notable por tanto y las dos que suenan a continuación no destiñen en absoluto, ya sea disfrazándose de bruja y dialogando con la muerte en la críptica 'Witch dance' o subiendo la intensidad en 'Sympathy magic', probablemente el tema con mayor vocación pop en todo el álbum. El problema, sin embargo, comienza desde acá en adelante. Y no porque vengan malas canciones (la mayoría tiene lo suyo), sino porque el álbum abusa de los arreglos minimalistas en la idea de entregarle total protagonismo al relato. Se sucederán entonces sutiles cuerdas y una serie de elementos que se limitarán a preparar terreno para que las dramáticas/poéticas narrativas de Florence se desarrollen, encontrando gratos momentos en 'Perfume and milk', donde intenta reconstruirse desde el dolor ("Y estoy cambiando, convirtiéndome en algo más / Una criatura de anhelo , cuidándose solo a mi misma / Lamiendo mis heridas, refugiándome..."), o refiriéndose a asuntos más banales como el amor no correspondido en 'Buckle'. 

Podríamos afirmar que medio disco está bien, incluso muy bien. Sin embargo, la Cara B de este insiste demasiado en el concepto e incluso entrega canciones que se quedan totalmente cortas de alcance. El caso de 'Kraken' es dramático, por ejemplo, un tema que pedía a gritos mayor explosión y se queda en meras insinuaciones. Ya de la monotonía de la pasada por 'The old religion' ,'Drink deep', la acústica 'Music by men' o ese cierre insulso a cargo de 'And love', ni hablemos. El álbum caerá en un pozo por tanto en su segunda parte, del que ni siquiera los coros explosivos de 'You can have it all'  logrará salvarlo.

El que un disco presente una propuesta profunda e incluso arisca no es un problema en sí mismo. Lo complicado es cuando la complejidad de un mensaje no tiene correspondencia con la música, que es algo que acá ocurre en bastantes momentos. Everybody scream es un disco desequilibrado, de grandes momentos y otros derechamente agotadores. Una pena, que con Florence las expectativas siempre están muy arriba. Pero las cosas como son. 

¿Canciones? 'One of the greats', 'Witch dance' y 'Sympathy magic'.

6,5 / 10
Cumple y algo más...

sábado, 29 de noviembre de 2025

Ethel Cain: Willoughby Tucker, I Will Always Love You (2025)

 "¡Vaya ovarios...!"

El primer amor tiene algo especial. Habrán posteriores pero aquella primera vez abre puertas con una intensidad que no conocíamos y por lo mismo, se vuelve un momento absolutamente único en nuestras vidas. Aquel concepto le ha permitido a Hayden Anhedönia internarse con su segundo álbum en una serie de historias que la regresan hacia su adolescencia, esto siempre bajo la mano implacable de una mujer que quiso hacer cine pero terminó haciendo música, y vaya que aquello se nota. Y es que las obras de Ethel Cain (alter ego que ha creado la vocalista) no son para cualquiera (perdón la pedantería, pero es así), estas, como el cine, requieren un grado de inmersión y complicidad importante, requieren cierta disposición a meterse en las atmósferas densas y profundas que la artista continúa proponiendo, las cuales claramente se mueven a contracorriente de lo establecido como "popularmente aceptable".

Y es que salvo honrosas excepciones como el single 'Fuck me eyes', que desarrolla entre explosivos sintetizadores la historia de aquella compañera de colegio que todos tuvimos y fue siempre sexualizada por sus compañeros ("Ella solo está tratando de sentirse bien / Todos quieren sacarla / Pero ninguno quiere llevarla a su hogar...") o la balada folk 'Nettles', canciones con cierta vocación comercial donde la vocalista suena como una especie de Taylor Swift más oscurilla (algo hay que comer, claro está, así que hay que tratar de meter algún hit), el disco por lo general navega entre sonidos lúgubres. De hecho, cabe el mencionar que incluso en los singles mencionados Ethel no se limita en absoluto y lleva la duración de estas canciones por sobre los seis minutos. Es decir, ni cuando quiere ser comercial la tipa se ajusta a los estándares. Pero lo dicho, que el resto del álbum se debate entre lugares bastante sombríos, abriendo al desnudo únicamente junto a una guitarra eléctrica en 'Janie' para luego meterte de segundo tema (!!) un melancólico instrumental al piano como 'Willoughby's theme'. Insisto en el punto, hay pocas concesiones acá con el auditor y aquello evidentemente funcionará como una barrera prácticamente infranqueable para quien no esté dispuesto a sumergirse de lleno en la propuesta. 

Dicho lo anterior, puede que hayan momentos en que a la vocalista "se le vaya la mano", pues si bien se entiende claramente el objetivo sonoro que persigue el disco, hay pasajes algo excesivos que juegan algo en contra, como la pasada por 'Willoughby's interlude' + 'Dust bowl'. No porque estos sean malos temas, de hecho, la segunda es un excelente atrevimiento que sostiene su relato sobre una atmósfera siempre densa pero que va aumentando su intensidad entre suaves oleadas de teclados, el problema es que antes me has entregado un instrumental de siete minutos de duración que en cierto modo entorpece la experiencia pues la vuelve demasiado pesada. Esto también ocurrirá en la recta final del disco donde cosas como 'A knock at the door' o 'Tempest' no pueden si no emocionar por la valentía que muestran en sus estructuras (la segunda siendo una joya extensa e intensa que roza el post rock), sin embargo, los quince minutos de 'Waco, Texas' no se justifica en lo absoluto, una canción potente pero que tarda demasiado en explotar dejando nuevamente la sensación de que acá faltó algo más de edición.

Nadie podría de todas formas criticar los ovarios de esta mujer. ¡Cuánto coraje! Con Willoughby Tucker... la vocalista nos ha entregado un trabajo de tono personal que responde unicamente a sí misma, con un montón de excelentes letras y arreglos desafiantes. Aunque le sobren minutos, el álbum estará seguramente entre lo más valiente que habremos oído este año y tan solo por eso ya vale absolutamente la pena. Por cierto y para finalizar: ojalá algún día Hayden pueda filmar su película....

¿Canciones? 'Fuck me eyes' y 'Tempest'.

8,2 / 10
¡Excelente!

jueves, 27 de noviembre de 2025

55 Años de... George Harrison: All Things Must Pass (1970)

 "La música como puente de sanación y liberación..."

Bendito el artista que posee la capacidad de transformar un momento y sentir en obra. En el caso de George Harrison la historia es conocida, para 1970 el "beatle tímido" venía de una década extraordinaria junto a la banda más importante de la historia de la música contemporánea, diez años increíbles que lo cambiaron todo aunque por lo mismo representaron una vorágine difícil de llevar para un hombre cuyo talento inevitablemente se vio opacado al lado figuras colosales como fueron Paul McCartney y John Lennon. Y si bien a partir de 1966 la dupla le permitió a Harrison el incorporar una que otra canción en el repertorio beatlesco, la sensación de que el guitarrista poseía un inmenso potencial se encontraba en el aire. Sin embargo, quien debía creerse el cuento primero era el mismísimo Harrison y de aquello va el fascinante viaje que propone All things must pass (el título anticipa...), una extensa colección de canciones que le permitieron al guitarrista encontrar suficiente confianza en sí mismo como para cerrar definitivamente su capítulo junto a The beatles.

Yendo a la música, All things must pass es (evidentemente) un disco de guitarras pero también uno que goza de una sensibilidad tremendamente particular, la cual desborda en todo momento. Está compuesto por canciones que Harrison fue acumulando desde 1966, las cuales a comienzos de 1970 decidió mostrar a Phil Spector en la idea de que este le ayudase con la producción del que vendría a ser su tercer álbum en solitario. Los dos anteriores eso si fueron meras experimentaciones, por lo que este sería el primero con que buscaría acercarse con fuerza al mainstream, de hecho, el disco contiene el que acabaría por ser su mayor éxito en términos comerciales, el single 'My sweet lord', una bonita plegaria en tono góspel que daría muestras de la arista más creyente del vocalista (una que estuvo muy presente a lo largo de su carrera) y que destaca en cuanto a arreglos debido a esa serena calma que entregan sus cuerdas acústicas sumado a ese característico e inmortal slide eléctrico. Es una canción de pop sencillamente brillante y que, todo sea dicho, en cierto modo acabó injustamente opacando a nivel popular la belleza y contundencia del resto del disco. 

Sin ir muy lejos, previo a la mencionada el álbum habrá abierto con la delicada 'I'd have you anytime', una preciosa declaración de amor y entrega que funciona debido a la desnudez que transmite, sensación que volverá a aparecer en distintos pasajes del álbum. Ocurre en el extraordinario lamento de 'Isn't it a pity', donde Harrison reflexiona sentidamente respecto al daño que somos capaces de causar los seres humanos (como cosa curiosa aparecerá dos veces en el disco, primero en una extensa versión de siete minutos que se carga a los vientos, luego en formato más breve y sobrio en cuanto a arreglos), en las cuerdas de 'Run of the mill', desde la absoluta calma en 'If not for you' (escrita por su amigo Bob Dylan) o abriendo la segunda parte del álbum mediante la hermosa 'Beware of darkness', dueña de una melodía que impresiona por su intensidad. Una de esas canciones que logra demasiado con aparentemente pocos recursos. 


Dicho todo lo anterior, donde reside el principal mérito del trabajo está en la diversidad que presenta pues así como existen momentos delicados que transmiten desde la melancolía, habrán otros en donde las atmósferas serán absolutamente festivas y optimistas, acercándose al rock de guitarras en la juguetona 'Wah-wah', en 'Awaiting on you all' o 'Art of dying', nuevamente entregándose al amor en 'What is life' o en la bonita 'Apple scruffs'. Por cierto, muchas de estas estarán cargadas a la sobre producción (sello característico de Phil Spector), sin embargo, esto no alcanza a molestar y más bien entrega una identidad marcada a las canciones. Ejemplo claro de esto es la preciosa 'Let it down', una donde los arreglos potencian efectivamente el resultado y entregan contundencia, lo mismo con la notable 'All things must pass', que si bien se sabe fue compuesta años atrás e incluso pudo ser un tema de The beatles, encontró acá su lugar perfecto bajo la idea de que "todas las cosas deben pasar". Finalmente y como cosa curiosa cabe mencionar que el disco en su versión original incluía un LP extra titulado Apple jam, el cual contenía una serie de improvisaciones instrumentales que Harrison simplemente se dio el gusto de meter acá. Todo un arranque de libertad y confianza.

All things must pass fue en aquel 1970 la prueba palpable de que no habría más The beatles, que George Harrison se encontraba ya en otro camino y había encontrado en la música un puente para su sanación y liberación, digamos, el coraje para volar con alas propias. A más de cincuenta años de distancia tocaba el realizarle un homenaje a esta maravilla rebosante en melodías gloriosas, un trabajo que no solo acabaría por ser el mejor álbum del guitarrista si no que incluso sería el mejor disco en solitario compuesto por un ex beatle. Y si, que las comparaciones son odiosas pero verdad sea dicha: nunca Lennon ni McCartney lograron entregar un trabajo de este nivel. Queda escrito. 

¿Canciones? 'I'd have you anytime', 'My sweet lord', 'Beware of darkness' y 'Let it down'.

10/10
Disco perfecto.

Otras reseñas de George Harrison:
1970: Let it be (The beatles)

domingo, 23 de noviembre de 2025

Panopticon: Laurentian Blue (2025)

 "A contra corriente..."

¡Qué complicado el llegar a este álbum! Primero porque el estadounidense Austin Lunn es otro de esos artistas que ha quitado su música de Spotify debido a las inversiones de su CEO en armamento militar, decisión que ciertamente representa un riesgo importante para la difusión, de hecho, tuve que ir a buscar el álbum en otras plataformas. Pero no solo eso, es que tampoco es sencillo encontrar las letras. No están en Metallum, en Genius, ni siquiera en Google. Todo lo anterior habla de un álbum que está jugando muy a contra corriente, incluso más allá de lo habitual (que ya es bastante), y que seguramente muy pocos terminaremos oyendo, digamos, principalmente quienes conocemos al multi instrumentista y confiamos en sus capacidades. 

Ahora, como si todo lo anterior fuese poco, Laurentian blue es un disco que escapa a lo que habitualmente esperaríamos encontrar en un álbum de Panopticon. Enfocado como un álbum de folk, el disco está compuesto por once canciones que le alejan por completo de su habitual black metal atmosférico para sacar a relucir la arista más íntima y reflexiva del compositor. No hay medias tintas por tanto acá, el disco es un "lo tomas o lo dejas", es decir, te abres a la experiencia o mueres en el purismo, pues desde un comienzo notamos por donde irá el asunto: Austin junto a su guitarra, banjo o mandolina expulsando sus demonios y únicamente acompañado por violines a lo largo de un viaje cargado de melancolía. En dicho sentido el vocalista ha comentado que estas canciones fueron compuestas durante un período de profunda depresión y dolor, tiempos marcados por una pérdida familiar y la pandemia global, aspectos que se transmiten con claridad en el sonido de un álbum que desde un comienzo muestra una sensibilidad tremendamente particular. 

Por supuesto que no encontraremos en este listado estructuras contagiosas ni coros llamativos pues el foco estará siempre puesto acá en el mensaje y las atmósferas que los arreglos pretenden construir. Destaca el comienzo del álbum con las delicadas 'Liberation song' + 'The poetry in roadkill', donde el vocalista con sus sentidos tonos graves recuerda un tanto a Johnny Cash, los hermosos violines que se entrelazan con sentidas cuerdas en 'Ever north', así como la versión que entrega de 'I want to be alone' (la canción original data de 1965 y fue compuesta por el trágicamente desconocido Jackson C. Frank). Hacia el cierre del disco destacará la delicadeza de 'This mortal coil's rusted' + 'Broken bars' o esa singular discusión que Austin entabla en 'An argument with god', donde el vocalista realiza las preguntas ("¿Ves algo en tu soledad? ¿Nos has dejado a todos retorciéndonos...?") y hace al mismo tiempo de Dios para contestar ("Estoy encerrado en esta habitación de tu imaginación junto a los horrores que tu has decidido...").

Sonará una excepción a la regla abriendo la Cara B del disco con 'Irony and actuality', la única que entrega un folk en tono optimista y festivo, sin embargo, en general el álbum sostendrá un tono personal y reflexivo, quizás algo monótono para algunos debido a lo plano del registro vocal de Lunn, aunque por lo mismo el fuerte está puesto en la belleza de los arreglos de cuerdas y en los mensajes que se entregan. No deja de ser cierto eso si que con dos o tres canciones menos la experiencia resultaría más disfrutable.

Es claro que un disco como Laurentian blue quedará plasmado como un mero paréntesis en medio de la prolífica de Panopticon, una necesaria pausa para respirar por parte de un compositor que no ha parado durante los últimos casi veinte años y que acá ha vuelto a dar muestras de que solo se debe a sí mismo. Tan solo por lo anterior, merece la pena el sumergirse en esta personal y valiente aventura folk/country.

¿Canciones? 'Ever north',  'This mortal coil's rusted'  y 'Broken bars'.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Biohazard: Divided We Fall (2025)

 "Puñetazo al mentón..."

La primera mitad de los años noventa dio para mucho en los Estados Unidos. La crisis del capitalismo acabó expresándose en distintos rincones y la música funcionó ciertamente como un perfecto catalizador para las frustraciones de una juventud que no encontraba respuestas en el régimen político del momento. En dicho contexto, Biohazard fueros pioneros en eso de fusionar con atrevimiento el hip hop (que jugaba en ese entonces un rol contestatario) con variantes de un rock más duro como el hardcore o el punk (los geniales Body count fueron otros que jugaron en esta liga, ni hablar más adelante de Rage against the machine). Avanzando la década, sin embargo, el status quo triunfó y el conservadurismo acabó por imponerse, de ahí que todo este tipo de bandas quedaran fuera de juego perdiendo relevancia. Los discos quedan grabados en la historia eso si y en el caso de Biozahard álbumes como Urban discipline (1992) o State of the world adress (1994) se mantienen como el manifiesto legado de un momento histórico y particular para la música contemporánea. Dicho todo lo anterior, en este 2025 los estadounidenses vuelven con formación titularísima. El regreso de Evan Seinfeld en el bajo implica el que la banda cuenta en sus filas con sus cuatro miembros fundadores, lo cual se ha traducido efectivamente en un sonido que consigue ser fiel a su esencia (sin "imitar" sus inicios), con un grado de frescura que se deja disfrutar, una producción magnífica, aunque todo sea dicho, con un mensaje algo tibio en cuanto a lo político.

Son once las canciones que entregan acá, todas muy directas rondando los tres minutos de duración, las cuales pretenden funcionar como un verdadero puñetazo al mentón del auditor. Y hasta cierto punto lo logran de la mano de una notable producción cortesía de Matt Hyde, quien ha sabido explotar el peso del sonido de Biohazard y entregarle aspereza al registro vocal de Evan Seinfeld, cuyos duelos con Billy Graziadei en estrofas y coros lucen de maravilla. Lo anterior se expresa con claridad en canciones como 'Forsaken', 'Eyes on six' o 'Word to the wise', todas agresivas y efectivas en su sonido, con un énfasis puesto en la efectividad por sobre estructuras algo más rebuscadas. 

En lo anterior el disco claramente funciona, sin embargo, cuando profundizamos un poco más y vamos a las líricas ahí me parece el trabajo comienza a quedar algo en deuda. Me explico. Basta ir al grito anti bélico que es 'Fuck the system' para notar cierta tendencia a tocar las temáticas de manera algo genérica, como si no quisieran ensuciarse con nadie. Líneas del estilo "Inocentes convertidos en nuestros esclavos / Bellas ciudades en nuestras tumbas" o "Una batalla sin fin donde nadie gana / Un sacrificio termina mientras otro comienza" podrían aplicarse realmente a cualquiera, lo cual en tiempos donde la violencia se impone de manera tan marcada en distintos lugares del mundo acaba dejando a Biohazard en un lugar que ronda la caricatura. Y es que cuando hablan de que se joda el sistema, uno inevitablemente se pregunta... ¿de qué sistema hablan? Porque nunca son claros. ¿Cuál es la guerra que están criticando? ¿Hablan de los Estados Unidos? ¿De Rusia? ¿De Israel? ¿De todos? ¿De nadie...? Esto viniendo de una banda que coloca su fuerte en el aspecto contestatario del mensaje me parece no es un punto menor a analizar.

En fin. Pero lo dicho, desde lo musical el álbum se acerca bastante a lo que los mismos Biohazard entregaron en el pasado en un álbum como New world disorder (1999), quizás con un componente "hiphopero" menos marcado y esta vez entregándole mayor preponderancia a las guitarras, siendo contados los momentos donde la banda se detienen un tanto. Lo anterior ocurre en la sólida 'Death on me' (de lo más interesante del álbum) así como en 'S.I.T.F.O.A', con esa invitación a enfrentar la adversidad con entereza.  

Divided we fall está bien como regreso para una banda histórica. Mirando el vaso medio lleno nos podemos quedar con la excelente producción e interpretaciones, con un énfasis puesto en el peso del sonido. Ahora, siendo completamente francos y descarnados: todo acá luce extremadamente simple, casi como si no se hubiesen querido complicar. Desde la duración monótona de las canciones, esa portada ultra sencilla y las letras genéricas. ¿No han querido o no han podido? Ellos sabrán. Pero bueno, para escuchar cosas más arriesgadas siempre estarán las viejas glorias, esos discos que treinta años atrás supieron mover el piso...

¿Canciones? 'Fuck the system', 'Eyes on six' y 'Death on me'.

6,9 /10
(Muy) Bueno.

martes, 18 de noviembre de 2025

Revocation: New Gods , New Masters (2025)

 "Técnico y diverso..."

El presente en plena forma de una banda como Revocation no puede si no recibirse como un verdadero regalo. A tres años del notable Netherheaven (2022) les tenemos de vuelta, esta vez con Alex Weber al bajo (de breve paso por Obscura en 2024), quien se suma a la batería de Ash Pearson (desde 2015 en la banda) y por supuesto al líder fundador David Davidson (amo y señor en la agrupación). Juntos nos entregan estas nueve piezas que vuelven a dar muestras de un death técnico, el cual dominan a la perfección, que se enlaza con bajadas de revoluciones o pasajes instrumentales bastantes oscuros y/o melódicos, obteniendo como resultado un sonido tan sólido como brutal y que a estas alturas es absoluta garantía de calidad . 

El álbum se debatirá por tanto entre temas directos y veloces como 'Sarcophagi of the soul', 'Distopian vermin' o 'Data corpse', y otros en donde la banda intenta diversificar estructuras, ocurre en la partida mediante 'New gods, new masters', que introduce en su sección media una bajada marcada de los tiempos, o 'Despiritualized' con sus cambios de velocidad. En dicho camino hay canciones que incluyen invitados (algo que ya es costumbre en Revocation), siendo estos momentos particularmente interesantes del álbum, me refiero a 'Confines of infinity' (con Travis Ryan de Cattle decapitation), el excelente instrumental 'The all seeing', 'Cronenberged' (con Jonny Davy de Job for a cowboy) o ese fantástico cierre a cargo de 'Buried epoch' (con Luc Lemay de Gorguts), armando así un conjunto compacto de comienzo a fin, diverso y ejecutado con exquisita precisión.

En contra de un disco como New gods, new masters claramente juega el pasado de la banda, el que aquello que proponen no presenta realmente demasiada novedad. Ahora, de que continúan siendo motivo de atención y disfrute para cualquiera que guste del death más técnico, que duda cabe. 

¿Canciones?  'Confines of infinity',  'The all seeing'  y 'Buried Epoch'.

7,5 / 10
¡Muy bueno!


Otras reseñas de Revocation:
2022: Netherheaven

sábado, 15 de noviembre de 2025

30 Años De... Ozzy Osbourne: Ozzmosis (1995)

 "De aquí a la eternidad..."

Conocido es como el fin de los ochenta dejó fuera de juego a muchos. El éxito del grunge puso en boga los sonidos oscuros, dolorosos y personales, desprolijos incluso desde la ejecución, por lo que todo aquello ligado al glam metal quedó relegado prácticamente al olvido con la excepción honrosa excepción de Guns n' roses, Aerosmith o Bon Jovi, los únicos que pudieron resistir el huracán sin necesariamente transformarse. En dicho sentido Ozzy Osbourne era uno que había que ver si lograba sobrevivir y algo de ello se pudo percibir en un álbum como No more tears (1991), donde el vocalista incorporó un peso mayor respecto a anteriores trabajos, sin embargo, para 1995 no había total claridad respecto a si el vocalista lograría definitivamente perdurar o morir en el intento. Y bueno, Ozzmosis fue el disco que definitivamente respondió a dicho dilema, un trabajo de sonido característico con el que Ozzy Osbourne logró lo que muchos añoran: conectar con las nuevas generaciones. 

Para lo anterior el inglés tomó una serie de buenas decisiones: colaboró en producción con Michael Beinhorn, quien venía de trabajar junto a Soundgarden en el exitoso Superunnown (1994), pero también armó una banda de alto tonelaje junto a Zakk Wylde en guitarras una vez más (absoluto protagonista del disco) y Deen Castronovo en batería.  La intención era evidente, había que generar un sonido oscuro pero donde Ozzy no sacrificase su esencia, que siguiese sonando a él. Y aquello se logró. De ahí que en las canciones de este Ozzmosis predominen riffs pesadísimos puesto en el contexto de temas perfectamente reconocibles donde la mano sensible/melódica de Osbourne se identifica con total claridad. 

Para muestra, la Cara A del disco. Cinco canciones absolutamente incontestables (y si me apuran, seis), abriendo con todo un neoclásico como 'Perry Mason' y esa fanfarria de teclados (mejor partida imposible) que da paso a una canción marcada por su peso y un trabajo de intensidad enorme por parte del vocalista. Increíble por cierto el recordar que esto en su momento fue un hitazo que te encontrabas en el dial a las dos de la tarde en cualquier radio en aquel 1995. Emociona el solo recordarlo y mirado a treinta años de distancia cuesta creer el que existió un tiempo donde esto era lo que llegaba a oídos de adolescentes. En fin, volviendo al disco, el asunto no quedará ahí y la lista continuará con una seguidilla de canciones en donde cualquiera pudo ser single e inmediato éxito, bajando las revoluciones y yendo hacia momentos particularmente sensibles en 'I just want you', 'Ghost behind my eyes' o la maravillosa 'See you on the other side', esta última con participación del mítico Lemmy Kilmister en composición, a quien Ozzy le pidió ayuda considerando que ya había colaborado en el clásico 'Mama, I'm coming home'. A las anteriores se sumarán canciones que retomarán la veta más dura del álbum como 'Thunder underground', 'Denial' o la extensa 'My jekyll doesn't hide', esto para finalmente complementar con dos baladas: 'My little man' y 'Old L.A tonight', donde el vocalista vuelve a mostrar su faceta más sensible y reflexiva. 

Mirado a treinta años de distancia Ozzmosis aparece como un álbum realmente especial en la carrara de Ozzy Osbourne. Efectivamente el disco abrió los oídos de muchos adolescentes de aquella época (me incluyo) mediante un conjunto que (esta vez si) lograba sonar "noventero", un trabajo oscuro centrado en sus guitarras pero que también equilibraba dicha búsqueda con momentos tremendamente emocionales. El disco es también significativo dado que el vocalista nunca más en su carrera fue capaz de generar (con su música en solitario) algún fenómeno dentro del mainstream. En 1997 publicaría el compilado The ozzman cometh (que incluyó el subvalorado single 'Back to earth', vaya temazo...) y recién en 2001 llegaría un genérico Down to earth como sucesor de estudio. La sensación que queda por tanto es que el vocalista no pudo darle a este buen momento la continuidad que merecía, idea que se refuerza cuando recordamos que lo siguiente realmente significativo en su carrera fue la exposición junto a su familia en el reality show "The Osbournes", lo cual vuelve a este Ozzmosis una pieza arqueológica aún más interesante de volver a revivir, sin embargo, la tarea ya estaba hecha y aquello el inglés se lo debió a este, su último GRAN álbum.

¿Canciones? 'Perry Mason', 'I just want you' y 'See you on the other side'.