miércoles, 4 de febrero de 2026

1914: Viribus Unitis (2025)

 "La guerra que nunca termina: el infierno en la tierra..."

Entrar en un álbum de 1914 es una experiencia asegurada y satisfactoria. Es adentrarte en una lección de historia pero no en "modo documental" si no más bien empapándote de una banda que entiende como recrear el drama inconmensurable y la crueldad de la guerra, esta vez eso si con una salvedad no menor: los ucranianos saben muy bien de esto pues paradójicamente les ha tocado sufrir en carne propia durante estos años la invasión por parte de Rusia en sus territorios, situación que no se puede dejar de lado a la hora de escuchar un álbum como Viribus unitis. De seguro cuando 1914 comenzaron con esta expedición musical diez años atrás jamás imaginaron que aquella masacre vivida en Europa a comienzos del Siglo XX acabaría resultándoles tan lamentablemente cercana en pleno 2025, sin embargo, acá estamos como humanidad repitiendo patrones, tropezando con las mismas rocas una y otra vez. Que tristeza.

Yendo a la música lo que los ucranianos vuelven a entregar a cuatro años de aquel notable Where fear and waepons meet (2021) es otro trabajo aplastante, una obra pensada al detalle que realiza un recorrido cronológico por la Primera Guerra Mundial deteniéndose con cada canción en un año determinado y suceso relevante durante el conflicto, siempre desde la mirada del derrotado, es decir, el Imperio Austro-Húngaro. En dicho sentido y como cada disco de 1914, la experiencia se enriquece enormemente siguiendo la historia que se nos narra desde las líricas, lo cual se complementa con las notables interpretaciones de Ditmar Kumarberg y una musicalización que genera esas necesarias atmósferas de violencia, terror y espanto. De esta forma, tras la ya tradicional transmisión de radio que introduce al álbum y busca empaparnos del contexto histórico el álbum se lanzará sobre las aceleradas '1914 (The siege of Przemysl)' seguida de los nueve minutos de la monumental '1915 (Easter battle for the Zwinin Ridge)', esta segunda con un tono impecable, narrando en su primera parte la batalla misma ("Esperen que suban la colina / Ahí disparen a matar / ¡Dejen que se pudran ahí!") para luego dar paso a un épico coro en ucraniano que no puede dejar de leerse como un primero guiño (de muchos) a la dramática situación actual que se se ha vivido en la zona durante estos años.

"Mis montañas, cimas grises, ríos que llevan sangre hasta el suelo.
Gritos de dolor, rugido de muerte, nuestro fuego ha caído furioso.
El trueno de los cañones resuena por el valle arrojándonos a un torbellino sangriento.
Los ríos lloran, las montañas gimen, la muerte llegará para el moscovita aquí.
¡Esta es mi tierra!"

La historia continuará con los intentos por parte del Imperio Austro-Húngaro de atacar Italia (conllevando una pérdida de más de 150 mil hombres), hechos abordados tanto en '1916 (The südtirol offensive)' como '1917 (The Isonzo front)'. Ambas meten pie a fondo en el acelerador y por lo mismo, bajar los tiempos para acercarse a sonidos más espesos durante los siguientes veinte minutos resulta todo un acierto. El año 1918 será entonces abordado mediante tres piezas que de la mano de un death/doom entregarán los momentos más terroríficos en todo el trabajo. De esta manera, 'Pt 1: WOA (Wound of action)' relatará el drama que anticipa la derrota ("El caos reinó y las líneas del frente se rompieron / Las armas se dejaron de lado, las posiciones se perdieron / El 19 de junio, la resistencia se encontró con fuego despiadado..."), 'Pt 2: POW (Prisoner of war)' intenta transmitir el infierno de la guerra para cerrar repitiendo un solo deseo ("¡Esta debe ser la última guerra que peleemos en muchos años!"), mientras que en 'Pt 3: ADE (A duty of escape)' relatará la tragedia de tres soldados que tras ser liberados deberán sobrevivir para lograr volver a Austria con sus familias (no sin antes haber perdido a alguno en el camino), esto en medio de una estructura sale de la zona de confort de la banda entregando un diálogo entre los registros limpios del invitado Aaron Stainthorpe (de My dying bride) y los oscuros guturales de Kumarberg. 

Finalmente, por si alguien le quedaba alguna duda respecto hacia donde han querido ir 1914 con este álbum, la banda decide cerrar el viaje con clarísimas referencias hacia su tierra. Primero mediante '1919 (The home where I died)', donde el invitado Jerome Reuter desarrolla un sentido relato sobre un melancólico piano, enfrentándose al post trauma con referencias explícitas respecto a la liberación de Ucrania ("Mientras yo era prisionero los polacos capturaron Lviv / Ahora los bolcheviques intentan tomar Kiev / La guerra ha comenzado de nuevo..."), relato que acabará cerrando la canción con la repetición de un doloroso lamento ("La guerra que nunca termina"), mientras que 'War out (The end?)' pone broche al álbum como suele ser costumbre, mediante una marcha bélica que se oye en una radio de la época, la cual en ucraniano enarbolará cánticos de esperanza para una tierra desbastada por la guerra.

"Ucrania aún no ha muerto; ni gloria ni libertad. 
El destino nos sonreirá, hermanos de la juventud. 
Nuestros enemigos perecerán como el rocío al sol. 
Nosotros, hermanos, también prevaleceremos..."

Si bien las temáticas que 1914 tienden a abordar lucían algo lejanas en discos anteriores, el contexto  bélico actual ha provocado un giro para los ucranianos. El infierno de la guerra ya no se trata para ellos de relatar tragedias de un siglo atrás. Hoy el sentimiento se encuentra abierto. Han vuelto por tanto a entregarnos un disco necesario y que trasciende lo anecdótico. La banda no desea caricaturizar la guerra y menos glorificarla, muy por el contrario lo que buscan es transmitir el grito desesperado de una tierra que no termina de sufrir, incluso en pleno 2026. 

¿Canciones? '1915 (Easter battle for the Zwinin Ridge) y todo el tridente dedicado a 1918.

9/10
Brillante.

sábado, 31 de enero de 2026

Soulfly: Chama (2025)

 "Amor por el metal..."

Es cierto que la excesiva producción por parte de Max Cavalera ha conspirado en contra de su legado. Y es que durante estos últimos quince años ha sido tanto lo que ha publicado, ya sea junto a Soulfly como en bandas paralelas, que tendemos a pasar por alto el nivel que el guitarrista/compositor continúa ostentando. En el caso de este, su proyecto principal desde hace ya casi treinta años, trabajos como Archangel (2015) o el notable Ritual (2018) le honran y dan muestras del amor con que el brasileño continúa componiendo y entregándose al metal, algo que se corrobora en su más reciente Chama, este con la particularidad además de ser un álbum donde Cavalera ha colaborado fuertemente con su hijo Zyon, quien ya había participado en la composición para el anterior Totem (2022) pero que acá además se ha encargado de la producción junto a Arthur Rizk. El resultado se resume en diez canciones tremendamente agresivas pero que gozan de una frescura que impacta, con un sonido potente pero que se sostiene en los diversos arreglos que presenta.

Por supuesto que Max Cavalera no va a llegar a estas alturas a reinventar la rueda por lo que este conjunto tenderá a ir por donde le conocemos, dígase, ese thrash/groove desaforado y veloz dispuesto a cortar cabezas. El punto es que dentro de aquel espectro logra elevar cada canción con enorme tino y talento. De hecho, abrirá este álbum rememorando inevitablemente los tiempos del Roots (1996) de Sepultura con esos guiños al sonido tribal tan presentes en el instrumental 'Indigenous inquisition' que abre y luego en el alegato furibundo que es 'Storm the gates', que se lanza a esa clásica exclamación de consignas rabiosas por parte del vocalista ("!Lucha contra el poder! / !Lucha contra la codicia! / Los ancestros me cuidan / Cumple mi profecía..."). En adelante el asunto lejos de bajar el nivel sostendrá la fuerza y el peso en canciones como 'Nihilist' (colaborando con Todd Jones de Nails en esta), la espectacular 'No pain = no power', con participación en guitarras de Dino Cazares (lo cual seguro ha colaborado en que el tema tenga esos aires a Fear factory con esos coros limpios) y en voces de Gabriel Franco (Unto others) y Ben Cook (No warning) o una apabullante pero breve 'Ghenna' (donde los solos los ha puesto Michael Amontt de Arch enemy). Como se lee, la lista de amigos que han puesto si granito de arena es extensa, asunto que ha terminado enriqueciendo al disco en términos de estructuras y arreglos. 

Ya entrando en la recta final 'Black hole scum' se anotará como la más extensa del disco gracias a ese minuto y medio final que te sumerge con sus guitarras en una terrorífica atmósfera, 'Favela / Dystopia' retomará al violencia del sonido para a medio tema regalar exquisitos pasajes melódicos, mientras que 'Always was, always will be...' + el instrumental 'Soulfly XIII' bajarán revoluciones y regalarán una necesaria calma para acabar cerrando el viaje con otra notable composición como 'Chama', que avanza desde la agresión hasta la tranquilidad con muchísima fluidez y elegancia.

La tentación de encumbrar a Chama como el mejor álbum de Soulfly en casi veinte años es grande. El tiempo se encargará, sin embargo, lo que nadie podría negar es que el álbum sorprende e impacta por el nivel de la propuesta sumado a un amor por el metal que se percibe en cada una de estas canciones. Max Cavalera no se conforma con solo "cumplir" y ser mera nostalgia, el tipo es presente y ahora junto a su hijo es capaz de agigantar aún más su legado. Bendito sea...

¿Canciones? 'Nihilist' , 'No pain = no power' y 'Black hole scum'.

8,2 / 10
Excelente.


Otras reseñas de Soulfly:
2022: Totem

miércoles, 28 de enero de 2026

Despised Icon: Shadow Work (2025)

 "Autenticidad y violencia..."

Entrando ya a los últimos discos de 2025 que se me fueron quedando en borradores he decidido volver a la oscuridad del metal. Y que mejor que hacerlo con los siempre notables Despised icon. Veinte años de carrera les avalan pero también el que como toda banda inteligente los canadienses han sabido hacer esperar cada uno de sus lanzamientos, lo cual seguro colabora en que cada uno de ellos se sienta fresco, sin elementos forzados ni vueltas de tuerca innecesarias. Vuelven por tanto con su séptimo disco de la mano de esa humildad que les caracteriza, lejos de los virales y el mainstream pero dictando cátedra de como se trabaja un deathcore brutal, violento pero honesto. Once canciones que rondan los tres minutos de duración sin alardes ni efectismos, simplemente metal puro y duro que apunta directo a la médula del género abordando temas como la resiliencia ante el dolor y la fortaleza que implica el enfrentar nuestros rincones más oscuros.

Lo anterior aparece desde un comienzo con ese grito que repite 'Shadow work' (la canción), un "¡Find a way out!" que no es más que una invitación a enfrentar procesos internos de sanación, a encontrar el camino en medio de un sonido violento y acelerado que sabrá expresar a la perfección la desesperación del relato. Esta idea de la introspección será transversal a lo largo del disco, lanzando en 'Over my dead body' líneas tan potentes como "Confía en el proceso, el dolor es progreso..." o reflexiones del tipo "Obstáculos siempre aparecerán pero... ¿estos apagarán la llama?", así como en la tremenda 'Death of an artist' hablando de la destrucción del ego y el alejamiento de los focos para poder renacer. 

Desde lo musical todas las canciones pese a lo breves poseerán un elemento común su cada una de sus estructuras: dos minutos que desarrollan un determinado tiempo para en la recta hacer el giro y aportar diversidad ya sea de velocidad como de arreglos. Destaca lo que hacen en 'Reaper' , junto a las voces de Tom Barber (Chelsea grin) y Scott Ian Lewis (Carnifex), llevando el tema hacia lugares más densos y oscuros, así como esa cosa más death que desarrollan en 'Obssesive compulsive disaster' o el gustito que se dan en 'The fallen' al cerrar el álbum con cuerdas acústicas, sin embargo, más allá de particularidades todo el disco funcionará en perfecta continuidad.  

Lo que encontramos por tanto en Shadow work es una consecución de canciones tremendamente agresivas, de producción exquisita y que seguro encontrarán buena conexión con cualquier amante del metal que busque autenticidad y violencia en la música. Despised icon no necesitan llevar sus canciones a los cuatro o cinco minutos ni meter orquestaciones dramáticas para generar impacto. Recurren más bien a ese sentimiento rabioso propio del metal el cual complementan con impecables ejecuciones en velocidad y bestiales vocalizaciones dictando cátedra con esto a pares y nuevas generaciones (aló, Lorna Shore?) de como se hace esto. 

¿Canciones? 'Over my dead body', 'Death of an artist' y 'Reaper'

7,8 / 10
¡Muy bueno!


Otras reseñas de Despised icon:

domingo, 25 de enero de 2026

30 Años De... The Smashing Pumpkins : Mellon Collie And The Infinite Sadness (1995)

 "Obra monumental y atemporal..."

Hora de escribir respecto a uno de los álbumes más extraordinarios de nuestra era. Por lo mismo, la tarea no es cosa fácil y la pregunta cae de cajón: ¿Por dónde comenzar? Quizás lo más sensato sería recordar en donde se encontraban The smashing pumpkins para 1995. Ahí habría que mencionarle a los más jóvenes que por aquel entonces la banda no era considerada "consagrada" dentro de la escena e incluso, pese a que hoy álbumes como Gish (1991) o Siamese dream (1993) son mirados como objetos arqueológicos de culto, los pumpkins aún eran mirados como una "apuesta alternativa" al lado de otros como Nirvana, Pearl Jam y toda esa ola grunge que había consumido todo a comienzos de los noventa. Lo anterior a pesar del éxito de hitazos como 'Disarm' o 'Today', que gozaron de bastante rotación en radios o canales de videoclips (como MTV, que en aquellos años era el claro eslabón que separaba a los artistas del anonimato). Dicho lo anterior, este disco llega para cambiarlo todo y registrar con letras doradas a William Patrick Corgan como un compositor de elite. En simple: hiciera lo que hiciera Corgan después de este 1995, un álbum como Mellon collie and the infinite sadness ya lo había dejado anotado en la historia. Bueno, a él y a sus nobles compañeros de banda.  

Si tuviera que resumir en una sola virtud la gloria alcanzada por este álbum tendría que mencionar la impresionante diversidad que ostenta. El disco es un desborde de melodías y canciones, un álbum doble de veintiocho canciones en total en donde la banda explota el amplio espectro sonoro/emocional que habían sido capaces de insinuar en el pasado, yendo desde furiosas guitarras hasta pasajes tremendamente tristes y melancólicos, los cuales se complementan con más de algún momento ameno e incluso tierno, esto en un álbum que en lugar de apostar por el viaje "coherente" decide a propósito ser una especie de "álbum blanco" de The Beatles, es decir, una mezcolanza de sonoridades con giros bruscos, una especie de collage de manchas en donde alternan deliberadamente distintos colores que arman un cuadro que luce sorprendentemente armónico. 

Lo anterior se declara en el disco desde un comienzo, abriendo con una hermosa y delicada pieza instrumental al piano que se enlaza con la grandilocuencia pop de 'Tonight, tonight', un himno destinado a la inmortalidad que entre potentes vientos dedica sus líneas a abrazar la esperanza en medio de ese camino que significa el volverse adulto ("Cree que la vida puede cambiar / Que no estás atascado en vano / No somos los mismos / Esta noche somos diferentes..."), para luego meter de golpe la fuerza incontenible de algo como 'Jellybelly' o el rock duro de la fantástica 'Zero', dos que beben un tanto del sonido del anterior Siamese dream (1993) y que coquetean incluso con el metal. Por cierto, en todas las mencionadas comienza a brillar con luces propias el trabajo en batería del increíble Jimmy Chamberlin, un tipo capaz de entregarle identidad a cada canción, ya sea en momentos agresivos como otros más en calma. 

En adelante el álbum continuará con esta oscilación entre emociones. Sonará, por ejemplo, la ira desatada del neo clásico 'Bullet with buttlefly wings', que fue el primer single promocional del álbum e impactó por sus rabiosas reflexiones en torno a la fama y el éxito con líneas tan sinceras como "El mundo es un vampiro..." o "A pesar de mi rabia aún soy una rata enjaulada...", la cual se conectará con la tristeza en acústico de 'To forgive' (de las más oscuras en todo el álbum) donde Billy Corgan volverá a referirse (como en el pasado con 'Disarm') a los fantasmas más dolorosos de su infancia ("Hijo bastardo de un hijo bastardo / Un niño de ojos salvajes del sol / Y justo como la lluvia / No soy el mismo, pero me siento igual..."). De igual forma el rock salvaje de 'An ode to no one' se enlazará con el sobrecargo psicodélico de 'Love' y la delicadeza de 'Cupid of locke', esto para anticipar una recta final del Disco 1 impresionante, con una conmovedora pasada introspectiva en 'Galapogos' ("No negaré el dolor / No negaré el cambio / ¿Y si cayera en desgracia ? / Aquí, contigo / ¿Me dejarás también...?") la cual deriva en  'Muzzle', una intensa canción de amor que recae en varias de las reflexiones más brillantes en la carrera de Corgan ("Y conocía el vacío de la juventud / La soledad del corazón / Y conocía los murmullos del alma..."), esto para cerrar el primer acto con la extensa y potente 'Porcelina of the vast oceans' seguida de la calma de 'Take me down', la primera interpretada y compuesta por el guitarrista James Iha

Lejos de bajar el nivel, la avalancha que significó toda esa primera parte del trabajo encuentra perfecta consecución en la segunda. Acá momentos tremendamente agresivos que se viven en 'Where boys fear to tread' + 'Bodies', una saturada 'Tales of a scorched earth' o la derechamente violenta 'X.Y.U', se conectan con la delicadeza de 'Thirty three', la oscuridad de 'In the arms of sleep', ternura de 'Stumbleine' o la emocionalidad de la espacial 'Thru the eyes of ruby', que destaca por las exquisitas atmósferas que generan sus guitarras. Y como si todo lo anterior fuese poco, entre estas sonará el hitazo '1979', un medio tiempo notable que gracias a su singularidad logró transformarse en un verdadero clásico generacional. 

Si hay algo que algunos reprochan a este álbum es su pasada final. Hay quienes consideran que canciones como 'We only come out at night' o 'Lily (my one and only)' en su simpleza no logran estar a la altura del resto. En lo personal las acepto pues estas me parece traen de regreso una calma necesaria considerando la locura de disco que venía sonando, además de que se complementan con cosas preciosas como 'Beautiful', 'By starlight' o la hermosa 'Farewell and goodnight' (la segunda escrita por James Iha) cerrando así una lista extensa de canciones que arman una verdadera montaña rusa de emociones pero que logra destacar debido a la inspiración constante que derrocha. 

Mellon collie and the infinite sadness acabó quedando en la historia como una obra monumental atemporal que a la vez resulta muy difícil de clasificar. En estas 28 canciones encuentras rabia, violencia, momentos tremendamente melódicos, melancolía, tristeza, reflexión, esperanza, enamoramiento, entrega, decepción o desamor. Así como se lee. Hay guitarras frenéticas, rock acelerado, medios tiempos, pasajes psicodélicos, producciones limpias y otras cargadas a la saturación. De todo en un álbum enorme que dio muestras de un Billy Corgan en absoluto estado de gracia. La historia ya estaba escrita, y bueno, desde acá la banda solo se podía comenzar a desmoronar. Y así efectivamente fue...

¿Canciones? 'Tonight, tonight', 'Bullet with butterfly wings', 'Muzzle', 'Bodies', '1979' y 'Thru the eyes of ruby'.

jueves, 22 de enero de 2026

Dijon: Baby (2025)

 "Parámetros propios..."

De la mano de una mirada moderna y sofisticada cargada al R&B fue que cuatro años atrás se dio el debut de Dijon mediante un sólido Absolutely (2021), disco que de inmediato instaló al cantautor como una de las promesas más interesantes de la escena actual. Cuatro años pasaron y en 2025 lo hemos tenido de vuelta confirmando dichas sensaciones con un álbum relativamente breve (doce canciones en menos de cuarenta minutos) que centra su fuerza en una sucia producción, en el atrevimiento de los arreglos y propuesta sonora más que en los enganches individuales. Dicho en simple: Baby no es un disco de singles efectivos si no más bien un conjunto de pequeñas piezas que arman un sólido engranaje, uno que seguro resultará fascinante para cualquier amante de la experimentación en el sonido.

Desde que damos play al álbum por tanto nos encontramos con canciones osadas tanto en términos de arreglos como estructuras, ya sea moviéndose sobre la calma en 'Baby!' o yendo más al choque en 'Another baby!', ambas funcionando como claras declaraciones de intenciones por parte de un vocalista que no teme el jugar con sus registros, yendo abajo hacia los susurros o subiendo de golpe hacia el desgarro, trayendo con esto inevitablemente el recuerdo de Prince al presente, algo que se torna muy evidente en canciones más dinámicas como 'Higher!' o 'Fire!'. Dicho lo anterior, el elemento que cruzará transversalmente a todo el disco será la suciedad en la producción, ya sea centrándose en las percusiones como ocurre en '(freak it)', coqueteando con las melodías en la sinuosa 'Yamaha' (quizás la única en todo el álbum que podría pasar por un tema "ganchero"), con la agresividad en 'Automatic', o incluso yendo hacia momentos más íntimos en la pasada por 'Rewind' + ' My man' + 'Loyal & Marie', diez minutos en donde Dijon decide llevar su voz al límite de la desafinación (insisto, algo que a Prince le gustaba hacer bastante) pero generando con esto atmósferas tremendamente bien logradas y por cierto, únicas. 

Por sobre todo este Baby es un álbum valiente y libre, uno de esos discos que transmiten la desfachatez de funcionar bajo parámetros absolutamente propios. Hay una revisión interesante acá del soul con elementos psicodélicos entre canciones que escapan de los ganchos obvios y van más bien hacia experimentaciones sonoras ricas en cuanto a texturas. Uno de los grandes discos del año sin lugar a duda y que consolida a Dijon como uno de los compositores más talentosos de la actualidad. 

¿Canciones? 'Another baby!', 'Higher!', 'Yamaha' y 'My man'.

8,2 / 10
Excelente.

lunes, 19 de enero de 2026

Taylor Swift: The Life Of A Showgirl (2025)

 "Sumergida en la auto complacencia..."

A Taylor Swift le viene pesando desde hace bastante el exceso de productividad. A partir de 2019 hemos tenido cinco discos en seis años, demasiado. En este tiempo la estrella pop ha intentado oscilar entre álbumes íntimos cargados al acústico y otros más dinámicos en donde la electrónica prepondera. El problema ha sido el obvio: quien mucho abarca poco aprieta, y donde pudo haber espacio para un par de sólidos trabajos hemos tenido una seguidilla de mediocridades. En ese camino, este The life of a show girl se suma a la ya extensa lista de álbumes absolutamente olvidables de la vocalista donde quizás un par de canciones pueden salvarse de la quema pero, sinceramente, no mucho más. 

Nos encontramos acá por tanto ante doce canciones cual de todas más inofensiva. La mejor y única con la actitud necesaria es 'The fate of Ophelia', que es pop del bueno, activo y pegajoso (una cuyo tono se condice además con la portada y título del álbum). El resto, sin embargo, se mueve entre aburridos medios tiempos ('Father figure', 'Ruin the friendship', 'Wi$h li$t', 'Cancelled'), alguna jugarreta pop ('Opalite', 'Wood') y una que otra balada de manual en donde va al piano ('Eldest daughter' es ahí quizás la más interesante de todas gracias a su letra). Finalmente el conflicto sigue siendo el de siempre, canciones que se suceden sin nada realmente interesante que contarte desde lo melódico o en cuanto a arreglos, por lo que todo tiende al tedio en un disco sostiene la tendencia a la baja de una artista que parece llevar demasiado tiempo sumergida en la absoluta complacencia. 

No es nada fácil reinventarse en el éxito y bueno, los últimos años de Taylor Swift solo confirman la idea. 

¿Canciones? 'The fate of Ophelia'.

4/10
Malo.


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viernes, 16 de enero de 2026

Sabrina Carpenter: Man's Best Friend (2025)

 "Simpáticas subidas de tono..."

Tras haber dado el golpe comercial en 2024 mediante el genérico Short n' sweet tenemos rápidamente de regreso a Sabrina Carpenter. Y claro, el plato no debe enfriarse por lo que había que lanzar otro conjunto de canciones buenistas y pegajosas donde el foco está puesto 100% en las letras. Este Man's best friend hay que entenderlo por tanto desde ahí pues si alguien se va netamente a lo musical inevitablemente saldrá decepcionado pues lo que la vocalista muestra, más allá de alguna honrosa excepción, vuelve a apuntar a la canción facilona, de manual y por lo mismo, rápidamente olvidable.  

El punto fuerte (?) por tanto de este álbum están en los mensajes, en las constantes subidas de tono y el buen humor con el que Sabrina juega con el doble sentido todo el tiempo. En 'Manchild', por ejemplo, se reirá de su desgracia al recaer con un tipo inmaduro ("Por qué tan sexy siendo tan tonto? / Elijo culpar a tu madre...") mientras que en 'Tears', más cargada a la onda disco (rozando un plagio al clásico 'Upside down' de Diana Ross), será descaradamente sexual ("Me mojo solo de pensar en ti / Lágrimas corren por mis muslos..."). De esta forma se sucederán medios tiempos o baladas corrientes (enfocadas todas en historias con hombres) como 'My man on willpower' o 'Sugar talking', hablando de desamores, de rupturas y reconciliaciones en 'We almost broke up again last night' ("Tuvimos sexo y nos arreglamos / Le dijimos a nuestros amigos que fue una falsa alarma / Pero anoche casi terminamos otra vez...") o decepcionándose en 'Nobody's son'. 

El contraste entonces entre melodías dulces y letras provocadoras será constante a lo largo del disco siendo este ya un elemento característico en la performance de la estadounidense. En dicho sentido, la única que rompe un poco este molde es 'When did you get hot?', relatando la sorpresa de encontrarse con un viejo conocido que ahora está bastante bien ("Eras un chico horrible/ ¡Y ahora un tipo muy sexy! / Lamento no haber tenido visión..."), esto entre arreglos electrónicos algo sugerentes. Sin embargo, todo el resto del álbum navegará entre melodías de cuerdas o teclados bastante amenos y nada especiales. 

Man's best friend vuelve a mostrar por tanto al personaje que Sabrina Carpenter insiste en construir. Esa chica estereotipada (rubia y carita de inocente) pero descarada en sus mensajes y que hace uso del buen humor como arma. Desde lo musical el disco se debate entre simpáticas invitaciones al baile ('House tour' es otra que funciona) y baladas varias. Considerando lo rápido que ha llegado este disco respecto a su antecesor habría que decir que no está mal, aunque nuevamente, tampoco mucho más. 

¿Canciones? 'Tears' y 'House tour'.

6,5/10
Cumple y algo más...


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