CREO QUE LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CRUCE DE MÚLTIPLES VARIABLES. SIN EMBARGO, FRENTE A DICHA ALEATORIEDAD, LOS SERES HUMANOS TENEMOS EL PODER CADA DÍA DE CREAR O DESTRUIR. DE ENTREGAR O RETENER.Y ESTE SITIO ESTÁ DEDICADO A TODOS QUIENES HAN OPTADO POR CREAR, SEA DONDE SEA...
Increíble que tras quince años escribiendo acá nunca me haya referido a una leyenda como Helloween, pero bueno, nunca es tarde y acá estamos con el segundo álbum de la banda tras el regreso de Michael Kiske en 2017. El caso es que considerando el prolongado alejamiento del vocalista (en 1993 había dejado a la banda) existieron enormes expectativas respecto al retorno, materializado en un álbum homónimo de 2021 que apostó a seguro en la evidente búsqueda de satisfacer a los seguidores. Había que ver, sin embargo, por donde tiraban esta vez, si continuaban prolongando el camino seguro o intentaban romper un tanto los esquemas, que es por lo que finalmente se la han jugado durante cincuenta minutos bastante diversos donde matizan lugares comunes con uno que otro elemento que aporta frescura y que escapa de lo obvio.
Como es costumbre al interior de Helloween, acá componen varios y aquello particularmente en este disco se nota bastante, lo cual suma. Tenemos así canciones extensas de seis a ocho minutos como 'Giants on the run' (de fantástico coro) o 'Majestic', abriendo y cerrando el disco con momentos melódicos de gran nivel así como cambios estructurales donde aparece la mano creativa de Kai Hansen (ambas son también lo más interesante que trae el disco en materia de arreglos), piezas veloces algo más tradicionales dentro de lo que solemos oír dentro del powermetal tipo 'Savior of the world', 'We can be gods' o la notable 'Universe (gravity for hearts)', mientras que la nota diferente y curiosa llegará con 'A little is a little too mucho' o 'This is tokyo', composiciones de Andi Geris que se encuentran empapadas de glam metal al punto de sonar bastante a bandas como Scorpions (la primera) o incluso al Bon jovi ochentero (la segunda). Este variado cóctel será complementado con una balada de manual como 'Into the sun', el medio tiempo 'Hand of god' o la alegre 'Under the moonlight', aportando estas un elemento distintivo para un disco que va y viene constantemente, que si algo asegura es la entretención.
Si el objetivo de los alemanes era no repetir con calco la apuesta de 2021, pues han triunfado. Uno que otro momento de alto tonelaje, alguna cosita curiosa y un conjunto que en lo suyo cumple de sobra es lo que nos entregan en Giants & monsters, justificando el regreso y mostrando su estampa de leyenda, lo cual tras tras cuarenta años de carrera es enorme.
¿Canciones? 'Giants on the run', 'Universe (gravity for hearts)' y 'Majestic'.
No hay sorpresas respecto a lo que una banda como Lorna shore viene entregando disco a disco, quienes desde sus inicios se lanzaron en busca de un sonido brutal pero curiosamente a partir de la incorporación de Will Ramos en 2021 fue que comenzaron a experimentar su período comercialmente más exitoso. En dicho sentido, las cosas por su nombre: gran parte de la atención que la banda ha generado en estos años se debe al talento interpretativo del mencionado vocalista, quien ha sabido combinar registros violentos con una especie de lamento constante, un quejido rabioso y gutural marcado por el drama, el cual claramente ha encontrado aceptación en un determinado público joven. El resto lo ha puesto la banda, que no es poco, sabiéndole entregar un contexto idóneo a los alaridos de Ramos, con guitarras afiladísimas, una batería frenética e importantísima presencia de teclados.
Como sea, en este I fell the everblack festering within me reconocemos una perfecta continuación de lo que fue Pain remains (2022), es decir, un deathcore violento enmarcado en interpretaciones y atmósferas siempre dramáticas. Desde un comienzo por tanto se dejarán sonar canciones veloces, extensas y con fuerte presencia de teclados, temas de siete a ocho minutos como 'Prison of flesh' u 'Oblivion', donde Lorna shore claramente se esfuerzan por entregar el sonido más agresivo posible y mostrar credenciales en dicho sentido. Habrán espacios por supuesto para el "lucimiento" vocal de Will Ramos y sus guturales de cerdo, los cuales aparecerán en determinados momentos de las canciones mencionadas o más adelante en 'Unbreakable' o 'Death can take me', momentos en donde la banda literalmente detiene la música para que el vocalista realice sus ya tradicionales solos.
Como problema evidente para el álbum estará eso si el exceso de canciones. Y es que con algo así de pesado no se entiende la necesidad de llegar casi a los setenta minutos de música, algo que también ocurre con varias canciones, muchas de ellas no justifican su duración en absoluto entregando dos o tres minutos finales que son meros alargues para que Ramos se ponga a vocalizar ('Oblivion', claro ejemplo). Inevitablemente tanta vuelta artificial y forzada en las canciones termina sacándote del álbum, lo cual resulta lamentable considerando que el nivel técnico e interpretativo en general es realmente impresionante. Habrá que ver si en una siguiente entrega estos detalles comienzan a corregirse...
Tras dos discos marcados por un apabullante death técnico los estadounidenses Rivers of nihil decidieron desafiar al género mediante la pasada por los complejos y profundos Where owls know my name (2018) + The work (2021), y bueno, dividieron aguas. Hubo quienes sintieron que la banda se perdió en el progresivo y estuvimos quienes alucinamos con la jugada. Dado lo anterior, no era fácil la movida que debían realizar para este quinto álbum, más aún si consideramos la partida de su vocalista principal Jake Dieffenbach, lo cual obligó a re estructurar el buque y ver como seguían. Considerando todo esto no resulta extraño el que publiquen un álbum que pretende en cierto modo definirlos (de ahí el título homónimo) recapitulando todo lo que han sido hasta ahora, el problema es que les ha quedado algo "formulero" perdiendo con ello ese elemento de frescura que caracterizó la carrera de la banda durante su primera década.
A lo largo de estos cincuenta minutos de música encontramos por tanto acá ejecuciones técnicas impecables (eso no lo pierden claro está) y una producción que sabe sacarle partido a aquello, sin embargo, en términos de estructuras el asunto apunta constantemente hacia donde mismo: death agresivo con momentos marcadamente melódicos (en coros principalmente). No hay sorpresa por tanto en canciones como 'The sub-orbital blues', 'Criminals', 'Evidence' o 'American death', alguna gustará más, alguna menos pero en ellas se desarrolla un lugar bastante común del metal actual, siendo los momentos de calma con pasajes atmosféricos de la balada 'Water & time', 'House of light' (donde realiza aparición su ya clásico saxofón) o 'The logical end' donde Rivers of nihil parecen intentar romper el esquema habitual, el problema es que todo esto lo han hecho antes (mucho) mejor por lo que el disco acaba luciendo como un mero pastiche pobre de trabajos pasados.
Viniendo desde algo como The work evidentemente este álbum homónimo queda muy mal parado. De una colección conceptual con canciones atrevidas, complejas e interesantes de seis a siete minutos pasamos a un conjunto directo y obvio con pocos matices realmente atractivos. Casi un disco lanzado por cumplir. ¿Un paso hacia atrás entonces? Eso el tiempo lo dirá, por ahora este álbum homónimo se entiende como un necesario respiro en medio de una discografía que venía en claro ascenso.
¿Canciones? 'The sub-orbital blues' y 'House of light' .
La historia es conocida: durante los años noventa tanto Rob Halford como Judas priest desarrollan caminos por separado. El vocalista coqueteó primero con el groove metal mediante el proyecto Fight (reclutando a Scott Travis en batería), luego experimentó con la electrónica en Two (acompañándose de John 5) para finalmente reencontrarse con un heavy metal de corte más tradicional con Halford (la banda). En dicho sentido, si algo no se le puede criticar al buen Rob es que durante aquellos años se mantuvo en constante búsqueda, sin embargo, los resultados fueron irregulares. Digamos que le costó hacer pie. Ahora, curiosamente cuando mejor le estaba yendo (con Halford publicó dos álbumes y había logrado re encantar al fin a nuevas generaciones) llegó la noticia en 2004 de un posible reencuentro junto a Judas priest, quienes habían extraviado completamente el norte con Tim Owens como vocalista, publicando dos álbumes de baja repercusión como Jugulator (1997) y Demolition (2001). Quedaba en el aire por tanto la incógnita respecto a quien ganaba con esta vuelta, ¿podrían juntos dar un paso hacia adelante o esto se transformaría en un mero guiño a la nostalgia?
Finalmente junto a Roy Z en producción finalmente Judas priest se lanzan en la búsqueda de un álbum que justificase el regreso y ahí el resultado acaba siendo de dulce y agraz. Esto porque si bien las canciones que componen este Angel of retribution en general son sólidas y funcionan, como conjunto desprenden cierta sensación de complacencia. De hecho, tan así es el asunto que lo mejor de este disco se encuentra en su segunda parte, en su recta final, pues antes la banda se esforzó más que nada en afirmar el terreno entregando una serie de lugares comunes de su sonido, dígase, temas relativamente agresivos como 'Judas is rising' o 'Demonizer', sostenidos ambos en el redoble constante del siempre sólido Scott Travis, así como rocanroles "motoqueros" estilo 'Deal with the devil', 'Worth fighting' for' o 'Wheels of fire', medios tiempos melódicos (en la primera acelerando un poco más) que se dejan oír pero que ciertamente suenan bastante inofensivos. Paradójicamente dentro de toda esta primera parte la canción en donde más riesgos corrieron fue la que peor resolvieron: 'Revolution', un tema que muestra varias interesantes ideas en el camino (esa partida con el bajo de Ian Hill, por ejemplo) pero jamás encuentra la fuerza que requería, quedándose en un resultado insípido. Por cierto, extraño el que tras quince años de separación hayan decidido que una canción como 'Revolution' fuese el primer single del disco. Curioso y confuso.
Dicho todo lo anterior, si hay un momento en que el álbum se muestra inspirado y encuentra notables momentos es en su recta final. La balada 'Angel', por ejemplo, cuenta con una partida acústica que recuerda un tanto la mítica 'Beyond the realms of death' para luego ir ganando fuerza y emocionalidad, 'Hellrider' se impone al mostrar una cara más agresiva de la banda mientras que 'Eulogy' + 'Lochness' aportan quince minutos rebosantes en épica en un tipo de canción espesa y empapada en melancolía, atmósferas que por cierto la banda intentaría unos años más tarde profundizar en el polémico Nostradamus (2008).
Mirado a distancia, Angel of retribution es un disco que cumple. También es un trabajo al que inevitablemente todos quienes amamos a la banda le tendremos siempre un cariño especial, sin embargo, objetivamente representa también un conjunto irregular que intenta abarcar muchas aristas sin lograr encuadrarlas como corresponde.
¿Canciones? 'Angel', 'Hellrider' y 'Eulogy' + 'Lochness'.
Antes que todo, un anticipo: quiero que este octubre de 2025 sea un mes dedicado al metal acá en el blog. De comienzo a fin. Y me parece no puede haber mejor disco para comenzar que este, un verdadero histórico del género...
Abramos haciendo algo de historia. Los años ochenta fueron una década de masificación y consolidación para Judas priest, quienes tras el éxito de British steel (1980) supieron encajar una pasada gloriosa mediante Screaming for vengeance (1982) + Defenders of the faith (1984). No es nada fácil reinventarse en el éxito, sin embargo, por lo que tras estos los ingleses dieron pasos erráticos, primero coqueteando con sonidos descaradamente comerciales en Turbo (1986) para luego intentar recuperar fuerzas con el potente Ram it down (1988), disco que decantó hacia sonidos más duros, encaminado hacia afiladas guitarras y un Rob Halford pletórico en cuanto a interpretaciones vocales exigentes, ahí quedan 'Ram it down' (la canción), 'Heavy metal' o la fantástica 'Blood red skies' como pruebas de lo dicho.
Ram it down estuvo (muy) bien pero existía aún un pequeño gran detalle: salvo contados momentos, la banda seguía sonando a heavy metal ochentero y para una siguiente jugada necesitaban correr el cerco, a lo cual se sumó la renuncia al proyecto de Tom Allen (quien produjo todos sus discos previos entre 1980 y 1988) y el baterista Dave Holland, quienes comunicaron para 1989 que por diversas razones no seguirían trabajando con la banda. Digamos que todo se confabuló para la existencia de un álbum tan brutal como Painkiller, esta vez con Chris Tsangaridesen producción (quien había trabajado como ingeniero para ellos en Sad wings of destiny) y el debut en batería de un joven Scott Travis. Finalmente con todo dispuesto, quien diría que la banda acabaría por parir no solo su trabajo más duro a la fecha si no que toda una obra maestra del metal, un conjunto sin ripio alguno que supo conjugar fiereza con emocionalidad como pocas veces se ha visto.
Painkiller es todo aciertos, comenzando por la duración: solo nueve canciones + una breve intro. ¿Para qué más? Conscientes seguramente del nivel de material que tenían en sus manos no quisieron arruinarlo con relleno insustancial (como si ocurrió en Ram it down) y más bien entregarnos un puñetazo directo al cerebro. Y para muestra, la absolutamente increíble apertura con 'Painkiller' (la canción), seis minutos que muestran a toda la banda completamente desquiciada en su metro cuadrado, construyendo una estructura que avanza a la velocidad que la batería de Scott Travis propone, con un Halford extraordinario y las guitarras de Glenn Tipton + K.K Downing regalando una serie de duelos sencillamente impresionantes. Que decir, mejor comienzo imposible.
Habiendo declarado intenciones, en adelante el álbum se debatirá entre canciones que son un desborde de energía pero centran su poderío en el trabajo melódico, como 'Hell patrol', 'All guns blazing' o la increíble 'Night crawler' (¡bendito seas Rob!) y otras en donde el asunto volverá a desatarse privilegiando la velocidad ante todo pero aportando un elemento de oscuridad y violencia en el sonido, algo inaudito en Judas priest hasta 1990, ahí tienes 'Leather rebel' o 'Metal meltdown' como ejemplos (Scott Travis está gigante en ambas) . Ya en la recta final del álbum tanto 'Between the hammer & the anvil' como 'One shot of glory' aparecen como dos temas algo más genéricos y que se limitan a cerrar el álbum de manera contundente, aunque entre estas aparecerá la singular y emocional 'A touch of evil', un tema sensacional que oscila entre los toques vampirescos y una atmósfera sexy que la banda sabe reproducir de manera genial recurriendo a los teclados.
No deja de ser curioso que habiendo llegado tan alto tras casi veinte años de carrera (lo cual vuelve aún más meritorio un disco como Painkiller) la banda haya abruptamente se haya disuelto. Cuenta la leyenda que Rob Halford comenzó a desarrollar nuevas inquietudes musicales (desarrolladas posteriormente en el proyecto Fight a partir de 1993), asunto poco aceptado por el resto de la banda, lo que terminó provocando el inevitable quiebre. Sin embargo, en la historia había quedado ya tallada en piedra está increíble jugada, motivo de eterna admiración dentro del mundo del metal.
¿Canciones? 'Painkiller', 'Hell patrol', 'Night crawler' y 'A touch of evil'.
Soy el primero en aplaudir una declaración tan políticamente incorrecta como la que lanzó Brett Anderson semanas atrás a propósito de la publicación de este Antidepressants. "Estoy convencido de que ninguna banda de nuestra generación continúa publicando álbumes tan significativos como los nuestros" - ha dicho. Y no puedo estar más de acuerdo con él. Es que en tiempos donde el rock ha perdido prácticamente todo su arraigo popular y lo que genera dinero es la nostalgia por la nostalgia (aló, ¿Oasis?), tiene valor el que Suede se hayan marginado de todo aquello abrazando un camino propio a partir de su regreso en 2013. En la ruta quedó un correcto álbum como Bloodsports seguido de los dramáticos Night thoughts (2016) + The blue hour (2018), sin embargo, lo que nadie seguramente vio venir fue el que la banda decidiese enfocarse en adelante en una arista tan personal, visceral y cruda como la que han mostrado tanto en el excelente Autofiction (2022) como en este nuevo lanzamiento, dos álbumes absolutamente hermanados en cuanto a temáticas y sonido.
El paso hace total sentido, sin embargo. Luce genuino. Los años pasan por lo que emular los inicios de la banda sería un absurdo. La voz de Anderson tampoco es la misma, le cuestan los agudos y parte de su textura inevitablemente se ha quedado en el camino. Por lo mismo, un sonido árido, directo, golpeado saca mejor partido a lo que pueden ser hoy, esto enmarcado en líricas reflexivas que se refieren constantemente al paso del tiempo y la necesidad de vivir el presente a todo lo que da. En dicho sentido, Suede le continúan cantando a aquellos que, ahora adultos, simplemente no encajan. Esto entre líneas que reconocen el esfuerzo que implica el reencantarse con la vida.
Yendo a la música propiamente tal, lo que Suede presentan acá es efectivamente una continuación del sonido post punk presentado en Autofiction. Una colección de canciones por sobre todo regulares en un álbum que se deja oír sin problemas durante cuarenta minutos que no presentan punto bajo. En dicho viaje el combo guitarras + batería + voz funciona de maravillas, encajando una tríada como 'Disintegrate' + Dancing with the europeans' + 'Antidepressants' que seguro funcionará perfecto en los conciertos de la banda, para luego continuar regalando coros exquisitos (´Sweet kid' o 'Trance state') y energía a destajo ('The sound and the summer' o 'Broken music for broken people'), todo esto matizado con una balada como 'June rain' o un par de momentos muy dramáticos inteligentemente puestos en el nudo y final del álbum, como 'Somewhere between an atom and a state' o 'Life is endless, life is a moment', en las cuales Brett nos vuelve a gritar la necesidad de entregarse a la vida.
No cabe duda el que Suede ha vivido un verdadero renacer durante estos últimos doce años de existencia. Han sabido ahí reformularse como agrupación en la búsqueda de un sonido que se ajuste a la madurez que expresan en sus mensajes. Disco a disco continúan regalándonos pasajes que desafían el paso del tiempo, se les oye absolutamente vivos y aquello no puede si no emocionar. Benditos sean por eso...
¿Canciones? 'Disintegrate', 'Dancing with the europeans', 'Life is endless, life is a moment'.
Los noventeros tuvimos a Green day o The offspring como referentes de ese punk pop jovial de buen rollo, y bueno, los dosmileros seguro tuvieron (y siguen teniendo) a The hives, quienes disco a disco continúan proponiéndose el entregar un rock de garage directo y juvenil (no avanza el tiempo para ellos claramente) dispuesto a funcionar en sus conciertos y en tus oídos transformarse en un verdadero shot de adrenalina. No hay muchas novedades por tanto en un álbum que llega tan solo dos años después del correcto The death of Randy Fitzsimmons (2023) y tampoco es que las esperásemos, sabemos muy bien por donde van los suecos y ellos continúan limitándose a aquello.
A destacar eso si la producción de este álbum, que sabe sabido sacar buen provecho a las sucias guitarras de la banda sin sonar tarriento entre un conjunto de canciones llenas de dinámicas como 'Enough is enough', la hiper veloz 'Hooray hooray hooray', ese momento en que se disfrazan de los primeros ACDC (era Bon Scott) para hacer algo como 'Bad call' o una pasada más punketa en 'Paint a picture' + 'O.C.D.O.D'. Por supuesto que en medida que estas once canciones (+ dos interludios) se sucedan inevitablemente el álbum irá perdiendo sorpresa de la mano de un sonido que toma como absoluta referencia a los Ramones (ese cierre con 'The hives forever forever The hives' no puede ser más juguetón), sin embargo, de todas formas en la segunda parte cositas como 'They can't hear the music' vaya que alimentan la vida.
Pues lo dicho, que las intenciones de The hives entendemos van por el derroche de energía y ahí ciertamente no fallan. Nos han vuelto a entregar un disco plenamente disfrutable, veloz todo el tiempo y que desde un comienzo tiene muy claro por donde ir.
¿Canciones? 'Enough is enough', 'Hooray hooray hooray' y 'They can't hear the music'.
2025: Una Nueva Derrota.
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Tras la derrota en el plebiscito constitucional de 2022 no quise más con la
política por un buen rato. Dejé de escribir acá por lo mismo. El escenario ...