CREO QUE LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CRUCE DE MÚLTIPLES VARIABLES. SIN EMBARGO, FRENTE A DICHA ALEATORIEDAD, LOS SERES HUMANOS TENEMOS EL PODER CADA DÍA DE CREAR O DESTRUIR. DE ENTREGAR O RETENER.Y ESTE SITIO ESTÁ DEDICADO A TODOS QUIENES HAN OPTADO POR CREAR, SEA DONDE SEA...
Es cierto que la excesiva producción por parte de Max Cavalera ha conspirado en contra de su legado. Y es que durante estos últimos quince años ha sido tanto lo que ha publicado, ya sea junto a Soulfly como en bandas paralelas, que tendemos a pasar por alto el nivel que el guitarrista/compositor continúa ostentando. En el caso de este, su proyecto principal desde hace ya casi treinta años, trabajos como Archangel (2015) o el notable Ritual (2018) le honran y dan muestras del amor con que el brasileño continúa componiendo y entregándose al metal, algo que se corrobora en su más reciente Chama, este con la particularidad además de ser un álbum donde Cavalera ha colaborado fuertemente con su hijo Zyon, quien ya había participado en la composición para el anterior Totem (2022) pero que acá además se ha encargado de la producción junto a Arthur Rizk. El resultado se resume en diez canciones tremendamente agresivas pero que gozan de una frescura que impacta, con un sonido potente pero que se sostiene en los diversos arreglos que presenta.
Por supuesto que Max Cavalera no va a llegar a estas alturas a reinventar la rueda por lo que este conjunto tenderá a ir por donde le conocemos, dígase, ese thrash/groovedesaforado y veloz dispuesto a cortar cabezas. El punto es que dentro de aquel espectro logra elevar cada canción con enorme tino y talento. De hecho, abrirá este álbum rememorando inevitablemente los tiempos del Roots (1996) de Sepultura con esos guiños al sonido tribal tan presentes en el instrumental 'Indigenous inquisition' que abre y luego en el alegato furibundo que es 'Storm the gates', que se lanza a esa clásica exclamación de consignas rabiosas por parte del vocalista ("!Lucha contra el poder! / !Lucha contra la codicia! / Los ancestros me cuidan / Cumple mi profecía..."). En adelante el asunto lejos de bajar el nivel sostendrá la fuerza y el peso en canciones como 'Nihilist' (colaborando con Todd Jones de Nails en esta), la espectacular 'No pain = no power', con participación en guitarras de Dino Cazares (lo cual seguro ha colaborado en que el tema tenga esos aires a Fear factory con esos coros limpios) y en voces de Gabriel Franco (Unto others) y Ben Cook (No warning) o una apabullante pero breve 'Ghenna' (donde los solos los ha puesto Michael Amontt de Arch enemy). Como se lee, la lista de amigos que han puesto si granito de arena es extensa, asunto que ha terminado enriqueciendo al disco en términos de estructuras y arreglos.
Ya entrando en la recta final 'Black hole scum' se anotará como la más extensa del disco gracias a ese minuto y medio final que te sumerge con sus guitarras en una terrorífica atmósfera, 'Favela / Dystopia' retomará al violencia del sonido para a medio tema regalar exquisitos pasajes melódicos, mientras que 'Always was, always will be...' + el instrumental 'Soulfly XIII' bajarán revoluciones y regalarán una necesaria calma para acabar cerrando el viaje con otra notable composición como 'Chama', que avanza desde la agresión hasta la tranquilidad con muchísima fluidez y elegancia.
La tentación de encumbrar a Chama como el mejor álbum de Soulfly en casi veinte años es grande. El tiempo se encargará, sin embargo, lo que nadie podría negar es que el álbum sorprende e impacta por el nivel de la propuesta sumado a un amor por el metal que se percibe en cada una de estas canciones. Max Cavalera no se conforma con solo "cumplir" y ser mera nostalgia, el tipo es presente y ahora junto a su hijo es capaz de agigantar aún más su legado. Bendito sea...
¿Canciones? 'Nihilist' , 'No pain = no power' y 'Black hole scum'.
Entrando ya a los últimos discos de 2025 que se me fueron quedando en borradores he decidido volver a la oscuridad del metal. Y que mejor que hacerlo con los siempre notables Despised icon. Veinte años de carrera les avalan pero también el que como toda banda inteligente los canadienses han sabido hacer esperar cada uno de sus lanzamientos, lo cual seguro colabora en que cada uno de ellos se sienta fresco, sin elementos forzados ni vueltas de tuerca innecesarias. Vuelven por tanto con su séptimo disco de la mano de esa humildad que les caracteriza, lejos de los virales y el mainstream pero dictando cátedra de como se trabaja un deathcorebrutal, violento pero honesto. Once canciones que rondan los tres minutos de duración sin alardes ni efectismos, simplemente metal puro y duro que apunta directo a la médula del género abordando temas como la resiliencia ante el dolor y la fortaleza que implica el enfrentar nuestros rincones más oscuros.
Lo anterior aparece desde un comienzo con ese grito que repite 'Shadow work' (la canción), un "¡Find a way out!" que no es más que una invitación a enfrentar procesos internos de sanación, a encontrar el camino en medio de un sonido violento y acelerado que sabrá expresar a la perfección la desesperación del relato. Esta idea de la introspección será transversal a lo largo del disco, lanzando en 'Over my dead body' líneas tan potentes como "Confía en el proceso, el dolor es progreso..." o reflexiones del tipo "Obstáculos siempre aparecerán pero... ¿estos apagarán la llama?", así comoen la tremenda 'Death of an artist' hablando de la destrucción del ego y el alejamiento de los focos para poder renacer.
Desde lo musical todas las canciones pese a lo breves poseerán un elemento común su cada una de sus estructuras: dos minutos que desarrollan un determinado tiempo para en la recta hacer el giro y aportar diversidad ya sea de velocidad como de arreglos. Destaca lo que hacen en 'Reaper' , junto a las voces de Tom Barber (Chelsea grin)y Scott Ian Lewis (Carnifex), llevando el tema hacia lugares más densos y oscuros, así como esa cosa más death que desarrollan en 'Obssesive compulsive disaster' o el gustito que se dan en 'The fallen' al cerrar el álbum con cuerdas acústicas, sin embargo, más allá de particularidades todo el disco funcionará en perfecta continuidad.
Lo que encontramos por tanto en Shadow work es una consecución de canciones tremendamente agresivas, de producción exquisita y que seguro encontrarán buena conexión con cualquier amante del metal que busque autenticidad y violencia en la música. Despised icon no necesitan llevar sus canciones a los cuatro o cinco minutos ni meter orquestaciones dramáticas para generar impacto. Recurren más bien a ese sentimiento rabioso propio del metal el cual complementan con impecables ejecuciones en velocidad y bestiales vocalizaciones dictando cátedra con esto a pares y nuevas generaciones (aló, Lorna Shore?) de como se hace esto.
¿Canciones? 'Over my dead body', 'Death of an artist' y 'Reaper'
Hora de escribir respecto a uno de los álbumes más extraordinarios de nuestra era. Por lo mismo, la tarea no es cosa fácil y la pregunta cae de cajón: ¿Por dónde comenzar? Quizás lo más sensato sería recordar en donde se encontraban The smashing pumpkins para 1995. Ahí habría que mencionarle a los más jóvenes que por aquel entonces la banda no era considerada "consagrada" dentro de la escena e incluso, pese a que hoy álbumes como Gish (1991) o Siamese dream (1993) son mirados como objetos arqueológicos de culto, los pumpkins aún eran mirados como una "apuesta alternativa" al lado de otros como Nirvana, Pearl Jam y toda esa ola grunge que había consumido todo a comienzos de los noventa. Lo anterior a pesar del éxito de hitazos como 'Disarm' o 'Today', que gozaron de bastante rotación en radios o canales de videoclips (como MTV, que en aquellos años era el claro eslabón que separaba a los artistas del anonimato). Dicho lo anterior, este disco llega para cambiarlo todo y registrar con letras doradas a William Patrick Corgan como un compositor de elite. En simple: hiciera lo que hiciera Corgan después de este 1995, un álbum como Mellon collie and the infinite sadness ya lo había dejado anotado en la historia. Bueno, a él y a sus nobles compañeros de banda.
Si tuviera que resumir en una sola virtud la gloria alcanzada por este álbum tendría que mencionar la impresionante diversidad que ostenta. El disco es un desborde de melodías y canciones, un álbum doble de veintiocho canciones en total en donde la banda explota el amplio espectro sonoro/emocional que habían sido capaces de insinuar en el pasado, yendo desde furiosas guitarras hasta pasajes tremendamente tristes y melancólicos, los cuales se complementan con más de algún momento ameno e incluso tierno, esto en un álbum que en lugar de apostar por el viaje "coherente" decide a propósito ser una especie de "álbum blanco" de The Beatles, es decir, una mezcolanza de sonoridades con giros bruscos, una especie de collage de manchas en donde alternan deliberadamente distintos colores que arman un cuadro que luce sorprendentemente armónico.
Lo anterior se declara en el disco desde un comienzo, abriendo con una hermosa y delicada pieza instrumental al piano que se enlaza con la grandilocuencia pop de 'Tonight, tonight', un himno destinado a la inmortalidad que entre potentes vientos dedica sus líneas a abrazar la esperanza en medio de ese camino que significa el volverse adulto ("Cree que la vida puede cambiar / Que no estás atascado en vano / No somos los mismos / Esta noche somos diferentes..."), para luego meter de golpe la fuerza incontenible de algo como 'Jellybelly' o el rock duro de la fantástica 'Zero', dos que beben un tanto del sonido del anterior Siamese dream (1993) y que coquetean incluso con el metal. Por cierto, en todas las mencionadas comienza a brillar con luces propias el trabajo en batería del increíble Jimmy Chamberlin, un tipo capaz de entregarle identidad a cada canción, ya sea en momentos agresivos como otros más en calma.
En adelante el álbum continuará con esta oscilación entre emociones. Sonará, por ejemplo, la ira desatada del neo clásico 'Bullet with buttlefly wings', que fue el primer single promocional del álbum e impactó por sus rabiosas reflexiones en torno a la fama y el éxito con líneas tan sinceras como "El mundo es un vampiro..." o "A pesar de mi rabia aún soy una rata enjaulada...", la cual se conectará con la tristeza en acústico de 'To forgive' (de las más oscuras en todo el álbum) donde Billy Corgan volverá a referirse (como en el pasado con 'Disarm') a los fantasmas más dolorosos de su infancia ("Hijo bastardo de un hijo bastardo / Un niño de ojos salvajes del sol / Y justo como la lluvia / No soy el mismo, pero me siento igual..."). De igual forma el rock salvaje de 'An ode to no one' se enlazará con el sobrecargo psicodélico de 'Love' y la delicadeza de 'Cupid of locke', esto para anticipar una recta final del Disco 1impresionante, con una conmovedora pasada introspectiva en 'Galapogos' ("No negaré el dolor / No negaré el cambio / ¿Y si cayera en desgracia ? / Aquí, contigo / ¿Me dejarás también...?") la cual deriva en 'Muzzle', una intensa canción de amor que recae en varias de las reflexiones más brillantes en la carrera de Corgan ("Y conocía el vacío de la juventud / La soledad del corazón / Y conocía los murmullos del alma..."), esto para cerrar el primer acto con la extensa y potente 'Porcelina of the vast oceans' seguida de la calma de 'Take me down', la primera interpretada y compuesta por el guitarrista James Iha.
Lejos de bajar el nivel, la avalancha que significó toda esa primera parte del trabajo encuentra perfecta consecución en la segunda. Acá momentos tremendamente agresivos que se viven en 'Where boys fear to tread' + 'Bodies', una saturada 'Tales of a scorched earth' o la derechamente violenta 'X.Y.U', se conectan con la delicadeza de 'Thirty three', la oscuridad de 'In the arms of sleep', ternura de 'Stumbleine' o la emocionalidad de la espacial 'Thru the eyes of ruby', que destaca por las exquisitas atmósferas que generan sus guitarras. Y como si todo lo anterior fuese poco, entre estas sonará el hitazo '1979', un medio tiempo notable que gracias a su singularidad logró transformarse en un verdadero clásico generacional.
Si hay algo que algunos reprochan a este álbum es su pasada final. Hay quienes consideran que canciones como 'We only come out at night' o 'Lily (my one and only)' en su simpleza no logran estar a la altura del resto. En lo personal las acepto pues estas me parece traen de regreso una calma necesaria considerando la locura de disco que venía sonando, además de que se complementan con cosas preciosas como 'Beautiful', 'By starlight' o la hermosa 'Farewell and goodnight' (la segunda escrita por James Iha) cerrando así una lista extensa de canciones que arman una verdadera montaña rusa de emociones pero que logra destacar debido a la inspiración constante que derrocha.
Mellon collie and the infinite sadness acabó quedando en la historia como una obra monumental atemporal que a la vez resulta muy difícil de clasificar. En estas 28 canciones encuentras rabia, violencia, momentos tremendamente melódicos, melancolía, tristeza, reflexión, esperanza, enamoramiento, entrega, decepción o desamor. Así como se lee. Hay guitarras frenéticas, rock acelerado, medios tiempos, pasajes psicodélicos, producciones limpias y otras cargadas a la saturación. De todo en un álbum enorme que dio muestras de un Billy Corgan en absoluto estado de gracia. La historia ya estaba escrita, y bueno, desde acá la banda solo se podía comenzar a desmoronar. Y así efectivamente fue...
¿Canciones? 'Tonight, tonight', 'Bullet with butterfly wings', 'Muzzle', 'Bodies', '1979' y 'Thru the eyes of ruby'.
De la mano de una mirada moderna y sofisticada cargada al R&B fue que cuatro años atrás se dio el debut de Dijon mediante un sólido Absolutely (2021), disco que de inmediato instaló al cantautor como una de las promesas más interesantes de la escena actual. Cuatro años pasaron y en 2025 lo hemos tenido de vuelta confirmando dichas sensaciones con un álbum relativamente breve (doce canciones en menos de cuarenta minutos) que centra su fuerza en una sucia producción, en el atrevimiento de los arreglos y propuesta sonora más que en los enganches individuales. Dicho en simple: Baby no es un disco de singles efectivos si no más bien un conjunto de pequeñas piezas que arman un sólido engranaje, uno que seguro resultará fascinante para cualquier amante de la experimentación en el sonido.
Desde que damos play al álbum por tanto nos encontramos con canciones osadas tanto en términos de arreglos como estructuras, ya sea moviéndose sobre la calma en 'Baby!' o yendo más al choque en 'Another baby!', ambas funcionando como claras declaraciones de intenciones por parte de un vocalista que no teme el jugar con sus registros, yendo abajo hacia los susurros o subiendo de golpe hacia el desgarro, trayendo con esto inevitablemente el recuerdo de Prince al presente, algo que se torna muy evidente en canciones más dinámicas como 'Higher!' o 'Fire!'. Dicho lo anterior, el elemento que cruzará transversalmente a todo el disco será la suciedad en la producción, ya sea centrándose en las percusiones como ocurre en '(freak it)', coqueteando con las melodías en la sinuosa 'Yamaha' (quizás la única en todo el álbum que podría pasar por un tema "ganchero"), con la agresividad en 'Automatic', o incluso yendo hacia momentos más íntimos en la pasada por 'Rewind' + ' My man' + 'Loyal & Marie', diez minutos en donde Dijon decide llevar su voz al límite de la desafinación (insisto, algo que a Prince le gustaba hacer bastante) pero generando con esto atmósferas tremendamente bien logradas y por cierto, únicas.
Por sobre todo este Baby es un álbum valiente y libre, uno de esos discos que transmiten la desfachatez de funcionar bajo parámetros absolutamente propios. Hay una revisión interesante acá del soul con elementos psicodélicos entre canciones que escapan de los ganchos obvios y van más bien hacia experimentaciones sonoras ricas en cuanto a texturas. Uno de los grandes discos del año sin lugar a duda y que consolida a Dijon como uno de los compositores más talentosos de la actualidad.
¿Canciones? 'Another baby!', 'Higher!', 'Yamaha' y 'My man'.
A Taylor Swift le viene pesando desde hace bastante el exceso de productividad. A partir de 2019 hemos tenido cinco discos en seis años, demasiado. En este tiempo la estrella pop ha intentado oscilar entre álbumes íntimos cargados al acústico y otros más dinámicos en donde la electrónica prepondera. El problema ha sido el obvio: quien mucho abarca poco aprieta, y donde pudo haber espacio para un par de sólidos trabajos hemos tenido una seguidilla de mediocridades. En ese camino, este The life of a show girl se suma a la ya extensa lista de álbumes absolutamente olvidables de la vocalista donde quizás un par de canciones pueden salvarse de la quema pero, sinceramente, no mucho más.
Nos encontramos acá por tanto ante doce canciones cual de todas más inofensiva. La mejor y única con la actitud necesaria es 'The fate of Ophelia', que es pop del bueno, activo y pegajoso (una cuyo tono se condice además con la portada y título del álbum). El resto, sin embargo, se mueve entre aburridos medios tiempos ('Father figure', 'Ruin the friendship', 'Wi$h li$t', 'Cancelled'), alguna jugarreta pop ('Opalite', 'Wood') y una que otra balada de manual en donde va al piano ('Eldest daughter' es ahí quizás la más interesante de todas gracias a su letra). Finalmente el conflicto sigue siendo el de siempre, canciones que se suceden sin nada realmente interesante que contarte desde lo melódico o en cuanto a arreglos, por lo que todo tiende al tedio en un disco sostiene la tendencia a la baja de una artista que parece llevar demasiado tiempo sumergida en la absoluta complacencia.
No es nada fácil reinventarse en el éxito y bueno, los últimos años de Taylor Swift solo confirman la idea.
Tras haber dado el golpe comercial en 2024 mediante el genérico Short n' sweet tenemos rápidamente de regreso a Sabrina Carpenter. Y claro, el plato no debe enfriarse por lo que había que lanzar otro conjunto de canciones buenistas y pegajosas donde el foco está puesto 100% en las letras. Este Man's best friend hay que entenderlo por tanto desde ahí pues si alguien se va netamente a lo musical inevitablemente saldrá decepcionado pues lo que la vocalista muestra, más allá de alguna honrosa excepción, vuelve a apuntar a la canción facilona, de manual y por lo mismo, rápidamente olvidable.
El punto fuerte (?) por tanto de este álbum están en los mensajes, en las constantes subidas de tono y el buen humor con el que Sabrina juega con el doble sentido todo el tiempo. En 'Manchild', por ejemplo, se reirá de su desgracia al recaer con un tipo inmaduro ("Por qué tan sexy siendo tan tonto? / Elijo culpar a tu madre...") mientras que en 'Tears', más cargada a la onda disco (rozando un plagio al clásico 'Upside down' de Diana Ross), será descaradamente sexual ("Me mojo solo de pensar en ti / Lágrimas corren por mis muslos..."). De esta forma se sucederán medios tiempos o baladas corrientes (enfocadas todas en historias con hombres) como 'My man on willpower' o 'Sugar talking', hablando de desamores, de rupturas y reconciliaciones en 'We almost broke up again last night' ("Tuvimos sexo y nos arreglamos / Le dijimos a nuestros amigos que fue una falsa alarma / Pero anoche casi terminamos otra vez...") o decepcionándose en 'Nobody's son'.
El contraste entonces entre melodías dulces y letras provocadoras será constante a lo largo del disco siendo este ya un elemento característico en la performance de la estadounidense. En dicho sentido, la única que rompe un poco este molde es 'When did you get hot?', relatando la sorpresa de encontrarse con un viejo conocido que ahora está bastante bien ("Eras un chico horrible/ ¡Y ahora un tipo muy sexy! / Lamento no haber tenido visión..."), esto entre arreglos electrónicos algo sugerentes. Sin embargo, todo el resto del álbum navegará entre melodías de cuerdas o teclados bastante amenos y nada especiales.
Man's best friend vuelve a mostrar por tanto al personaje que Sabrina Carpenter insiste en construir. Esa chica estereotipada (rubia y carita de inocente) pero descarada en sus mensajes y que hace uso del buen humor como arma. Desde lo musical el disco se debate entre simpáticas invitaciones al baile ('House tour' es otra que funciona) y baladas varias. Considerando lo rápido que ha llegado este disco respecto a su antecesor habría que decir que no está mal, aunque nuevamente, tampoco mucho más.
Para mediados de los noventa Los fabulosos cadillacs contaban con una década de carrera y venían de mostrar credenciales mediante El león (1992), un trabajo de puntos altísimos donde los argentinos supieron conjugar la vibra latina/fiestera de su sonido ('Gitana', 'Siguiendo la luna') con canciones profundas y de alto contenido social ('Manuel Santillán, el León', 'Desapariciones'). Aquel álbum cargaba con un problema eso si: su extensión, el disco era muy largo y con demasiado material de relleno. Quizás precisamente por lo anterior fue que alguien tuvo la buena idea en 1993 de publicar Vasos vacíos, un compilado de grandes éxitos que terminó por consolidar a la banda a nivel latinoamericano en base a una serie de hitazos históricos e incontestables. Dicho álbum, sin embargo, incluía dos canciones inéditas, 'Matador' y 'Quinto centenario', las cuales anticipaban por donde vendría la mano en un futuro inmediato. Ambas canciones estaban compuestas por el bajista Flavio Cianciarulo y conjugaban dos aristas que comenzarían a empapar el sonido de la banda: un fuerte carácter contestatario y ciertos acercamientos con el rock. De esta forma en 1995 llegaría Rey azúcar, un trabajo diverso que encuentra a los argentinos en su pico creativo mediante una lista que (esta vez si) funcionaría de manera impecable prácticamente en todo su trayecto.
Destacarán acá las composiciones de Flavio, abriendo con ese himno generacional que fue 'Mal bicho', de característicos vientos (en ese sentido la canción está hermanadísima con la ya mencionada 'Matador') y una serie de líneas que disparan sin miedo en contra del racismo y los autoritarismos ("Que me hablás de privilegios / De una raza soberana / Superiores, inferiores / Minga de poder..."). Más adelante las temáticas peliagudas volverán a aparecer, primero en 'Paquito' y sus referencias a la discriminación a causa del contagio de VIH ("¡¿No era solo cosas de maricas y adictos?! - Grita su padre / Y se pregunta en que pudieron fallar..."), la sabrosa 'Raggapunkypartyrebelde' ("Gano poco, gano mal, tengo poco que comer / Pero tengo para bailar y eso si está bien...") y, por supuesto, la furiosa y rockera 'Las venas abiertas de América latina', que en menos de tres minutos resume a la perfección el carácter indómito y salvaje que derrocha este álbum.
Todo lo anterior se conjugará con los aportes del saxofonista Sergio Rotman en el reggae de 'Ciego de amor', en el ska de 'Miami' y en la revolucionaria 'Hora cero' (dedicada al guerrillero nicaragüense Augusto Sandino), además de pasadas cargadas al baile en la exquisita 'Carmela' (compuesta por el baterista Fernando Ricciardi), 'Reparito', la joya escondida que es 'Padre nuestro', 'Muerte querida' y la balada 'Estrella de mar', todas estas últimas escritas por Gabriel Fernández Capello, o sea, Vicentico. Por cierto, a todo lo anterior habría que sumar además la influencia internacional que recibió el álbum, reflejado en la tremenda versión presentada del clásico beatlesco 'Strawberry fields forever', que incluyó la mítica participación de Debbie Harry de Blondie, así como la producción a cargo de Tina Weymouth y Chris Frantz, miembros históricos de Talking heads.
La multiplicidad de autores y/o participantes es algo que desborda en Rey azúcar y el momento inspirado que vivía cada integrante ciertamente colaboró en la entrega de un álbum enorme tanto en términos de estilos, arreglos como temáticas. El mejor álbum en la carrera de Los fabulosos cadillacs sin lugar a dudas y uno desde donde la banda solo podía comenzar a desvanecerse. El futuro les depararía un experimental (y fallido) Fabulosos calavera (1997) para acabar cerrando su historia con La marcha del golazo solitario (1999), dos álbumes curiosos y dignos de análisis que espero abordar en 2027 y 2029 si la vida me lo permite. Será hasta entonces...
¿Canciones? 'Mal bicho', 'Carmela', Raggapunkypartyrebelde', 'Las venas abiertas de América latina' y 'Padre nuestro'.
Así como hay bandas que naufragaron, otras supieron leer muy bien el complicado paso desde los 80s a los 90s, y una de ellas fue Soda stereo. Conocida es la metamorfosis que los argentinos experimentaron por aquellos años encontrando en el espectacular Dynamo (1992) la mejor versión de dicho proceso. Sin embargo, aquel discazo no representó un hecho puntual si no más bien el puntapié inicial para una trilogía fascinante que encontró continuidad en Sueño stereo y vivió su definitivo canto del cisne en el excelente Confort y música para volar (1996).
El contexto no era fácil eso si. Para 1995 la convivencia no andaba en buen pie al interior de la banda, sin embargo, los argentinos supieron para 1995 enfocarse en la creación de último álbum de estudio, un disco donde la mano creativa de Gustavo Cerati comenzó a tomar un peso prácticamente incontenible en una lista de canciones que equilibró momentos melódicos y accesibles con otros centrados fuertemente en las atmósferas, anticipando en cierto modo los afanes experimentales que el vocalista profundizó en su posterior álbum en solitario Bocanada (1999).
A diferencia por tanto de un disco como Dynamo, que se caracterizó por sus guitarras desatadas y dinámicas inquietas, en Sueño stereo encontramos a una banda bastante más reposada que cuando va al rock lo hace de manera controlada mediante singles enormes e históricos como 'Ella usó mi cabeza como un revolver', 'Paseando por Roma' o 'Zoom' (que no es más que una de las tantas jugarretas de Cerati en donde se dedicó a mezclar canciones antiguas, en este caso sampleando a las bandas setenteras Sparks y Hello), las cuales muestran una faceta menos estridente del trío, lo mismo en los notables medios tiempos 'Disco eterno' u 'Ojo de la tormenta', armando así una Cara A impecable que complementará con baladones como 'Efecto doppler' y la bonita 'Pasos', pequeña gran joya esta última y que de haber sido single seguro se habría convertido en un clásico de la banda.
Dicho todo lo anterior, el principal mérito de este Sueño stereo se encuentra en su segunda parte pues pasado el nudo la lista se olvidará de los hits y entregará una secuencia "de aquellas", regalando momentos inspiradísimos. Destacará acá inmediatamente 'Ángel eléctrico', con seguridad una de las mejores canciones en la carrera de Soda stereo, donde la producción supo sacarle partido al sonido de cada integrante (la guitarra de Gustavo, batería de Charly Alberti y bajo de Zeta Bosio se oyen acá con una claridad que impacta), siendo además la única en todo el álbum que con su sonido se acerca un tanto a lo que la banda había hecho en Dynamo. Siguiendo con el álbum, ''Ángel eléctrico' conectará de manera impecable con la delicadeza acústica de 'Crema de estrellas' para dar paso al épico cierre del álbum con 'Planta' + 'X playo' + Moiré', tres que en arman un continuo de doce minutos que destaca por sus atmósferas etéreas.
Sueño stereo es un disco impecable que funciona desde donde se mire. Uno de esos álbumes que "no tiene canción mala". Es que ni siquiera regular. Los singles incontestables están, sin embargo lejos de quedarse en estos la lista se muestra ambiciosa y confirma a Gustavo Cerati como ese animal en constante cambio que desarrolló durante su carrera. Quizás el trabajo luce algo meloso en comparación con su antecesor, pero aquello no le resta méritos en absoluto pues el álbum tiene identidad propia y aquello hay que dárselos.
La historia contaría que aún quedaría un último suspiro para Soda stereo, aquel histórico concierto eléctrico que grabarían para MTV en 1996, donde incluirían (¡y mejorarían!) algunas de las canciones de este álbum, pero aquello será motivo de reseña en 2027 si la vida me lo permite...
¿Canciones? 'Pasos', 'Ángel eléctrico' y el tridente final.
Tras un disco tan ecléctico como Autopoiética (2023) caía de cajón una especie de vuelta a la zona de confort por parte de Mon Laferte, es decir, un regreso a aquello que en Chile llamamos "la canción cebolla", la cual ha sido encarada por la vocalista desde distintos lugares a lo largo de su carrera. En dicho sentido en este Femme fatale volvemos a oír a la artista entregada al drama, a ese amor romántico incondicional y tormentoso, lo cual la conecta de manera clara con lo hecho diez años atrás en su álbum homónimo de 2015, quizás con el matiz de que esta vez la chilena aborda las temáticas de manera algo más adulta, sexual incluso.
Todas las canciones por tanto de este álbum están dedicadas a la figura de un hombre, por las que el relato sufre, llora y añora momentos de compañía. El disco se sitúa por lo general desde la pérdida y la distancia, planteando desde ahí plantea un primer detalle/problema conceptual. ¿Por qué se titula Femme fatale si todas las canciones no guardan ninguna relación con dicho tópico? Una Femme fatale es una mujer audaz, misteriosa, dispuesta a engañar o a manipular a hombres utilizando la seducción como arma. Nada que ver con lo que el disco expresa, donde la figura femenina se sitúa en un lugar absolutamente pasivo, digamos, desarrollando esa clásica idea de la mujer que (sobre)vive "incompleta" al no contar con la presencia de "su" hombre. ¿Habrá algo más patriarcal que aquello? De Femme fatale nada.
Dicho lo anterior y pasando por alto el fallido concepto, el disco funciona bastante bien desde lo musical. Un continuo de catorce canciones que en cincuenta minutos mete mano a arreglos por lo general sutiles y desnudos, en ocasiones sosteniendo ese tono blusero y calmo durante todo el tema ('Mi hombre', 'Veracruz') y a veces generando explosiones que a estas alturas son sello de la artista ('Femme fatale', 'Otra noche de llorar', 'El gran señor', 'Melancolía'). Dentro de la lista destacan los arreglos de 'Las flores que dejaste en la mesa', que cuenta con líneas tan desatadas como "Seguramente me vas a extrañar cuando la tengas dura..." o "Seguro le vas a escupir en la boca y le dirás cuánto le amas...", así como el llamativo poema relatado cuasi erótico '1:30', que ciertamente habría tenido más sentido en Autopoiética pues acá desentona un poco.
Están bastante bien los duetos que el álbum plantea, acercándose al pop en 'Esto es amor' (con Conociendo Rusia), dialogando entre amigas (de hombres, obvio) en 'La tirana' (con Nathy Peluso) y con un ex en la blusera 'Hasta que nos despierten la soledad' (junto a Tiago Iorc). Como detalle eso si estará el cierre, que al tocar siempre el mismo punto (hombres, hombres y hombres) tiende a agotar en canciones como 'Ocupa mi piel', 'My one and only love' (con Natialia Lafourcade en una colaboración bastante desaprovechada) y 'Vida normal'.
Femme fatale nos trae de regreso a una Mon Laferte en su salsa, trabajando el tipo de canciones que mayor éxito le trajeron en el pasado. Desde lo musical el disco, como de costumbre, se sostiene por completo y las interpretaciones vocales vuelven a estar impecables. ¿Qué cansa un poco por la redundancia? Si, algo en el cierre. Sin embargo, las grandes canciones siguen estando y desde ahí el trabajo vuelve a ser un paso positivo en la sólida carrera de la chilena.
¿Canciones?'Otra noche de llorar', 'Las flores que dejaste en la mesa' y 'Melancolía'.
No era fácil. De todas las flores (2022) no solo representó el regreso triunfal de Natalia Lafourcade a la publicación de material inédito tras casi una década, si no que además fue un álbum que la situó en otra categoría, que la sacó definitivamente de la "canción pop" para transformarla en una autora de identidad profunda y particularmente sensible. Aquel fue un disco que centró su trayecto en la introspección personal por lo que había que ver hacia donde transitaba en una siguiente entrega. ¿Más de lo mismo o un regreso a fórmulas más accesibles? Pues ni lo uno ni lo otro. En Cancionera percibimos a una artista que ha decidido redoblar la apuesta y nuevamente junto a Adan Jodorowsky en producción + arreglos construir un disco que cuenta con un claro concepto sonoro, una especie de concierto de cuerdas en donde Natalia ("la cancionera") durante poco más de una hora se viste de cantora popular para reivindicar esta figura así como su eterna fascinación: la canción latinoamericana.
El conjunto necesitaba eso si una presentación clara y aquella llega en los diez minutos iniciales marcados por 'Cancionera' y una respectiva apertura instrumental, ambas se sostienen en base a la delicadeza de sus cuerdas y la intimidad de un sonido que impacta por su consistencia (idea que se retomará en el cierre de la obra mediante la majestuosa'Lágrimas cancioneras'). En adelante, sin embargo, el álbum irá variando los tonos aunque se inclinará con fuerza hacia el folclor, ya sea desde ese sonido tan mexicano de 'Como quisiera quererte' o 'La bruja', el sabor de 'Cariñito de acapulco', hasta encontrar cosas más dinámicas y juguetonas en 'Cocos en la playa', 'El coconito' o 'El palomo y la negra'. El disco se paseará entonces por rumbas, boleros o baladas a cuerdas, y ciertamente no reparará en riesgos entre canciones que superan los seis o siete minutos, lo cual evidentemente vuelve al disco una experiencia que puede ser pesada en ciertos pasajes para muchos. Pero esto es así, Natalia Lafourcade no está hoy para concesiones melódicas o comerciales, lo tomas o lo dejas. Dicho en simple: si lo que buscas es el impacto inmediato, Cancionera no es para ti.
Habrán detalles eso si. La versión de streaming del álbum, por ejemplo, incluye una toma aflamencada de 'Amor clandestino' que es superior a la que han incluido en el disco pues al ser más desnuda en cuanto a arreglos permite disfrutar mejor de la historia que se cuenta, así como lo ya dicho, que por momentos el disco abusa de sus atmósferas y aquello vuelve la experiencia por momentos demasiado arisca con el auditor, algo que se contrapone con la idea de acercar la música al inconsciente colectivo.
Como sea, a la mexicana hay que darle su capacidad de haber mutado hacia este personaje que ha sabido construir. Para álbumes pop y melosos ya estuvo el exitoso Hasta la raíz (2015) diez años atrás, hoy la vocalista se encuentra en un lugar muchísimo más exploratorio donde cada propuesta parece ser más profunda que la anterior. Y aquello tiene enorme mérito.
Nuevamente viví un año en que escribí bastante. Fueron 119 publicaciones, un par menos que en 2024 pero básicamente manteniendo la tendencia a publicar una reseña cada tres días. Agradezco como siempre a todos/as quienes pasan por acá y espero haber motivado a alguien a ir por un disco alguna vez, que al final ese siempre es mi objetivo: conectar. Primero conmigo mismo, pero luego compartiendo esas sensaciones con quien quiera leer.
Ahora si que les mareo con los números. De esas 119 publicaciones:
12 fueron reseñas de aniversario, 8 correspondieron a discos rezagados de 2024 y en 3 comenté conciertos a los que asistí. Es decir, escribí respecto a 93 discos del año, cinco más respecto al año anterior.
¿Y cómo anduve en términos de género? De los 113 discos reseñados (entre aniversarios, 2024 y 2025), 23 correspondieron a voces femeninas, es decir, un 20%. Esto representa un importante alza respecto a 2024 (14%), 2023 (17%), 2022 (15%), 2021 (16%) y 2020 (17%)
¿Y cómo anduve en términos de procedencia? Acá si que hay sorpresas. De manera inédita he disminuido la cifra de artistas estadounidenses que he reseñado, esta vez solo han sido 31 (un 27%, muchísimo menos que el 42% o 47% de años anteriores), mientras que mantuve mi tendencia con los artistas ingleses (un 24%, que está dentro de lo habitual). Lo anterior implica que el duopolio Estados Unidos/Inglaterra han concentrado un 51% de mis reseñas (cifra bastante menor al 65% de 2024 o el 69% de 2023). Fuera de estos, Suecia y Argentina fueron los países de donde más escribí (7 y 6 reseñas respectivamente), seguidos de Canadá, España y Alemania (con 5), Chile (4), Australia, Italia y Escocia (3), Francia (2), mientras que escribí de un álbum proveniente de Ucrania, Dinamarca, Finlandia, Austria, Uruguay, Puerto Rico, Hungría, Países Bajos y Suiza. Muy diverso el asunto este año.
2025: Una Nueva Derrota.
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Tras la derrota en el plebiscito constitucional de 2022 no quise más con la
política por un buen rato. Dejé de escribir acá por lo mismo. El escenario ...