CREO QUE LA VIDA NO ES MÁS QUE UN CRUCE DE MÚLTIPLES VARIABLES. SIN EMBARGO, FRENTE A DICHA ALEATORIEDAD, LOS SERES HUMANOS TENEMOS EL PODER CADA DÍA DE CREAR O DESTRUIR. DE ENTREGAR O RETENER.Y ESTE SITIO ESTÁ DEDICADO A TODOS QUIENES HAN OPTADO POR CREAR, SEA DONDE SEA...
Así como hay bandas que naufragaron, otras supieron leer muy bien el complicado paso desde los 80s a los 90s, y una de ellas fue Soda stereo. Conocida es la metamorfosis que los argentinos experimentaron por aquellos años encontrando en el espectacular Dynamo (1992) la mejor versión de dicho proceso. Sin embargo, aquel discazo no representó un hecho puntual si no más bien el puntapié inicial para una trilogía fascinante que encontró continuidad en Sueño stereo y vivió su definitivo canto del cisne en el excelente Confort y música para volar (1996).
El contexto no era fácil eso si. Para 1995 la convivencia no andaba en buen pie al interior de la banda, sin embargo, los argentinos supieron para 1995 enfocarse en la creación de último álbum de estudio, un disco donde la mano creativa de Gustavo Cerati comenzó a tomar un peso prácticamente incontenible en una lista de canciones que equilibró momentos melódicos y accesibles con otros centrados fuertemente en las atmósferas, anticipando en cierto modo los afanes experimentales que el vocalista profundizó en su posterior álbum en solitario Bocanada (1999).
A diferencia por tanto de un disco como Dynamo, que se caracterizó por sus guitarras desatadas y dinámicas inquietas, en Sueño stereo encontramos a una banda bastante más reposada que cuando va al rock lo hace de manera controlada mediante singles enormes e históricos como 'Ella usó mi cabeza como un revolver', 'Paseando por Roma' o 'Zoom' (que no es más que una de las tantas jugarretas de Cerati en donde se dedicó a mezclar canciones antiguas, en este caso sampleando a las bandas setenteras Sparks y Hello), las cuales muestran una faceta menos estridente del trío, lo mismo en los notables medios tiempos 'Disco eterno' u 'Ojo de la tormenta', armando así una Cara A impecable que complementará con baladones como 'Efecto doppler' y la bonita 'Pasos', pequeña gran joya esta última y que de haber sido single seguro se habría convertido en un clásico de la banda.
Dicho todo lo anterior, el principal mérito de este Sueño stereo se encuentra en su segunda parte pues pasado el nudo la lista se olvidará de los hits y entregará una secuencia "de aquellas", regalando momentos inspiradísimos. Destacará acá inmediatamente 'Ángel eléctrico', con seguridad una de las mejores canciones en la carrera de Soda stereo, donde la producción supo sacarle partido al sonido de cada integrante (la guitarra de Gustavo, batería de Charly Alberti y bajo de Zeta Bosio se oyen acá con una claridad que impacta), siendo además la única en todo el álbum que con su sonido se acerca un tanto a lo que la banda había hecho en Dynamo. Siguiendo con el álbum, ''Ángel eléctrico' conectará de manera impecable con la delicadeza acústica de 'Crema de estrellas' para dar paso al épico cierre del álbum con 'Planta' + 'X playo' + Moiré', tres que en arman un continuo de doce minutos que destaca por sus atmósferas etéreas.
Sueño stereo es un disco impecable que funciona desde donde se mire. Uno de esos álbumes que "no tiene canción mala". Es que ni siquiera regular. Los singles incontestables están, sin embargo lejos de quedarse en estos la lista se muestra ambiciosa y confirma a Gustavo Cerati como ese animal en constante cambio que desarrolló durante su carrera. Quizás el trabajo luce algo meloso en comparación con su antecesor, pero aquello no le resta méritos en absoluto pues el álbum tiene identidad propia y aquello hay que dárselos.
La historia contaría que aún quedaría un último suspiro para Soda stereo, aquel histórico concierto eléctrico que grabarían para MTV en 1996, donde incluirían (¡y mejorarían!) algunas de las canciones de este álbum, pero aquello será motivo de reseña en 2027 si la vida me lo permite...
¿Canciones? 'Pasos', 'Ángel eléctrico' y el tridente final.
Tras un disco tan ecléctico como Autopoiética (2023) caía de cajón una especie de vuelta a la zona de confort por parte de Mon Laferte, es decir, un regreso a aquello que en Chile llamamos "la canción cebolla", la cual ha sido encarada por la vocalista desde distintos lugares a lo largo de su carrera. En dicho sentido en este Femme fatale volvemos a oír a la artista entregada al drama, a ese amor romántico incondicional y tormentoso, lo cual la conecta de manera clara con lo hecho diez años atrás en su álbum homónimo de 2015, quizás con el matiz de que esta vez la chilena aborda las temáticas de manera algo más adulta, sexual incluso.
Todas las canciones por tanto de este álbum están dedicadas a la figura de un hombre, por las que el relato sufre, llora y añora momentos de compañía. El disco se sitúa por lo general desde la pérdida y la distancia, planteando desde ahí plantea un primer detalle/problema conceptual. ¿Por qué se titula Femme fatale si todas las canciones no guardan ninguna relación con dicho tópico? Una Femme fatale es una mujer audaz, misteriosa, dispuesta a engañar o a manipular a hombres utilizando la seducción como arma. Nada que ver con lo que el disco expresa, donde la figura femenina se sitúa en un lugar absolutamente pasivo, digamos, desarrollando esa clásica idea de la mujer que (sobre)vive "incompleta" al no contar con la presencia de "su" hombre. ¿Habrá algo más patriarcal que aquello? De Femme fatale nada.
Dicho lo anterior y pasando por alto el fallido concepto, el disco funciona bastante bien desde lo musical. Un continuo de catorce canciones que en cincuenta minutos mete mano a arreglos por lo general sutiles y desnudos, en ocasiones sosteniendo ese tono blusero y calmo durante todo el tema ('Mi hombre', 'Veracruz') y a veces generando explosiones que a estas alturas son sello de la artista ('Femme fatale', 'Otra noche de llorar', 'El gran señor', 'Melancolía'). Dentro de la lista destacan los arreglos de 'Las flores que dejaste en la mesa', que cuenta con líneas tan desatadas como "Seguramente me vas a extrañar cuando la tengas dura..." o "Seguro le vas a escupir en la boca y le dirás cuánto le amas...", así como el llamativo poema relatado cuasi erótico '1:30', que ciertamente habría tenido más sentido en Autopoiética pues acá desentona un poco.
Están bastante bien los duetos que el álbum plantea, acercándose al pop en 'Esto es amor' (con Conociendo Rusia), dialogando entre amigas (de hombres, obvio) en 'La tirana' (con Nathy Peluso) y con un ex en la blusera 'Hasta que nos despierten la soledad' (junto a Tiago Iorc). Como detalle eso si estará el cierre, que al tocar siempre el mismo punto (hombres, hombres y hombres) tiende a agotar en canciones como 'Ocupa mi piel', 'My one and only love' (con Natialia Lafourcade en una colaboración bastante desaprovechada) y 'Vida normal'.
Femme fatale nos trae de regreso a una Mon Laferte en su salsa, trabajando el tipo de canciones que mayor éxito le trajeron en el pasado. Desde lo musical el disco, como de costumbre, se sostiene por completo y las interpretaciones vocales vuelven a estar impecables. ¿Qué cansa un poco por la redundancia? Si, algo en el cierre. Sin embargo, las grandes canciones siguen estando y desde ahí el trabajo vuelve a ser un paso positivo en la sólida carrera de la chilena.
¿Canciones?'Otra noche de llorar', 'Las flores que dejaste en la mesa' y 'Melancolía'.
No era fácil. De todas las flores (2022) no solo representó el regreso triunfal de Natalia Lafourcade a la publicación de material inédito tras casi una década, si no que además fue un álbum que la situó en otra categoría, que la sacó definitivamente de la "canción pop" para transformarla en una autora de identidad profunda y particularmente sensible. Aquel fue un disco que centró su trayecto en la introspección personal por lo que había que ver hacia donde transitaba en una siguiente entrega. ¿Más de lo mismo o un regreso a fórmulas más accesibles? Pues ni lo uno ni lo otro. En Cancionera percibimos a una artista que ha decidido redoblar la apuesta y nuevamente junto a Adan Jodorowsky en producción + arreglos construir un disco que cuenta con un claro concepto sonoro, una especie de concierto de cuerdas en donde Natalia ("la cancionera") durante poco más de una hora se viste de cantora popular para reivindicar esta figura así como su eterna fascinación: la canción latinoamericana.
El conjunto necesitaba eso si una presentación clara y aquella llega en los diez minutos iniciales marcados por 'Cancionera' y una respectiva apertura instrumental, ambas se sostienen en base a la delicadeza de sus cuerdas y la intimidad de un sonido que impacta por su consistencia (idea que se retomará en el cierre de la obra mediante la majestuosa'Lágrimas cancioneras'). En adelante, sin embargo, el álbum irá variando los tonos aunque se inclinará con fuerza hacia el folclor, ya sea desde ese sonido tan mexicano de 'Como quisiera quererte' o 'La bruja', el sabor de 'Cariñito de acapulco', hasta encontrar cosas más dinámicas y juguetonas en 'Cocos en la playa', 'El coconito' o 'El palomo y la negra'. El disco se paseará entonces por rumbas, boleros o baladas a cuerdas, y ciertamente no reparará en riesgos entre canciones que superan los seis o siete minutos, lo cual evidentemente vuelve al disco una experiencia que puede ser pesada en ciertos pasajes para muchos. Pero esto es así, Natalia Lafourcade no está hoy para concesiones melódicas o comerciales, lo tomas o lo dejas. Dicho en simple: si lo que buscas es el impacto inmediato, Cancionera no es para ti.
Habrán detalles eso si. La versión de streaming del álbum, por ejemplo, incluye una toma aflamencada de 'Amor clandestino' que es superior a la que han incluido en el disco pues al ser más desnuda en cuanto a arreglos permite disfrutar mejor de la historia que se cuenta, así como lo ya dicho, que por momentos el disco abusa de sus atmósferas y aquello vuelve la experiencia por momentos demasiado arisca con el auditor, algo que se contrapone con la idea de acercar la música al inconsciente colectivo.
Como sea, a la mexicana hay que darle su capacidad de haber mutado hacia este personaje que ha sabido construir. Para álbumes pop y melosos ya estuvo el exitoso Hasta la raíz (2015) diez años atrás, hoy la vocalista se encuentra en un lugar muchísimo más exploratorio donde cada propuesta parece ser más profunda que la anterior. Y aquello tiene enorme mérito.
Nuevamente viví un año en que escribí bastante. Fueron 119 publicaciones, un par menos que en 2024 pero básicamente manteniendo la tendencia a publicar una reseña cada tres días. Agradezco como siempre a todos/as quienes pasan por acá y espero haber motivado a alguien a ir por un disco alguna vez, que al final ese siempre es mi objetivo: conectar. Primero conmigo mismo, pero luego compartiendo esas sensaciones con quien quiera leer.
Ahora si que les mareo con los números. De esas 119 publicaciones:
12 fueron reseñas de aniversario, 8 correspondieron a discos rezagados de 2024 y en 3 comenté conciertos a los que asistí. Es decir, escribí respecto a 93 discos del año, cinco más respecto al año anterior.
¿Y cómo anduve en términos de género? De los 113 discos reseñados (entre aniversarios, 2024 y 2025), 23 correspondieron a voces femeninas, es decir, un 20%. Esto representa un importante alza respecto a 2024 (14%), 2023 (17%), 2022 (15%), 2021 (16%) y 2020 (17%)
¿Y cómo anduve en términos de procedencia? Acá si que hay sorpresas. De manera inédita he disminuido la cifra de artistas estadounidenses que he reseñado, esta vez solo han sido 31 (un 27%, muchísimo menos que el 42% o 47% de años anteriores), mientras que mantuve mi tendencia con los artistas ingleses (un 24%, que está dentro de lo habitual). Lo anterior implica que el duopolio Estados Unidos/Inglaterra han concentrado un 51% de mis reseñas (cifra bastante menor al 65% de 2024 o el 69% de 2023). Fuera de estos, Suecia y Argentina fueron los países de donde más escribí (7 y 6 reseñas respectivamente), seguidos de Canadá, España y Alemania (con 5), Chile (4), Australia, Italia y Escocia (3), Francia (2), mientras que escribí de un álbum proveniente de Ucrania, Dinamarca, Finlandia, Austria, Uruguay, Puerto Rico, Hungría, Países Bajos y Suiza. Muy diverso el asunto este año.
Que mejor manera de cerrar 2025 que escribiendo respecto al fenómeno musical chileno del año, uno que resulta especial además en muchos sentidos. Primero por lo musical propiamente tal pues Candelabro es un proyecto bastante "alternativo", siete integrantes liderados creativamente por Matías Ávila que traen al presente el sonido de leyendas nacionales como Congreso, Fulano o Los Jaivas aunque sin el componente andino de los primeros ni el jazz de los segundos, mientras se acercan a la vez al sonido actual que los ingleses Black country, new road han desarrollado durante estos últimos años, léase: canciones extensas, desestructuradas, donde la instrumentación juega entre intensidades que fluctúan constantemente y se encuentran puestas al servicio del mensaje que se entrega. Luego está también el que la banda está compuesto por jóvenes MUY jóvenes, chilenísimos también, de ahí que las líneas que se entregan contengan un componente nacional que vuelve al producto bastante autóctono. O sea, en lo concreto en el disco debut Ahora o nunca (2023) habían metido palabas de Eduardo Bonvallet y en este aparecen diálogos de Armando Uribe, ¿algo más chileno que eso?
Deseo, carne y voluntad no es un álbum conceptual pero si posee un hilo temático transversal que lo caracteriza, enlazando con fuerza los conceptos de fe y patria en cada una de sus canciones. En dicho sentido el momento más brillante del trabajo, y donde estos elementos se conjugan de mejor forma, se alcanza en el nudo del disco (¡donde debe ser!) mediante la pasada por 'Pecado' + 'Tierra maldita', dos piezas extraordinarias donde líneas como "Dios está perdido en una calle de Estación central", "Dios no elige a su pueblo, el pueblo elige a su Dios" o "Y yo me niego a creer que esta tierra está maldita..." impactan por la crudeza y desfachatez que transmiten en medio de un sonido tan sofisticado como crudo que se atreve a coquetear en la primera con el ska y en la segunda construyendo una atmósfera tan inmersiva como tétrica. Es el momento más enorme del álbum sin lugar a dudas. Antes de ambas Candelabro habrán planteado un trayecto que oscila entre el rock (?) de cosas como 'Domingo de ramos' o 'Haz de mi' (la más Congreso de todas), pasajes exquisitamente explosivos en 'Ángel', otros más golpeados en 'Tumba' y pasadas que se entregan al spoken word en 'Liebre'. Por otro lado, en la Cara B del trabajo luce el lúgubre pesimismo de 'Fracaso' (que carga con una evidente referencia al momento político chileno actual en ese "Y entre todo este fracaso habrá que levantarse a construir / Habrá que levantarse a trabajar / Por algo mejor...") así como el tremendo viaje que propone 'Cáliz', con bonitos guiños a Los jaivas en esta.
No todo será perfecto dentro del álbum y eso hay que decirlo. Particularmente hay tres puntos necesarios de marcar. Por el primero eso si no les podemos culpar: la producción. El disco no suena bien. Suena pobre, artesanal, casero. ¿Qué esto termina siendo parte del encanto? Puede ser, sin embargo, la sensación que el álbum deja es que músicos de este nivel merecían una mezcla que les sacara mejor provecho. Aunque insisto en el punto, por esto no les podemos criticar, que en un país como Chile ya es tremendamente meritorio el que una banda como Candelabro hayan logrado grabar dos álbumes. Lo segundo: fallan las voces. Canciones como 'Prisión de carne', 'Tumba', 'Haz de mí' o 'Ángel' resienten muchísimo la falta de una voz convincente cuando va abajo en las notas (insisto, tampoco la mezcla ayuda). Y lo último: hay momentos que sobran. Se entienden las ganas de la banda por meter todo lo que había en la lista pero llevar al álbum sobre los setenta minutos entre canciones como '3 flores blancas' o 'José (créditos)' resulta innecesario para un disco que con diez minutos menos y cerrando con una canción como 'Cáliz' habría funcionado bastante mejor.
Dicho todo lo anterior, estamos ante uno de los grandes discos del año. Candelabro impactan por la crudeza y sinceridad que transmiten, también por la contundencia y diversidad que expresan en materia de arreglos. Deseo, carne y voluntad es un álbum desafiante con el auditor pero que derrocha magia y autenticidad, al que cuesta no aferrarse con esperanza hacia el futuro. Benditos sean cabros...
Escuchar este nuevo álbum de Divididos resulta un ejercicio necesario, uno que de golpe nos recuerda de qué estamos hechos. Un trabajo que nos conecta con aquella esencia que entre tecnología y contacto virtual ciertamente hemos extraviado. A los que vienen habría que mostrarles por tanto un álbum como este, un disco que apunta a lo primitivo del sonido, a ese rock en formato trío que descansa en el peso del tándem guitarra/batería/bajo y que desde sus letras intenta comunicarnos mensajes profundos y, repito, necesarios.
El homónimo de Divididos llega tras quince años de silencio (si es que no contamos el Haciendo cosas raras de 2018 que fue una regrabación del debut) y de hecho, es apenas el segundo con Catriel Ciavarella en batería (quien acompaña a Ricardo Mollo + Diego Arnedo desde 2004). La banda por tanto se ha tomado su tiempo a lo largo de estos últimos veinticinco años, a diferencia de sus 90s donde publicaron disco casi año por medio. Y aquel silencio prolongado por más de una década seguramente ha derivado en un álbum de universo propio, un trabajo que no responde a intereses externos ni a una intención desesperada por conectar con nuevos públicos. Dicho en simple: han grabado un disco que les define de comienzo a fin. Todo lo dicho se expone a la perfección en una canción como 'Bafles en el mar' (para quien no lo sepa, un bafle es un parlante), una que se cuece a fuego lento y habla de aquella necesidad por volver a conectar con nosotros mismos ("Por esas cosas que nos hace el tiempo / Por laberintos de rosales voy / Cae la flor sobre su propia espina / No hay sueño que no lleve cicatriz..."), la importancia de "volver al centro, volver al silencio". Más adelante una canción como 'El faro' insistirá sobre las mismas ideas, enlazando también el concepto del vasto del mar con el auto conocimiento.
"El bombo es lo ancestral, lo primitivo.
El golpe que te abrazó en noches de frío.
Naufragando, ¿a cuántas balsas creo que estoy?
Hombre anfibio, cree en tu voz interior"
Desde lo musical la lista se debatirá entre medios tiempos muy bien logrados como la extensa 'Mundo ganado' (la única que les conecta un tilín con esa onda blusera tan presente en sus primeros álbumes) o la bonita balada acústica 'Vos ya sabrás', así como en otros momentos acelerará un tanto mostrando la versión más rock de los argentinos. Esta arista lucirá impecable en la partida mediante 'Aliados en un viaje' (que manjar ese primer minuto por favor, ¡cuánta maestría a la hora construir una atmósfera!), también mostrando su pasión por Led Zeppelin en toda la pasada por 'Revienta el Mi mayor' (el riff principal en esta recuerda muchísimo a 'The song remains the same') + 'Insomnio' + 'Cabalgata deportiva', así como en 'Monte de olvidos' o 'Doña red' intentarán mostrar algo más de peso en el sonido.
Divididos están enchapados a la antigua y como tales nos entregan un disco de doce canciones en casi una hora exacta de música (¿algo más noventero que eso?), sin embargo, el conjunto se muestra tan afiatado que no podemos si no agradecer la extensión. Nos han entregado un álbum que es corazón y carne, un trabajo que apunta a lo primitivo del sonido y se percibe casi como una máquina en el tiempo, un paréntesis necesario en medio de la vorágine que vivimos día a día.
¿Canciones? 'Aliados en un viaje', 'Bafles en el mar' y 'Mundo ganado'.
Camilo Joaquín Villarruel tiene apenas 19 años, sin embargo, posee una voz grave que nos lleva a imaginar a un tipo de mayor experiencia. Cuando vamos hacia su (aún) breve discografía confirmamos aquella sensación. Esto porque en poco tiempo el vocalista ha tocado aristas bastante disímiles entre sí, yendo hacia las cuerdas y temáticas melosas en su debut 111 (2023), para luego haber abrazado el trap ruidoso en el siguiente 166 (2024) y este año mediante La vida era más cortaacercarse con fuerza a las raíces de la canción folclórica argentina. Ahora, pese a la diferencia marcada de estilos existen elementos comunes en cada uno de los trabajos del argentino, los cuales en este tercer disco se encuentran más acentuados que nunca: muestras de identidad, carácter e intención. En casi cincuenta minutos por tanto encontramos acá un trabajo tremendamente sensible y que apunta a temáticas relacionadas con infancias traumáticas marcadas principalmente por la pobreza, un disco reflexivo aunque al mismo tiempo esperanzador, un álbum que con sus canciones invita a enfrentar de cara a la tristeza, confiar y actuar para que las cosas vayan para mejor.
Lo anterior se visualiza en cada una de las canciones que componen este viaje, abriendo con una chacarera como 'Bajo la piel' donde el argentino se refiere a las heridas del pasado ("Tengo unos tatuajes bajo de la piel / Que no cicatrizaron, otros se reencarnan / No me siento propio y al ver el ocaso quise ir más despacio..."), idea que se complementará a la perfección con la dolorosamente hermosa 'Niño', una reflexión profunda respecto al lastre que representa el abandono en una primera infancia, relato que impacta viniendo desde un chico tan joven.
"Niño, haz las paces con la vida.
La nostalgia de tu antes no te deja caminar.
¿Quién mató tu sonrisita de ilusión y de bondad?
Sé que te querés dormir pa no volver a despertar..."
Habiendo declarado intenciones, en adelante el disco intentará matizar los ánimos introduciendo pasajes de dinámica activa mediante 'Gil', los aires andinos de 'Solifican12', otra chacarera como 'Lucía' (junto a Soledad en las voces) o 'Recordé', mientras que 'Ama de mi sol' (que introduce con un mini homenaje al 'Giros' de Fito Páez) o 'Mmmm' (junto a la vocalista Paula Prieto y unos arreglos preciosos hacia el cierre del tema) vuelven a internarse en terrenos más duros mediante unas líneas impecables que se refieren al arte de sobrevivir ("Anoche di con los muertos pues no logro dar con el sol / Volver a casa era el fin pero el fin no es opción..."). Acá, ya en el nudo del álbum, sin embargo, aparecen los primeros detalles con el álbum. Primero porque hay una redundancia tanto en formas como fondo (demasiadas canciones que hablan de lo mismo y reiteran géneros) y segundo porque no todas las canciones logran estar al mismo nivel.
'Llora, llora', por ejemplo, junto a Akrilla si bien tiene bonitos arreglos y nuevamente acierta con la letra en una notable invitación a abrazar el dolor ("Llora, porque tenés casi 30 y te pesan las riendas de seguir un día más..."), falla en la intención de "modernizar" innecesariamente el sonido del álbum metiendo voces filtradas que no encajan con la idea orgánica que el resto del disco transmite (lástima que la chilena no pueda cantar sin ese autotuneexagerado), mientras que la pasada por 'Cuando el agua hirviendo' o 'La vida era más corta' se vuelve pesada no porque estas sean malas canciones si no por la redundancia, la insistencia en canciones que tocan la misma tecla una y otra vez.
De hecho, será en la recta final cuando el álbum repunte notablemente. En este segmento la producción ha tomado la decisión deliberada de entregar un "disco 2" compuesto por cuatro canciones que terminan siendo el momento más sensible en todo el trabajo. Sonará acá una preciosa 'Radamel', la notable 'El invisible' (junto al dúo folclórico Cuti y Roberto Carabajal) que es la única en todo el disco que canta desde la rabia ante la desigualdad y la injusticia ("Bienaventurados, benditos los ricos / Consiguen de todo con el apellido / Me sale la bronca si me tomo un vino / Me hierve la sangre conteniendo un grito..."), esto para dar paso a esa inmensa joya que es 'Luciérnagas' junto a Silvio Rodríguez en una dolorosa mirada en torno a la pérdida de un ser amado ("Dicen que el ser humano valora el tiempo cuando no hay / Pero juraría que disfruté cada segundito que hubo a la par de tu presencia...").
Finalmente, y como si todo lo anterior fuese poco, el disco cierra trayendo al presente a la legendaria Mercedes Sosa mediante 'Jangadero', para la que se utilizó una grabación inédita (que originalmente corresponde a una improvisación tras bambalinas de la cantante junto a Soledad) sobre la que Milo J respetuosamente ha incorporado su registro.
En definitiva, al joven vocalista argentino se le ha ocurrido construir un álbum de folclor siendo un artista pop que venía de un álbum urbano como 166. Ya solo por eso la intentona es digna de aplausos. Ahora, una cosa son las intenciones y otra los resultados. Acá el riesgo de "hacer el loco" era importante, Milo J podía quedar perfectamente en off side al meterse en terrenos aparentemente ajenos. Sin embargo, más allá de cualquier prejuicio ha logrado armar un disco lleno de idas y vueltas interesantes, colaborando con artistas de ayer y hoy logrando impregnar al trabajo de profundidad. Ha navegado a contra corriente y aquello le dignifica. Uno de los discos del año sin lugar a dudas...
2025: Una Nueva Derrota.
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Tras la derrota en el plebiscito constitucional de 2022 no quise más con la
política por un buen rato. Dejé de escribir acá por lo mismo. El escenario ...