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lunes, 10 de noviembre de 2014

Pink Floyd // The Endless River // 2014

Hasta siempre. Genios. 

Hay que tomar a The endless river como lo que es: el homenaje que David Gilmour y Nick Mason han querido entregar a su fallecido ex amigo y compañero Richard Wright. Los mal pensados han dicho que Gilmour ha buscado causar ruido y preparar así terreno para su futuro álbum solista. Cuesta entonces encajar este álbum dentro de la discografía de Pink Floyd,  un trabajo que llega a nosotros a veinte años de la extinción del dinosaurio y con solo dos de sus integrantes en ejercicio. Imaginen que Paul, George y Ringo en plenos 90's, en lugar de grabar un par de temas ("Free as a bird" y "Real love", incluidos en las antologías de descartes de la banda) hubiesen decidido lanzar un nuevo álbum de The Beatles, así de poco natural resulta en una primera mirada la edición de este Endless river. Sin embargo, no estaré yo entre los puristas que rechazarán la aventura desde un inicio. ¿Quién soy yo para juzgar las intenciones de un eterno como David Gilmour? ¡Qué el hombre haga lo que quiera con su música! Se ha ganado aquel derecho. 

El álbum supone contener los descartes de The division bell (1994), retoques que Gilmour y Mason han dado a las últimas composiciones de Wright junto a Pink Floyd, y dándole varias pasadas al trabajo lo cierto es que se respira aquel clima de respeto, comenzando por el hecho de que este sea prácticamente instrumental y que en general entrega protagonismo a los ambientes por sobre el tecnicismo e incluso el aspecto melódico (en solo dos temas aparecen voces, y en uno es el mítico científico Stephen Hawking quien aporta). 

The endless river consta de 52 minutos de música, divididos en 18 piezas, un verdadero viaje que enlaza atmósferas permanentemente, algunas muy suaves, otras un poco más cargadas al rock pero siempre con un perfume nostálgico y emocional presente. Como mencionaba anteriormente, durante todo el disco el protagonista es Richard Wright y sus teclados, esto se aprecia de inmediato en la partida a cargo de "Things left unsaid" seguida de "It's what we do", ambas con títulos muy sugerentes y que encuentran una exquisita calma en su sonido. En "It's what we do", la guitarra de David Gilmour entra muy avanzado el tema realizando un guiño evidente a los ambientes de "Shine on your crazy diamond", solo que acá las voces jamás aparecen. 

Algo que destaca muchísimo en The endless river, sobretodo en su primera mitad, es que los temas fluyen con una naturalidad impresionante. Los pasos de track en track son casi imperceptibles, ocurre con las dos primeras y también con el camino que une a "Sum" con "Skins", acá la batería de Nick Mason adopta protagonismo encontrando en la primera momentos que recuerdan a la fantástica "One of these days" y en la segunda sonidos tribales bastante interesantes. Los guiños a las viejas glorias de la banda continuarán llegando, primero con la preciosa "Anisina" que trae a la memoria a "Us and them" y más adelante en el rock de las "Allons-Y " nos encontraremos un riff que recuerda a "Another brick in the wall". Entre estas el disco caerá en algunos pozos no tan logrados a causa de una serie de piezas muy cortas, "The lost art of conversation", "On noodle street" o "Night light", cada una de ellas no supera los dos minutos de duración pero como conjunto sumergen al disco en ambientes demasiado espesos e incluso irrelevantes para lo que venía sonando. 

La recta final profundiza sobre estos pozos, insinuando una que otra idea interesante en "Talkin' Hawking" o en la pasada electro acústica que conforman "Eyes to pearls" y "Surfacing", sin embargo, luego de ambas queda rondando en la cabeza la sensación de que estos pasajes podrían haber sido desarrollados de manera más intensa, aportando un poco más al álbum. De todas formas es evidente que Gilmour/Mason quisieron dejar a The endless river así, como un collage de momentos y emociones, como un viaje centrado en las atmósferas más que en las canciones. 

Todo llega a su fin con la bella "Louder than words", la única tradicional y que cierra un álbum que sorprende desde su planteamiento, un disco que se aleja de lo que quizás habríamos esperado de "los descartes de Division bell" pero que de todas maneras encuentra durante su trayecto varios puntos altos. Respetable la idea de rendir homenaje a Richard Wright, a quien efectivamente sentimos presente durante todo el álbum. Tan solo por eso el regreso a tono de despedida ha valido la pena y solamente nos queda el sentirnos privilegiados de poder, a estas alturas del partido, seguir disfrutando de estos genios en vida.

3.0 // Bueno, cumple.


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1 comentario:

  1. Opino que es el homenaje que Richard Wright se merece, se trata de grabaciones cuando estaba presente, con nuevas elaboraciones. Está bien rescatar ese material. Y podría ser un cierre de Pink Floyd.

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